Los chilenos se asumieron desde la tesis de la minusvalía política. Esa noción fundamentó la dictadura de Pinochet, el gobierno de Lagos y la lógica del (des)gobierno de Piñera: el pueblo no puede tener la razón. Pero hay una segunda imagen de minusvalía que los chilenos tenemos de nosotros mismos. Nos sentimos improductivos, flojos, irresponsables, carentes de criterio. Por Alberto Mayol

 

  • 10 mayo, 2012

Los chilenos se asumieron desde la tesis de la minusvalía política. Esa noción fundamentó la dictadura de Pinochet, el gobierno de Lagos y la lógica del (des)gobierno de Piñera: el pueblo no puede tener la razón. Pero hay una segunda imagen de minusvalía que los chilenos tenemos de nosotros mismos. Nos sentimos improductivos, flojos, irresponsables, carentes de criterio. Por Alberto Mayol

En el siglo XIX se estableció la convicción de la inmadurez política de los chilenos. Para ello se orientó todo el poder hacia las instituciones y le fue arrebatado al pueblo, quedando postergada su soberanía hasta nuevo aviso. El aviso no llegó y cuando el pueblo intentó arrebatar lo propio, normalmente hubo fórmulas (usted sabrá imaginarlas) para evitar que ello aconteciese. Los chilenos se asumieron desde la tesis de la minusvalía política, lo que fundamentaba la desigualdad de poder. Esa noción no nos ha abandonado desde entonces. Fundamentó la dictadura de Pinochet, fundamentó el gobierno de Lagos, fundamenta la lógica del (des)gobierno de Piñera. El pueblo no puede tener la razón. Pero hay una segunda imagen de minusvalía que los chilenos tenemos de nosotros mismos. Nos sentimos improductivos, flojos, irresponsables, faltos de sentido laboral, carentes de criterio, sin inteligencia para el dinero.

 

 

 

¿Cómo lo hemos visto en las entrevistas de nuestras investigaciones? Frente a la dimensión económica los chilenos nos sentimos “huasos” (que se asume como alguien ignorante de las complejidades de la economía) o acusamos de la falta de orientación al trabajo de los mapuches y enfatizamos que los españoles que llegaron acá eran medio tránsfugas. Nos cuesta decirlo, pero nos sentimos incapaces e irresponsables frente a la dimensión económica, así de simple. En nuestras investigaciones en el Centro de Investigación en Estructura Social lo llamamos el síndrome de los “pecadores económicos”, es decir, sentimos estar faltando a las reglas del dios del dinero y la producción. Esta segunda minusvalía se usa para justificar la desigualdad económica: hay quienes superan el pecado y llegan a la digna clase media o a la riqueza, hay quienes no pueden superarlo y se quedan atados en la pobreza.

Estas dos minusvalías (la moral y la intelectual) tienen efectos significativos y perversos. Es decir, si los chilenos nos percibimos caídos moralmente e incapacitados intelectualmente, desconfiaremos de nuestra conducta futura y de nuestras decisiones presentes. Frente a esto, el valor del orden ha sido fundamental, pues es utilizado como garantía. Las cosas no pueden estar mal organizadas y mal pensadas si están ordenadas, por tanto, la disciplina sencilla y sobria, la ausencia de creatividad y una visión homogeneizante son síntomas que nos dan la tranquilidad de que las cosas no pueden estar muy mal. El chileno se siente cómodo escuchando el Para Elisa de Beethoven porque es evidente que es bello y la sencillez de su solo de piano evita inconvenientes en la construcción del juicio. Pero cuando aparece música que requiere degustación, surge la incomodidad de tener que decir que es bello algo incomprensible. Esto es igual en todo. La visión de orden social es entonces simple: las calles limpias, los muros sin rayar, la gente caminando en silencio, todos vestidos igual (los estafetas se visten igual a los gerentes y viceversa), la música a un volumen prudente, ausencia de fiesta, carabineros caminando, todos en su posición, ése es el orden. La fuerza pública además evita que vayamos en caída libre hacia el pecado delictual, que nos surge bajo la imagen de algo irrefrenable, de un impulso imposible de sostener cuando no hay dios ni ley (es decir, cuando no hay sanción). Si le damos poder al pueblo, todo se devastará, pensamos. De ocurrir, debemos llamar a los militares, para que nos permitan vivir en el orden, dado que no podemos vivir en la inteligencia ni en el desarrollo. Esta es una cara de la triste historia cultural y de autopercepción de los chilenos.

Obligado a ser grueso en mi relato, he elegido aquella ruta cultural más susceptible de tener relevancia en la historia política. Lo cierto es que, en nuestra historia reciente, el arribo de las ideas neoliberales a Chile no estuvo ajeno a estas imágenes de minusvalías. Su instauración política dictatorial se basó en la sabiduría de elegidos que eran incomprensibles para el pueblo y, supuestamente por el bien de éste, debía forzarse a la austeridad primero y a la creación de mercados después. Luego, la transición reprodujo la minusvalía: todo debía quedar en la soberanía de las instituciones, Chile debía despolitizarse, el espacio público debía llenarse de contenidos que a todos atrajesen y a nadie realmente importase (farándula). En términos de cultura económica, el discurso de la creatividad empresarial y de la autonomía por el emprendimiento resultó ser el efluvio conceptual del modelo económico. La única forma de no ser un ser caído es ser un emprendedor y la única señal de salvación es el esquivo éxito. Sólo hay un camino para estar integrado: poder comprar, ganar dinero, ser creador de riqueza, idealmente formar empresas propias y no trabajar para alguien, alejarse de los sindicatos. La premisa es que el capitalismo es natural, que es la forma que Dios regaló a los hombres para honrarlo cuando de dinero se tratase, que cualquiera que viviese en la tranquilidad de un trabajo protegido sería simplemente un parásito. Era indispensable que el yugo del fracaso pendiera sobre nuestras cabezas y sólo así, desde la presión y el sistema de incentivo, la voluntad humana emprendería la ruta del éxito. Había que enamorarse de la flexibilidad laboral, considerar mediocre la seguridad y, en definitiva, odiar todo aquello que realmente sólo podría amarse: la utopía de una existencia apacible, la tranquilidad de vivir sin deudas. Había que satisfacer un ideal que no estaba en la belleza, la ética, la verdad. Un ideal que sólo estaba en el conformismo con cifras macro y en el esfuerzo constante por batir un nuevo record que nos alejara de esos tiempos mediocres en que no le ganábamos a nadie.

En toda historia, siempre el chileno es la causa de los males, el fundamento de la derrota y sus avatares. En toda historia, nos hemos relatado de mil maneras durante muchos años que la influencia del ciudadano sólo podría ser perjudicial para el Estado y entre las personas. Había que confiar en una abstracción: las instituciones, el modelo, la visión técnica, la salvaguarda moral. Toda la confianza se puso en las instituciones y en abstracciones semejantes. Pero como cada vez que los humanos confiamos en algo abstracto fuera de nuestro control, siempre aparecerán quienes administren esa fe y puedan en su nombre tomar decisiones inasibles a los ciudadanos. Es lo que se conoce como la función sacerdotal, que puede ser cumplida no sólo por curas y pastores, sino además por políticos, tecnócratas, comunicadores. Y en Chile los políticos y empresarios se parapetaron en la institucionalidad para buscar la confianza que en ellas residía, pero en vez de honrarla, la usaron para abusar. Y más aún, detectaron que en ese abuso estaba la fuente de excelentes negocios: el confiado concurre fácilmente (a bajo costo) a la institucionalidad y es capaz de firmar lo que sea. Y pasaron los años y luego de una frustración tras otra, de una sensación de engaño tras otra, los ciudadanos despertaron un día y al quitarse el velo vieron que no era bueno, que no había luz sino tiniebla, que los sacerdotes de la abstracción habían vendido humo.

El año 2011 la explosión de este malestar dejó desnudo el dolor y devastó las instituciones con sus sacerdotes. Por primera vez en la historia se cayeron al mismo tiempo en Chile todas las funciones sacerdotales: la Iglesia, los militares, la clase política. Ya no había crédito para ellos, ya no había confianza. Y los ciudadanos tuvieron que elegir: o creer en otros ciudadanos o no creer en nada. Esta última opción era el suicidio (real o figurado). Y comenzó la confianza en los otros. No en vano en el año 2011 aumentaron los matrimonios: los ciudadanos confiaron entre sí. Se volvió a la confianza concreta. La política como sistema se ha desplomado y ahora viene el momento de reconstruirla desde la base, desde la polis, desde el principio de ciudadanía. Y para ello hay que partir de la base que los ciudadanos sí son competentes, que sí pueden conducir los destinos de Chile, que no hay abstracción que pueda remplazarlos. Los ciudadanos tendrán que dejar sus cómodas posiciones tras el televisor para juzgar con el dedo hacia abajo todo movimiento de sus autoridades mientras se come una pizza y se reclama contra la comida chatarra y la obesidad de los niños. Los ciudadanos deberán mirarse y ser responsables, tomar decisiones, participar más allá del cómodo juego de la crítica fácil. Antes no confiábamos en nosotros mismos ni en nuestros pares, no sólo por nuestra sensación de minusvalía, sino además por comodidad. Ha llegado el tiempo de la responsabilidad de los ciudadanos. Esta es la enorme oportunidad. La clase política y el empresariado han visto esta opción como un riesgo. Y claro que lo es: el modelo de dominación y el modelo de negocio estaban basados en el ciudadano pasivo, en el televidente como ideal de sujeto.

No faltará quien al leer estas líneas piense que en realidad este nuevo Chile es una tragedia y que se ha perdido algo valioso. A ellos habrá que darle la misma respuesta que se les dio a los chilenos que criticaron en la última década del siglo XX y en la primera del siglo XXI el Chile entonces construido (el Chile jaguar, el Chile del mercado): las cosas van para allá, esa es la tendencia de nuestro tiempo, simplemente hay que adaptarse.

Pues bien, hoy las cosas han cambiado y la historia se escribe en otro sitio. Hoy corren nuevos vientos y en ellos transita un hálito muy consistente: el espíritu de la transformación. Pero esta historia no tiene molde prescrito, no tiene destino asumido. Esta historia hay que escribirla. Y no sólo tomará algún tiempo, sino que mientras tanto veremos una serie de procesos (ya los vemos) en los que los pilares de lo actual se irán desplomando. Como todo cambio, dolerá en las entrañas. Y como todo cambio, nacerá de ellas, de la fuerza de las creencias de los nuevos actores de esta escena.