Todas las sociedades contienen en sí la dualidad éxito o fracaso. La primera gran clave somos nosotros mismos; en este caso, el sistema político –la grandeza o la pequeñez de nuestros líderes–. Esto es especialmente válido en países con una larga historia de inestabilidad, como el nuestro.

  • 20 mayo, 2011

Por Sergio I. Melnick

El dilema al mirar el futuro

Todas las sociedades contienen en sí la dualidad éxito o fracaso. La primera gran clave somos nosotros mismos; en este caso, el sistema político –la grandeza o la pequeñez de nuestros líderes–. Esto es especialmente válido en países con una larga historia de inestabilidad, como el nuestro.

El segundo factor clave tiene relación con el tamaño del país, que nos hace dependientes de las tendencias dominantes en el mundo. Somos seguidores, no marcadores de tendencias. Ello es especialmente cierto en la avanzada globalización actual, que sólo seguirá avanzando. No tenemos otra opción: mejor será asumirla con sus tendencias, cuyo eje dominante estará en los cambios tecnológicos. Particularmente, en nuevas formas de inteligencia artificial, telecomunicaciones e Internet, biotecnología, nanotecnología y el entendimiento del cerebro.

Las grandes variables y posibilidades

Dada esta incertidumbre en la mirada al futuro, nuestra mejor forma de relación hay que diseñarla sobre la base de escenarios posibles, deseables, probables. El futuro que queremos debe estar en el espacio que queda entre lo inevitable y lo posible.

Esencialmente dada nuestra condición de seguidores con poca esperanza de liderar, los escenarios son básicamente tres:

Tragados exitosamente por la globalización

Un espacio en que nos integramos exitosamente a la globalización, pero con una gran pérdida de identidad o carácter nacional, asumiendo los patrones dominantes de la cultura tecnológica en marcha. Este es el escenario más probable hoy en día y, si bien tiene muchas ventajas, conspira contra los espíritus nacionalistas, ya en retroceso en todo el mundo. Es probable que esta situación, si se da, se combine con identidades más bien regionales –más locales–, lo que es un modelo interesante.

Básicamente, tal realidad significa acoplarse a una nueva cultura global y aceptar la necesaria inminencia de nuevas formas de gobierno mundial. Implica que nuestra propia cultura (que nunca ha sido muy poderosa) se desvanece en lo global y esa cultura global está influenciada por las grandes potencias; particularmente, las que generan tecnología. De hecho, esto ocurre hoy. Las modas son globales, estamos todos integrados a Internet y a las redes sociales; el inglés es la lengua universal, los canales de cable y la música son globales, etc.

En este escenario, la idea de “chilenidad” simplemente queda reducida a nuestro territorio y al turismo. Si lo pensamos sin pasión, tampoco hay mucho más. La cueca, la cazuela, el palo ensebado y la guerra del Pacífico no alcanzan para impresionar al mundo.

La pugna de siempre nos paraliza, volvemos a la mediocridad

No podemos descartar un escenario negativo. Tiene una cierta probabilidad de existir. No está muy claro que los chilenos, especialmente nuestros líderes, sean capaces de aprender de la historia. La Concertación, hoy en la oposición, muestra señales de intolerancia propias de los años 60. La izquierda ya no tiene ideologías claras y la DC está en un vecindario que no le queda muy cómodo. Como la cabra tira pal monte, las tendencias regresivas están a la vuelta de la esquina; sobre todo, dada la poca renovación de las dirigencias políticas.

Este es el escenario de la descalifi – cación del oponente. Como diría Jung, cada cual proyecta su propia sombra en el otro, negándose a verla como propia. Se pierde la tolerancia. Se pierde el encuentro en el medio. Todos se hacen dueños de la verdad. No hay acuerdos posibles. Ya ha pasado varias veces en nuestra historia: se pierde la batalla de las ideas y se pasa a las descalifi caciones de las personas.

Este es el escenario tipo Chávez, Evo, Correa y otros de esa naturaleza, no muy lejanos, pero tampoco superados. Es –lejos– el peor de todos. Mejor ni imaginarlo.

Chile con un sentido común

El tercer escenario es el más deseable. Es el de colaboración en alguna forma de proyecto común o mejor dicho de grandes principios comunes. Eso mismo es lo que nos da la identidad frente a la globalización. Un país que se ha “centrado”, donde hay dos grandes bloques integrados por una diversidad de partidos, muchos de carácter regional. Un gran acuerdo de convivencia y progreso equilibrado, que parte por resolver la pobreza extrema y abrir fi nalmente el naipe de las oportunidades.

Chile con un sentido común en 2030: una historia posible

Jugando con las palabras, la idea es generar un sentido común para todos. Una meta que sólo podemos lograr colaborando. Por cierto, discrepando y criticando, pero con el fi n de llegar a los acuerdos en que todos ceden un poco.

No se trata de hacer ingeniería social; son principios sólidos de convivencia. Una idea y vivencia real de nación, no sólo de grupos antagónicos que comparten un territorio. Lo cual, en la otra acepción del término, es también de sentido común. La clave básica la conforman la generosidad y la tolerancia: atributos que no abundan en nuestro querido país. Por ello, insisto, no significa no disentir; al contrario, es parte de la riqueza. Es la forma y es la intención. La generosidad no se logra por decreto. Es una actitud espiritual, aspecto escaso en nuestra sociedad y en el mundo entero.

Así, y con buenas reglas de convivencia, caminando con colaboración, para 2030, seríamos unos 18,5 millones de chilenos que vamos a convivir quizás con 1,5 millones de inmigrantes de países vecinos que han venido a ocupar trabajos que los primeros ya no quieren realizar. Nos ha ido bien en la economía. El ingreso por persona promedio es el doble que en 2010. La pobreza extrema ha desaparecido y ahora es esencialmente relativa, lo que requiere otro tipo de políticas. La educación será ahora la gran tarea fi nal. La población se ha hecho más vieja y el país tiene una expectativa de vida de 90 años, cuando en 2000 era de un poco menos de 80. Hay una nueva tipología de problemas y oportunidades con una población más vieja. Hay también una serie de nuevas industrias dedicadas a servir a ese segmento. Una sociedad más vieja tiende a ser más sabia, pero también más conservadora.

Siguiendo el recuento hacia atrás desde en 2030, en la década de 2010 se instalaron nuevas universidades y centros técnicos; algunas de tales entidades son internacionales de primera calidad, lo que ha obligado a todo el sistema a mejorar. Lo cual ordenó de inmediato el sistema educacional secundario y primario.

Estas nuevas instituciones y la puesta al día de las antiguas llevaron a fines de esa década a una masa estudiantil técnica y universitaria de 2 millones de estudiantes. Los años de educación promedio son ahora 15 en vez de los 10 que eran en 2000. Chile tiene ahora un gran capital humano que puede empujar bien al país, e innovar como nunca. Eso generó las oportunidades que todos buscaban. Todos pueden estudiar más si tienen el empuje. Además, para 2030 destacaríamos ya a nivel mundial en astronomía, biotecnología agropecuaria, oceanografía, en ciertas especialidades de informática y en otras.

Chile fue iluminado digitalmente en la década de 2010. En 2030 habrá unos 25 millones de aparatos electrónicos personales, que son mucho más que un celular, con amplio acceso a la red mundial, multimediales, que funcionan además como medio de identidad e instrumento de pago y con capacidad de administrar un “agente digital” inteligente y personal, que hace gestiones de conocimiento a través de la red.

{mospagebreak}
Así, el ciudadano medio manejará unas 100 mil veces más información que la que manejaba en 2000. Pero eso es tecnológico, y nuestra convivencia con nuevas formas de inteligencia artificial ha de ser necesaria, cotidiana. Eso mismo obligará a los cambios en educación. Nuestras escuelas ya no serán hijas de la imprenta, sino motores del siglo 21.

La informática se distribuirá a la sociedad como se hace ahora con la electricidad. Las personas e instituciones se conectarán a la red y arrendarán todas sus necesidades de proceso y programas y de formas inteligentes de asistencia. 80% de las compras ya se realizará de manera digital. Un tercio de la población trabajará a la distancia, en sus hogares o “en la ruta”.

Debido a claras políticas de regionalización y decidido estímulo al turismo, Chile se convertirá en una estrella mundial en turismo de alta calidad, exclusividad y responsabilidad ambiental, habiéndose transformado esta industria en la segunda fuente de ingresos del país. Ello traerá aparejada una serie de industrias de servicios, que son grandes generadoras de empleo, riqueza y cultura. En la misma línea, Chile decidirá en 2015 producir alimentación de exportación mundial no transgénica, de alto valor agregado y precio en el mundo. En ese nicho es potencia mundial alimentaria.

Si bien se habrá ido formando la urbanización Santiago-Valparaíso, el fuerte impulso a la regionalización irá generando múltiples polos fuertes a lo largo del país, con personas tecnológicamente integradas que lograrán una mejor calidad de vida que en Santiago. Todos los estudiantes chilenos tendrán net-books, amplias bibliotecas digitales, serán digitalmente alfabetos y participarán en múltiples asociaciones locales e internacionales. Cada uno, con su propio bot (robot digital) que le asistirá en el tratamiento de las montañas de información a las que se enfrentarán los escolares; cada bot habrá sido entrenado a imagen y semejanza de los intereses del alumno.

En energía, un 10% ya será con energía nuclear, operativa desde 2025. Las hídricas se habrán desarrollado a su máximo potencial y un 15% será no convencional; la solar, la mitad de éstas. La mayoría todavía estará destinada a producir calor y desde ahí, la electricidad. Las que trasformen directamente a la electricidad empezarán a ser realmente rentables sólo desde 2026. Algunas operarán desde 2018, pero con subsidios estatales.

En 2030 tendremos una población más vieja con una nueva tipología de problemas y oportunidades. Habrá una serie de industrias dedicadas a servir a ese segmento. Una sociedad más vieja tiende a ser más sabia, pero también más conservadora.

Internet para entonces se habrá tragado a la televisión convencional, la que ahora irá al cliente final a través de aquella. Habrá ya unos 150 canales nacionales digitales especializados, además de una amplísima gama de opciones de web-TV interactiva, abriendo un nuevo paradigma comunicacional. Lo cual se sumará a una oferta de más de 1.000 canales internacionales a los que accederá una red de cable normal, que también correrá a través de Internet. Entonces, las personas “programarán” sus propios contenidos a partir de esa vastedad de opciones. La oferta será ahora normalmente en 3D y la más sofisticada, ya holográfica, que se empezará a masificar a partir de 2025.

Desde 2025 también se habrá empezado a implantar chips en las cabezas de las personas, los que reemplazarán al teléfono celular y permitirán acceso instantáneo a la gran red. Surgirán cambios importantes en la estructura de la familia, ya que la población prácticamente no se reproducirá. Más personas vivirán solas, lo que cambiará la fisonomía de las ciudades, los servicios y la industria inmobiliaria.

El chileno medio tendrá acceso en promedio a dos automóviles por familia, dispondrá de todas las comodidades básicas de la vida moderna, sus hijos llegarán a la educación superior, se viajará varias veces en la vida al extranjero y se vivirá en una sociedad de servicios más que en el hogar. La familia tradicional habrá remitido y serán muy variadas las formas de convivencia, sin discriminación por preferencias sexuales, étnicas u otras.

Esto da el eje central de una sociedad tecnológica avanzada, y al mismo se conectan innumerables derivaciones de la vida personal, comunitaria y social que no es posible detallar en este espacio, pero que sugiere una primera aproximación. Es interesante explorar cómo serán las expresiones artísticas, las parejas, las comunidades, las iglesias, los barrios, los círculos intelectuales y tantas otras dimensiones importantes de la sociedad. Lo importante es señalar que, sean cuales fueren, estarán muy determinadas por las tecnologías y la globalización.

Las amenazas mundiales

No todo será color de rosa en el mundo futuro. En ese universo veloz y global, altamente automatizado y dependiente de la tecnología, el individuo empezará a morir lentamente. La gran amenaza es la pérdida de libertad.

El país debe ser capaz de “ver” lo que puede venir. El tsunami tecnológico mundial impone sus reglas, y nosotros no las podemos cambiar. La pregunta es si en esa avalancha somos capaces de encontrar las oportunidades.

Las cámaras y sistemas de control estarán por todos lados e Internet también tendrá sus propios sistemas de policía y control. Los seres humanos ya podrán a ser manipulados genéticamente. Los úteros artificiales estarán a la vuelta de la esquina. La privacidad seguirá perdiendo espacios de manera creciente. El mundo funcionará 7×24, lo que obligará a una mayor automatización y robotización, con grandes inseguridades personales de competencia en un mundo tan acelerado.

Las nuevas habilidades de gestión de conocimiento abrirán nuevas formas de analfabetismo. Las restricciones ambientales serán severas pero limitarán muchas libertades. Habrá nuevas formas de terrorismo tecnológico que amenazarán a la paz. El fanatismo racionalista emergerá como una forma de fundamentalismo contra la globalización, desafiando también a la espiritualidad como forma de vida.

El agua será abundante pero estará mal distribuida, generando grandes conflictos internacionales. Aparecerán fenómenos de migraciones masivas de alta complejidad. La alimentación será casi toda transgénica, masiva, industrial. El mundo es ya dependiente de la tecnología, y éste impondrá sus propias condiciones: un hecho irreversible a escala mundial.

Son todos temas complejos que no están en las agendas públicas de nuestro país, y que nuestros líderes en algún momento deberán afrontar. Ojalá, no demasiado tarde, cuando ya tengamos poco que elegir. El voto de los chilenos en el extranjero es una minucia que nos desgarra frente a estos temas trascendentes. La mayoría de nuestros líderes, simplemente, no da el ancho para el siglo 21.

Los alcances

El bosquejo parcial del escenario ideal anterior está basado en la gran aspiración humana de la libertad personal y de la colaboración política generosa.

No hay ingenierías sociales, porque ya no tienen espacio en la historia actual. La globalización y las leyes de los grande números imponen las condiciones. Pero hay oportunidades cada vez más parejas, bajo la condición de que las personas asuman la responsabilidad de su desarrollo que les es propia. La sociedad sólo puede garantizar una partida justa, pero no la llegada, y ahora todo es muy rápido, tecnológico y abundante, materialmente.

La gran falencia que se vislumbra es claramente en el lado espiritual y más mágico del ser humano. La tecnología simplemente no lo considera: sólo quiere eficiencia. El mundo entero está abandonando paulatinamente la espiritualidad. Ahí está otra clave de lo que pueden hacer nuestros líderes y en la que podemos encontrar un espacio especial como país.

Los países son reflejos de sus líderes, y esa es exactamente nuestra principal falencia. Somos poco exigentes en esta materia.

Qué podemos hacer

Lo primero es traer a la plaza de la discusión pública el tema de los futuros posibles. El país debe ser capaz de “ver” lo que puede venir, tanto al hacer las cosas bien como al hacerlas mal. El tsunami tecnológico mundial impone sus reglas, y nosotros no las podemos cambiar. La pregunta es si en esa avalancha somos capaces de encontrar las oportunidades. Para ello, los políticos anclados en el pasado deben dar un paso al lado y brindar su bienvenida a una nueva generación, menos traumada por nuestra confusa historia. También necesitamos mucho más responsabilidad de las personas. La sociedad sólo puede garantizar oportunidades, no resultados.

Lo segundo es entender que los gobiernos no tienen la capacidad de moverse a la velocidad que lo hace el mundo actual. Por eso, los empresarios deben asumir nuevos roles sociales. Deben hacer lo que los gobiernos no pueden. Las sociedades muy desiguales simplemente no son viables. Por ello, hay que buscar nuevas formas de relación entre lo público y lo privado, una frontera que se hará difusa en responsabilidades, no en propiedad. El modelo que está desarrollando Felipe Cubillos en Chile abre una luz de esperanza en las capacidades de la sociedad intermedia, auto regulada, administradora de redes, que conecta gobierno, grupos con problemas e iniciativa y empresarios que no sólo aportan recursos sino también gestión, pasión e interés.

Finalmente, una máxima: en la sociedad tecnológica y del conocimiento, se compite con conocimiento y tecnología. En lo último, no tenemos mucha esperanza; en lo primero, debemos hacer lo que hay que hacer en educación, de una vez por todas.

En síntesis, el cielo y el infierno son escenarios posibles para nuestro querido Chile. Luchemos por el primero. La tolerancia y la colaboración marcan el camino.

Los líderes tienen la palabra.