Aunque ha pasado los últimos siete años radicado en Buenos Aires, “Che” sandoval tuvo una sobredosis de chilenidad al regresar y filmar Dry Martina, una de las pocas películas que explora a fondo la difícil relación entre chilenos y argentinos. Ojo con esta Martina, porque se las trae.

  • 22 noviembre, 2018

Seguro que a José Manuel “Che” Sandoval le han dicho, más de alguna vez, que parece un personaje de sus películas. Viéndolo aparecer de lejos, caminando bajo el fuerte sol, con un grueso abrigo, jeans negros, botas de cuero en punta y mochila al hombro, semeja una versión algo crecida de los universitarios que habitaban Te creís la más linda, la comedia millennial con la que debutó hace casi diez años, y que sorpresivamente lo puso al centro de la nueva generación de directores chilenos cuando todavía no cumplía los 24 años.

Desde entonces, ha pasado bastante agua bajo el puente; de partida porque –aunque pudo hacerlo, fácilmente– no volvió a insistir en temas adolescentes, y porque mucho antes que la mayoría de sus contemporáneos, decidió irse a hacer carrera fuera, a intentar hacer películas desde Argentina. Así lo hizo con la negrísima Soy mucho mejor que vos (2013) y ahora con Dry Martina, ácida comedia acerca de una cantante bonaerense que, dejándose llevar por un súbito arrebato pasional, llega a Santiago y de inmediato cae presa del shock cultural. Inevitable pensar que a su creador le ha pasado algo similar a la hora del regreso, tomando en cuenta que lleva siete años yendo y viniendo entre un país y otro.

“Creo que es la primera vez que le tomo el peso al cambio de país, porque desde que me fui solo regresé a Chile por tramos muy cortos. Llevo unos tres meses estacionado acá, por asuntos del filme, y es la primera vez en todo este tiempo que tengo dirección fija en Santiago. Lo irónico es que ahora que estoy empezando a acostumbrarme, voy a tener que irme otra vez”.

 

-¿Por qué te fuiste a Argentina? La mayoría de los cineastas jóvenes que han partido ahora último se marchan a Estados Unidos o Europa… 

-Tal vez es por asunto de afinidad. Creo que gran parte del humor de mis películas nace porque, aunque los personajes intentan aplastar a su contrario, este nunca se los permite. Son encuentros a cabezazos. Una relación horizontal. Y bueno, en Argentina esa horizontalidad se ve todo el tiempo. Como allá ninguna institución está en pie, como nadie le compra a nadie en términos de autoridad, no existe eso de que “porque yo tengo tantas lucas o tantos títulos estoy más arriba que tú en la sociedad”. Un pibe de la calle puede enfrentarse con cualquiera, al mismo nivel: lo único que los diferencia es su experiencia de vida. Hasta la policía funciona en esa clave. En Chile, los uniformados me parecen todos iguales, no soy capaz de diferenciarlos. Allá, en cambio, la personalidad va primero, el uniforme después. Nunca me olvido de que al poco tiempo de llegar, crucé mal una calle y un policía me aborda y me dice: “Boludo, si te atropellaban no iba ir a poder ver a mi hijo a la salida del colegio, iba a tener que quedarme contigo. Mirá bien antes de cruzar”. Creo ese episodio lo explica todo.

La anécdota, de hecho, bien podría aparecer en un filme del propio Che: sus películas están cargadas –y a veces, sobrecargadas– de encuentros, diálogos, polémicas y enfrentamientos; de sujetos que van de un lado a otro, que discuten y se defienden sin parar, ahogados en sus respectivos vasos de agua, intentando probarse ante los otros miembros de su tribu, tratando de vengarse de una ex novia, testeando su propia virilidad, intentando ansiosamente sacarles lustre a sus éxitos, sea cuales fueren; y tal vez, por lo mismo, no es extraño que hasta el momento, la mayoría de estos personajes hayan sido hombres. De ahí la novedad de esta ficcionada Dry Martina, ex figura pop de los 90, y que ahora, a veinte años de distancia y reconvertida en cantante de clubes, se siente lo bastante nublada y confusa como para cambiarse de país de golpe, persiguiendo un romance fugaz y solo apoyada en su volcánico carácter. 

-¿En qué momento cambiaste los personajes masculinos por los femeninos? Considerando todo el debate de género actual, más de alguien podría decir que te “subiste al carro”.

-Es curioso lo que nos pasó con la película, porque llevábamos varios años con el proyecto y de pronto toda la discusión pública nos alcanzó. Es interesante, porque escribí esto hace mucho, sin pensar en la contingencia. De hecho, si hubiera sido al revés, si hubiera armado esto con una agenda en la cabeza, creo que se habría notado de inmediato, que lo habrían percibido como un panfleto. Que se hable de género y de feminismo, a propósito de la película, no me aproblema para nada; pero creo que nuestro principal aporte a eso pasa por el personaje mismo de Martina, alguien que no cae necesariamente bien y que en un momento dado no tiene miedo de demostrar rabia, frustración o deseo. De hecho, Martina nació como respuesta a todas esas películas donde las mujeres que expresan su sex drive, su impulso sexual, son retratadas como agresivas y locas de remate.

Sandoval tiene un punto ahí: interpretada por la argentina Antonella Costa, el personaje protagónico es una suerte de volcán, capaz de explotar a la menor provocación, cambiar radicalmente de opinión, encantarte y luego enfurecerte. En el filme eso queda claro desde el minuto en que se prenda de César (Pedro Campos), un chileno cuya novia (Geraldine Neary) insiste en que Martina es una suerte de hermana perdida, nacida de una aventura trasandina emprendida por su padre novelista (Patricio Contreras). La súbita idea de perseguir a César gatilla un cambio de país, de costumbres y conocidos, para quienes la imprevista visitante es tanto una sorpresa como una pesadilla. Al revés que muchos personajes de comedia chilena –como los de las películas de Nicolás López, por ejemplo–, la argentina del filme no se siente como un personaje creado por un comité y diseñado para hacerte reír. Más bien al revés: desde el principio queda claro que se manda sola, y que es capaz de pasar incluso por encima de lo que la propia película espera de ella.

 

“Creo que eso pasa porque la Martina que ves en la película no es solo creación mía, sino producto de todos los aportes que surgieron después de que se escribió el guion. Es una construcción que se va parando entre muchos, partiendo por Antonella y continuando con los vestuaristas, los técnicos, el fotógrafo, el editor y finalmente el público. Estoy dispuesto a que mis personajes al principio caigan mal. Creo que uno tiene que correr riesgos. Al final de esos 95 minutos de película, el público termina sabiendo tanto de Martina como yo. La única diferencia que tengo con ellos es que he visto la película más veces”.

A propósito de lo que la visitante causa en sus nuevos “amigos”, Dry Martina debe ser una de las escasas películas que de verdad parece interesada en los rasgos, tensiones y puntos de concordia que se generan entre argentinos y chilenos. Es cierto, han existido muchas coproducciones previas entre ambos países –cintas como Machuca (2004), por ejemplo, contaron con fondos argentinos–, pero en esta ocasión el matrimonio entre dos cinematografías que rara vez han calzado parece ser tan monetario como conceptual.

“Eso no era tan aparente cuando empecé a escribir el guion. Todo partió porque luego de vivir en Buenos Aires durante varios años, me empezó a entrar la inquietud de perder mi oído para escribir en ‘chileno’. Solo después se hizo evidente que las protagonistas de la historia, dos hermanas que no son hermanas, dos hermanas que compiten pero a la vez se quieren, quizás como Chile y Argentina. Lo otro es lo que comentaba al principio. Creo que Chile está algo entregado al poder de las instituciones –la familia, entre ellas–; Argentina, en cambio, deja espacio para la anarquía, para permitirte andar más solo y por las tuyas. Lo paradójico es que esta solitaria, al viajar hacia un país que te encasilla, como este, aprende a recibir un poco de amor y se sorprende entregando un afecto que no sabía que tenía.

 

-Quizás ahí radica la verdad sequedad de Martina, a la que alude el título.

-No pretendo que la gente piense que el personaje está cambiando afectos por sexo. No. Algo interesante es que este personaje termina en el mismo punto donde estaba al inicio de la historia. No cambia mucho, necesariamente. Empieza y acaba el filme de pie; al contrario de los personajes masculinos de mis películas previas, que eran unos quejosos que no paraban de llorar y lamentarse. Este personaje no. No pide disculpas por ser cómo es.

-¿A propósito de tus películas, dónde las sitúas en el marco del cine chileno? Sobre todo ahora que miras desde afuera, ¿no te sientes a ratos como un outsider?

¿Outsider? No. Menos en este rodaje, que contó para su desarrollo con fondos postulados y ganados acá. Ahora, a mis películas, comparadas con las del resto, las veo algo solas. Es un poco lo que les ocurre también a las de Matías Bize. Quizás porque son producciones que no están centradas en temas, sino en personajes. Si tuviera que buscar un pariente cercano, pensaría en algo como Gloria, de Sebastián Lelio. Ese filme también está construido en torno a un personaje fuerte, también juega con esos códigos.

-¿Cómo ves la situación actual de nuestro cine? Esta temporada nos ganamos el Oscar, pero poquísima gente está consumiendo películas chilenas en las salas. 

-En términos generales, uno podría decir que hay dos tipos de películas chilenas a las que les va bien comercialmente. Por un lado, las históricas, las que están basadas en hechos reales, como Machuca, Violeta se fue a los cielos, NO, Karadima. Por otro, las comedias de corte televisivo, como las de Kramer o las que filmaba López. Siento que en medio de eso debería existir espacio para las películas de personaje, pero rara vez las hacemos. Solo se me ocurren dos títulos en esa cuerda que han conseguido impacto en la última década: La nana y Gloria.

-¿Y por qué esa escasez? ¿Será que nos dedicamos más de la cuenta a financiar y estrenar películas que solo tienen futuro en los festivales de cine y no en un mercado?

-No me gusta esa separación entre filmes hechos para salas comerciales y para festivales. Creo que necesitamos urgentemente formar audiencias, pero esa es una tarea de largo plazo y vamos con mucho atraso. Te pongo el ejemplo de Argentina. Es verdad que ellos producen –o producían– con mucho apoyo del Estado, pero además tienen ventajas que nosotros no poseemos: cuentan con más espacios para exhibir filmes nacionales, hay muchos incentivos para estudiantes y la tercera edad, y además existe hasta ahora un cine comercial potente, con películas que superan sin problemas el medio millón de espectadores. Este año ya estrenaron Animal, El amor menos pensado, El ángel, Re loca y La obra perfecta. No son obras crípticas, sino películas de la media para arriba, que consiguen impacto masivo. Esas son las que nos faltan.

 

-¿Qué piensas de Netflix y los otros servicios de streaming?,¿Estará ahí la solución a las crisis presentes y futuras del audiovisual latinoamericano?

-Es importante porque te ve gente a la que ni se le pasaría por la cabeza comprar una entrada en los cines, y económicamente es conveniente para el realizador. Pecaría de ingenuo si dijera que me tienen sin cuidado los cambios que van ocurriendo en este medio. Hoy nos pasa un poco como con los taxistas versus Uber y las otras aplicaciones: las salas no tienen otra que renovar sus formatos para que la gente salga de casa. Dicho eso y aunque una película se vea muy bien en sala, no me voy a restar a la posibilidad de que mis trabajos puedan verse también en un smart TV.  Me preguntaban hace poco si acaso estaba usando más primeros planos en mis películas, atendiendo a que las personas ahora las verán en pantallas de tablets y celulares. La verdad, no sé. A mí me acomoda filmar así porque tiendo a escribir diálogos muy largos. Es cosa de ver Dry Martina y mis otras películas: mis personajes hablan mucho. Hablan y hablan. Igual que yo.