Contestar los teléfonos móviles en lugares insospechados nos está mostrando tarjeta amarilla en educación. No exageremos, se puede vivir sin hablar por celular. POR MAURICIO CONTRERAS

  • 27 junio, 2008

 

Contestar los teléfonos móviles en lugares insospechados nos está mostrando tarjeta amarilla en educación. No exageremos, se puede vivir sin hablar por celular. POR MAURICIO CONTRERAS

Es una lástima que el Manual de Carreño no haya alcanzado a incorporar un capítulo sobre celulares: ringtones que suenan por ahí, llamadas ajenas que se mezclan con nuestras conversaciones o mensajes de texto que interrumpen. Los celulares y su carnaval de ruidos forman parte de la vida diaria, pero tenemos que empezar a calibrar qué es importante y qué no. No puede ser que cuando alguno suene el mundo se paralice y suframos para que se conteste luego la llamada.

Ejemplos sobran. Veamos el tema de la autorización en algunas líneas áreas para utilizar teléfonos móviles. Emirates Airlines ya lo aplica en sus vuelos y Air France está en etapa de pruebas, lo que nos indica que será cosa de meses para que al lado nuestro una persona llame y conteste cuando quiera. ¿Habrá una normativa de buena educación para apagarlo durante el viaje? ¿Se imagina en la mitad de la noche, tratando de dormir y que de pronto suene la melodía de Los Simpson y alguien conteste campante y se largue a hablar? De terror, ¿o no?

Otro caso son los restaurantes. Por suerte, en algunos reina la cordura y se prohíbe hablar en los comedores. En la misma mesa hay dos aspectos irritantes: desenfundar el celular, al lado de las copas y el pan, como una pistola; y contestar en plena comida o pararse para hablar. Cualquiera de las dos es síntoma de incultura ciudadana. Se nos va la vida en cada llamada y lo peor es que muchas veces uno termina repitiendo como un loro: “te llamo después, ahora estoy ocupado”.

Para qué decir de las misas, donde algunos creen que contestar y hablar bajito, atrás en la iglesia, no molesta a nadie. En muchos cines he visto a jóvenes y adultos organizar asados por medio del celular en plena función. Incluso una vez escuché a una niña haciendo un resumen de la película. ¡No hay salud!

Nuevamente volvemos al tema de la propia campaña ciudadana. Hace muy poco, en un almuerzo de amigos alguien planteó que nadie contestara los teléfonos durante una hora. Todos lo quedamos mirando como si estuviera loco. No está en nuestro ADN dejar el móvil a un lado, aunque sea por un rato.

Señor, señora: el celular viene con múltiples funciones para que no suene, tiene función de vibrador y estado en silencio. También vienen con pantallas para saber quién está llamando y se puede ignorar la llamada entrante, aunque sea visto con malos ojos. Peor es inundar una sobremesa con un celular molesto y cargante. Esta columna no pretende hacerle la guerra a la telefonía móvil; al contrario, quiere estimular el buen uso y el ordenamiento adecuado para que vivamos tranquilos. No es mucho pedir.