El reconocido psicoanalista cree que en este momento el gran desafío para nuestra mente es tolerar un abánico de emociones que van desde el miedo a la esperanza. A su juicio, esta crisis será larga y asegura que “esta nueva generación tiene un pie en la fantasía y otra en la realidad”.
Fotografía: Verónica Oritz

  • 7 febrero, 2020

Ha escrudiñado al Chile actual con extremo interés. Ha observado los símbolos de la crisis social, los movimientos y declaraciones de lo que él llama los “acelerantes” que han alimentado la tensión ciudadana, el rol de las autoridades y, especialmente, el protagonismo de una nueva generación. A su juicio, “el fuego ha sido una imagen icónica dentro de este estallido social”. Cohen sostiene que tan icónico como el fuego, ha sido la deslegitimación del poder y cómo ha cambiado la identidad de los roles de autoridad. “Los ciudadanos estamos asustados y diría que el miedo mayor, está dado por el quiebre que hay en el poder entre la autoridad y las fuerzas de orden. Eso es una cuestión muy inquietante que estamos viendo a diario”, afirma.

El psiquiatra apoya las manifestaciones. No la violencia, pero sí el sentir ciudadano que se despertó en estos meses y que quiere cambios. Cree que la ciudadanía debe cautelar que esos cambios se hagan con realismo para que sean permanentes en el tiempo. Advierte que no habrán cambios duraderos si no se produce un cambio interno en cada uno de los chilenos: “Si resulta que terminamos ganando 1 millón de pesos en vez de 400 lucas, pero al poco andar nos gastamos toda la plata, porque seguimos entusiasmados con el consumo, entonces vamos a volver a una sensación de desesperación y de angustia. Este estallido social tiene que ser un estallido hacia afuera y hacia adentro también”.

-Durante mucho tiempo se ha dicho que Chile tiene un problema de salud mental. ¿Este estallido podrá ser vivido como un cambio externo e interno?

-Lo que pasa es que es más fácil echarle la culpa a otro que verse uno mismo. Y aquí todos hemos sido cómplices de lo que ha pasado. Hemos estado cómodos, pero algo dijo basta. Es una sensación de estar siendo explotado por uno mismo.

-¿Y eso qué genera?

-Puede conducirte a una depresión. Entonces, el estallido social puede pasar a ser una especie de psicofármaco, de terapia catártica, un despertar. Ya no estás deprimido. Estás eufórico. El problema es que la euforia no deja pensar. Entonces, es un momento muy delicado. Y para peor, no tenemos gente capacitada que conduzca políticamente el país, que contenga todo esto y sea capaz de transformarlo en un diálogo.

El ROL DE CECILIA

Para León Cohén este momento no puede enfocarse solo en atacar a otro, sino en cómo cada uno asume su responsabilidad por haberse enamorado del consumo y haber terminado esclavo de las deudas y de uno mismo. Asegura que la clase política no ha estado a la altura de contener este proceso, pero excluye a Cecilia Morel. “Ella tuvo una sinceridad anímica, que fue no buscada, pero que interpretó emocionalmente lo que estaba pasando”, explica en alusión al mensaje de audio de la primera dama que se filtró durante los primeros días.

-¿Y lo interpretó bien?

-Sí, ella interpretó muy bien lo que estaba ocurriendo. En su idioma, dijo: estamos sobrepasados, estamos angustiados, esto es una cosa terrible, no entendemos. Como era un mensaje privado habló de alienígenas y probablemente así es como habla una señora del barrio alto, que en realidad no conoce otros mundos. Pero logró expresar un sentir.

¿La primera dama le aportó emocionalidad a Sebastián Piñera?

-No. Creo que Cecilia Morel logró poner en palabras lo que su marido no es capaz de hacer porque no tiene esa sensibilidad. O sea, si él fue capaz de decir que estamos en guerra en vez de tratar de calmar la situación, es porque no tiene ninguna sensibilidad. Lo que hizo, al final, fue usar un acelerante, que es la palabra clave de este proceso. En cambio, Cecilia Morel estaba expresando el estado de ánimo del poder. Dejó entrever lo que está pasando.

-Pero fue una confesión personal a una amiga. No fue un discurso pensado para la gente…

-Claro, ella estaba comunicándose en forma sincera y auténtica con una amiga que se lo mandó a otra amiga y ahí circuló por todo el planeta. Pero lo relevante es que ella comunicó lo que estaba ocurriendo realmente en el país. Seguramente, cuando habló de que había que compartir los privilegios, le pareció espantoso a Jacqueline Van Rysselberghe porque se aparta de los ideales de la derecha. Pero ella hizo un punto muy importante frente a la sociedad.

-Dentro del abánico de temas de esta crisis, está la ausencia de miedo de una nueva generación. ¿Cómo lo interpretas?

-La mayor parte de la gente que está participando en las manifestaciones -dejando fuera la delincuencia- son jóvenes que no son proletarios. Tienen un celular inteligente y así es como se comunican, conversan, planean. Pero el dato es que no hay un liderazgo como ocurría en los años ’70.

-Claro, no hay un podio en el que alguien hable.

-No. Aquí hay algo que va más allá de un liderazgo. Pero, además, da la impresión de que son jóvenes que tienen un involucramiento ambivalente con el sistema. No necesariamente todos esos jóvenes quieren destruir el mercado, lo que quieren es terminar con el abuso al que ese mercado los somete. No es como en el ’73, que se quería cambiar el mundo a una revolución socialista. No. La gente no quiere destruir el mercado, quiere cambiar un sistema del cual se siente esclavo. Pero quieren tener oportunidades.

– ¿Qué representa icónicamente la “primera línea”?

-La primera línea podría ser, por ejemplo, como la generación del ’70 y se podría haber llamado Granma, que es el barco con que Fidel Castro llegó a hacer la revolución. Todo el mundo quería estar en el Granma y hacer la revolución. Pero acá la primera línea es la primera línea del Señor de los Anillos, esa que lucha contra los monstruos terribles que están vestidos, justamente, como monstruos. Ellos luchan contra esos monstruos. Es una generación que tiene una épica audiovisual. No han leído mucho, pero han visto muchas películas. Todo eso está ahí.

-¿Hay una estética, una vestimenta como de superhéroes?

-Claro, pero eso tiene una cosa peligrosa. En las películas hay muertos y sabemos que es ficción; que los muertos en realidad no están muertos. Aquí los jóvenes pueden confrontar a un militar frente a frente o insultar un carabinero, pero en las películas uno no queda ciego, uno no muere, pero resulta que aquí sí puede pasar. Entonces, es una generación que tiene un pie en la realidad y otro pie en la fantasía. Y eso hace todo muy peligroso para ellos. Además, prima el espíritu del grupo. Por lo tanto, esto que está ocurriendo es la épica de los grupos.

-¿Es como querer hacer comunidad?

-Totalmente. Pueden no ser amigos. Los de Colo Colo y de la U se juntan porque son un grupo, están unidos, a pesar de que en el fútbol son enemigos. Sin embargo, en la plaza de la Dignidad están unidos. Los une un sentimiento épico en relación con el poder de la autoridad. Y es contra una autoridad en especial. No es el autoritarismo de Pinochet, es la figura de autoridad que encarna Sebastián Piñera, al cual no le otorgan ninguna validez ni legitimidad. Para ellos, él y su sector representan los abusos del que han sido víctimas sus padres.

Los jóvenes están en grupo y se sienten poderosos. En sus padres se ha ido levantando un miedo a lo que pueda pasar en marzo. ¿Es contradictorio o natural?

-Es que estamos en un momento muy especial. Poder tolerar emociones diversas es un desafío para la mente de todos. Incluso pueden ser emociones incompatibles. Por ejemplo, el miedo y la esperanza. Es decir, gente que te dice: “tengo miedo, me dan rabia los incendios y por supuesto que me opongo a la violencia, pero me sentiría muy decepcionado y pesimista si en marzo no pasa nada”. Emociones encontradas.

-Hay jóvenes que dicen que no tienen miedo porque no tienen nada que perder. ¿Tienen un aprecio distinto de la vida?

-Por un lado, hay menos miedo de morir porque ellos no tienen la experiencia de la dictadura, donde sí murió mucha gente. Por otro lado, muchos están en condiciones de una fatiga, de cansancio o sencillamente cesantes o viviendo en una precariedad muy grande. No tienen mucho que perder por ese lado y, en cambio, sienten que tienen algo que ganar y que es una suerte de mancomunión ecuménica al juntarse con el grupo. Es una épica que le da sentido a sus vidas. Por eso creo que esto es para largo.

-¿Por qué?

-Porque hay gente que no quiere abandonar ese sentimiento épico y quiere llevarlo a ultranza aunque no sepa dónde. Y es ahí donde la sociedad, todos nosotros, tendremos que que ser capaces de mantenernos alerta para que los cambios se produzcan y se puedan mantener. Porque, claro, diciendo: «Ya, ahora todos vamos a ganar 2 millones de pesos», pero ¿con qué plata? No se puede. Los argentinos ya lo han tratado de hacer y se dan vuelta…

-A propósito, muchos argentinos preguntan: ¡¿pero qué les pasó a los chilenos?!. ¿Qué le responderías desde el punto de vista psicológico?

-Puede ser un poco superficial aventurar esas respuesta. Creo que el carácter nacional tiene muchos aspectos de lo que podríamos llamar la dinámica fóbica-obsesiva. Somos una población más bien recatada, con control emocional, que tiende a ser evitativa, a no tomar mucho contacto, que funciona con cierta desconfianza y con una especie de timidez y miedo que siempre anda como flotando.

-¿Y qué explicaría eso?

-Que seamos una sociedad relativamente sumisa, relativamente obediente y donde uno sentía que las instituciones funcionan. Pero como pasa con los sujetos obsesivos, cuando se produce un resquebrajamiento de la dinámica obsesiva, irrumpe lo que está debajo, que son dinámicas psicóticas.

– ¿Cómo es un estado emocional psicótico? 

-Aclaro que esto no significa que lo que está pasando sea una locura o algo que no tenga sentido. No. Significa que, al igual que un volcán, emergen estados emocionales de una intensidad primitiva. De dolor, de rabia, de euforia, que habitualmente la persona obsesiva o la organización obsesiva, las controla, las contiene y las reprime. ¿A través de qué? De mecanismos de orden que apuntan, justamente, a mantener reprimido todo ese volcán.

-Y aquí explotó…

-Claro. Es como los sujetos que de pronto tienen un día de furia. Habitualmente son sujetos que los vecinos dicen: «Pero si era un señor muy tranquilo, muy ordenado. Siempre salía a las 8 y volvía a las 5, era como un reloj. Un buen vecino, aunque un poco extraño porque en realidad no hablaba; era gentil, pero no simpático. Era serio, pero muy responsable. Y ahora nos enterarnos por las noticias que se fue con una metralleta a su oficina y mató a 20 personas porque lo habían despedido. No entendemos, ¿cómo?».

¿Eso nos pasó a nosotros? 

-Claro.