Los paisajes australes de la Patagonia podrían cambiar bruscamente en cosa de décadas. No hablamos del impacto por el debilitamiento de la capa de ozono o del cambio climático, sino de la presencia de una especie invasora que está poniendo muy nerviosos a empresarios del turismo, forestales e incluso a los salmoneros que están interesados […]

  • 15 septiembre, 2008

Los paisajes australes de la Patagonia podrían cambiar bruscamente en cosa de décadas. No hablamos del impacto por el debilitamiento de la capa de ozono o del cambio climático, sino de la presencia de una especie invasora que está poniendo muy nerviosos a empresarios del turismo, forestales e incluso a los salmoneros que están interesados en llegar a la región más extrema. Se trata del castor canadiense, especie que se introdujo hace unos 60 años, con 25 ejemplares que ingresaron por el lado argentino de la isla Tierra del Fuego y que hoy ya superan los ¡cien mil! animales, con una tasa de expansión de 2 a 6 kilómetros por año y cuya característica es la depredación de bosques y cambios en la composición de las aguas.

Tal es el temor que hay entre las actividades económicas, que supimos que la semana pasada se reunieron representantes de estas industrias con el SAG y la Wildlife Conservation Society, que administra el parque Karukinka, para discutir detalles técnicos sobre la erradicación de esta especie. La idea es que luego se evacue un informe al mundo político para que se adopte una decisión país y se trabaje en conjunto con Argentina, donde también están abordando el problema.

Los efectos del castor sobre la biodiversidad y la economía de la zona vienen por el lado de la construcción de madrigueras, verdaderas represas que generan la detención de cursos de agua y el anegamiento de vastas zonas.