El 29 de agosto de 1958 la deportista Marlene Ahrens escribió una emotiva carta a su marido, Jorge Ebensperger, desde los Juegos Panamericanos de Chicago, en la que le relataba en detalle el momento en que ganó la medalla de oro. Ayer, a sus 86 años, murió la destacada atleta y única medallista olímpica de Chile. Su familia comparte este recuerdo con Capital.

  • 19 junio, 2020

29-VIII-59

Mi querido Choche!

Justo cuando empezaba nuestra prueba aparecieron unas nubes negras, rayos y relámpagos y en un dos por tres empezó a llover a full. No puedes imaginar cómo quedó todo empapado en minutos.

Espectacular, pero no lo más apropiado para hacer una buena marca. No vas a creer, pero no había ni una jabalina libre para precalentar…Mi jabalina (tanta fregatina para traerla) la rechazaron por chueca, por vieja o por qué sé yo, pero no llegó a la pista. Yo lancé muy mal, pero la norteamericana no lo hizo mejor. Estuve 1era hasta el cuarto de los seis tiros. En su quinto tiro me superó por unos 15 centímetros. Con mi quinto tiro no logré mejorar. Lanzó ella su sexto tiro sin superarse, y me tocaba a mí el sexto tiro, que sería el último de la prueba. Todas las demás atletas ya habían terminado sus seis tiros. ¿Te puedes imaginar cómo me sentía? No, no puedes. Me ganaba la americana por muy poquito, pero me ganaba. Entonces me dije: Marlene, calma…O lanzas sueltecito, así no más, unos 45 metros y te ganas la prueba, o lanzas con fuerza buscando el récord y entonces lo más probable es que te aprietes o por último te resbalas en la pista mojada y blanda y quedas segunda con una marca de lo más ridícula…Si alguien en Santiago me hubiera dicho que en este Panamericano lanzaría a duras penas 45 metros no les habría creído, si yo lanzaba todos los días sobre 52 metros, algunas veces 55 a pocos centímetros del récord mundial…La americana también es de sobre 50 metros. Bueno, me paré en la pista, pensé en Chile y en ustedes, le pedí a Dios que me ayudara y corrí sueltecito, despacito, casi en cámara lenta, jabalina enrielada, mi brazo sobre mi cabeza y…suácate…me gustó el lanzamiento, pero…??? Parece que siento aplausos, sí, es el grupito de chilenos que está allá a la izquierda. ¿Dónde caería? La luz artificial no dejaba ver nada. Más aplausos, sí, gané, y salgo corriendo…pero…y si estoy equivocada y aplaudieron el salto alto o qué sé yo…me paro, miro, ¿sí o no? Y veo 10,15 o más fotógrafos que se me vienen encima. Sí, tengo que haber ganado, estos gringos no me van a sacar fotos si no he ganado y me pongo a brincar y de repente aparecen por entre las cámaras fotográficas y como salidos de la tierra, más y más chilenos. Adelante el Dr. Rodríguez, los ojos llenos de lágrimas y otros chilenos llorones y yo más llorona que ninguno. Y abrazos y fotos y fotos y abrazos y más chilenos y más llorones y abrazos y besos y fotos y gritos y de repente me acuerdo de la americana y la diviso por allá sola, bien sola, y me da tanta pena y corro donde ella y le digo que me perdone que esté tan feliz y ella no puede estarlo y me dice que ella también se alegra de verme tan feliz y ya llegan los periodistas y las cámaras y me llevan y me ponen una jabalina en la mano y que así y que asá. Y luego me pesca una señora y me lleva de la mano a recibir el premio y corretea a los fotógrafos. Y tenemos que ir a la tarima.

Y un chileno por ahí me ofrece una peineta, pero qué me importa mi pelo si había ganado una medalla de oro para Chile. Y seguimos: adelante la señora, después la americana, yo, y la otra americana. Me nombran, subo a la tarima y saludo al púbico, humildemente, porque comprenderás que yo suponía que este público no podía estar muy contento de verme entre sus dos compatriotas. Pero me equivoqué, me aplaudieron harto Choche, y cuando empezaron a tocar la Canción Nacional y todo el estadio se puso de pie, me puse a llorar y las lágrimas caían una a una sobre mi buzo y mi insignia y yo pensaba en Chile y encontré tan linda mi Canción Nacional, y los chilenos allá arriba, un pequeño grupo en medio de un mar de gringos la cantaban, y según me confesaron después, también lloraban. Y los fotógrafos click y click y mis lágrimas tick y tick y se acabó la Canción Nacional y los gringos aplaudieron más que antes. Me dieron la medalla y recién entonces subieron las dos norteamericanas a su lugar en la tarima.

No te sigo contando, estoy tan cansada, es muy tarde. El capítulo que a ti más te interesa ya te lo conté.

Me cuidé más que nunca, y lancé peor que nunca…clima atroz en Chicago.

Besitos a la Karin y Robertito, a mis padres, a la María, a la tía Rosita y para ti, tengo tantas ganas de que me abraces, te quiere y recuerda,

Tu Marlene.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.