En agosto del año pasado me correspondió escribir un artículo sobre el desempeño de Harald Beyer como ministro de Educación. La columna se tituló “Ministro a destiempo”. La tesis de dicho texto señalaba que si Beyer hubiese sido nombrado al partir del inicio del gobierno, cargo para el cual el recientemente destituido ministro se […]

  • 3 mayo, 2013

 

En agosto del año pasado me correspondió escribir un artículo sobre el desempeño de Harald Beyer como ministro de Educación. La columna se tituló “Ministro a destiempo”. La tesis de dicho texto señalaba que si Beyer hubiese sido nombrado al partir del inicio del gobierno, cargo para el cual el recientemente destituido ministro se había preparado por largo tiempo, los temas educativos en el ciclo Piñera habrían tenido un punto de partida superior al que conocimos.

El ex secretario de Estado habría tenido la oportunidad de articular una agenda más amplia que el ex candidato presidencial Joaquín Lavín, marcado por su trayectoria de derrotas electorales. En esos primeros tiempos, a Harald Bayer la elite del país, algo más prestigiada que en la actualidad, le atribuía capacidad y conocimiento sobre los temas y una fuerte transversalidad desde su perspectiva de centro derecha. De haber asumido en marzo de 2010 Beyer podría haber realizado una gestión con otro destino. Pero lo nombraron en el momento más oscuro del actual gobierno. Beyer asumió en medio de una trifulca inmensa donde era muy difícil organizar alguna carta de navegación, y cuando el mensaje de la sociedad, con los estudiantes llenando las calles, operaba en la dirección contraria al programa elaborado en Tantauco. Las cosas pasaron como pasaron, dando la razón a este columnista. Beyer llego tarde. A destiempo. Y pagó las consecuencias de muchas batallas previas, pero también de esa asincronía.

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La ministra Schmidt asume para intentar cerrar un difícil ciclo gubernamental en esta área. La ex gerente general de esta revista, la talentosa ejecutiva de empresas, la dirigente de Comunidad Mujer, la ministra mejor evaluada, da un paso al frente y asume la cartera más compleja del gabinete. La decisión habla bien de Schmidt, de su coraje, lealtad y de sus convicciones. Pero no tan bien del presidente. Piñera sale del atolladero que significa nombrar por cuarta vez en tres años a una persona en un ministerio de ese tamaño e importancia. En el corto plazo, Piñera resuelve en claves comunicacionales lo que por el lado de la política y las correlaciones de fuerza no pudo arreglar. Sabe que más allá de cualquier retórica es muy difícil conseguir acuerdos en el Parlamento respecto de los proyectos en trámite. Sería largo detallar el mérito de cada iniciativa, pero el debate ideológico, político y cultural estructurado en torno a la agenda educacional excluye soluciones de corto plazo.

Porque las diferencias son de fondo. Ejemplo, el lucro como legítima retribución del esfuerzo, como señaló el presidente Piñera, perfecto. Pero sin recursos públicos, sin garantías estatales, ni exenciones tributarias. Prestadores públicos y privados fiscalmente financiados, no hay problema, pero sin discriminación, copago, ni selección por origen socioeconómico. Y la lista sigue y es larga. Existe muy poco tiempo, cronológico y político, para despachar los proyectos de ley enviados al Congreso. Además hay que asumir que las iniciativas respecto del futuro se están elaborando en los comandos presidenciales. En esta materia, este es el momento de quienes debaten y disputan sobre los contenidos de los programas educacionales del próximo gobierno.

Carolina Schmidt tiene conocidas fortalezas. Su buena imagen pública no nace de la nada. Surge de un talante constructivo, de su carencia de agresividad, de una capacidad de trabajo asociada a una voluntad transaccional. A la actual ministra se le atribuyen talentos para la negociación y el diálogo. Dispone con creces de ambos atributos. Me consta. Pero no es suficiente.

Si el actual gobierno aspira a un cierre razonable, tendrá que elegir muy claramente las prioridades. Y concretar la anunciada voluntad de construir consensos. Quizás para Schmidt no ser una especialista en el área sea un plus y no una desventaja. Porque lo que se requiere es escuchar y volver a escuchar y no pocas veces el exceso de saberes técnicos se transforma fácilmente en intransigencia. Algo de eso se le atribuía al ministro saliente.

La viabilidad política de la agenda educacional del ejecutivo es baja. Además supone arriesgar a la mejor evaluada del equipo. La jugada completa es de dudoso destino y en ella la ministra Schmidt va evidentemente al sacrificio. Sin ir más lejos, la posibilidad de sacar algo en limpio se reduce debido al limitado tiempo de acción que le queda, los próximos 90 días, porque después de las primarias la suerte del gobierno estará echada y en el legislativo penarán las ánimas. Pero claro, hay que saber también que de estas aventuras en el límite surgen, cada tanto, las figuras que luego destacan y permanecen.

De que a la nueva ministra el viento le sopla en contra, no hay dudas. Pero lo importante, en este caso, no es ganar sino tratar de jugar soberbiamente el partido. •••