Por Isabel Behncke Izquierdo, Doctora de la Universidad de Oxford en Antropología Evolutiva.
Año: 2050

  • 18 agosto, 2019

Las personas solas siguen aumentado. Me domina la incertidumbre cuando me percato de que hace días ese vecino que conozco de lejos no se asoma a la puerta, o ese amigo lejano no me contesta el buzz del microchip después de varias llamadas.

Soy mujer, tengo voz, tengo trabajo, no me acosan. Soy lo suficientemente vieja para recordar las grandes crisis de los últimos 80 años que nos llevaron hasta acá. Gracias al bio-tech, soy lo suficientemente joven para tener energía y que todavía me importe la gente y lo que queda del resto de la vida en el planeta. Mis comidas nutritivas y balanceadas son perfeccionadas en iteraciones infinitas y sofisticadas por los mejores laboratorios del mundo. Tengo poder. ¿Poder para qué? Mis plantas parecen de plástico y mi casa inteligente las mantiene siempre verdes. Ni siquiera ellas me necesitan. Mantengo vivo el recuerdo de los llamados metálicos del picaflor, pero ya van décadas que solo los escucho en iplayer. No hay otros ojos en los que mirarme y que me hagan existir. El calor que me rodea es artificial. Está prohibido hacer fuego, tampoco hay árboles para leña. Si quiero sexo o entretención a la medida, no hay problema, la inteligencia artificial se encarga de darme lo que yo creo que quiero, higienizado, cuando lo quiero, sin ofenderme. También, sin sorprenderme. La soledad ha adquirido condición de pandemia. Conozco los datos de memoria, tengo acceso a toda la información del mundo.

Afuera en las calles siento crecer el clamor por abolir el Ministerio de la Soledad. Un atardecer rojo ilumina Los Andes. “¡Es solamente otro intento para medicarnos!”. No queremos más recomendaciones para ajustar nuestros microchips y aumentar las dosis de endorfinas en nuestros cuerpos. Le exigimos cuentas a La Autoridad. Tenemos nuestras razones. Hemos pagado por los errores cometidos por nuestros padres y abuelos: hemos destrozado nuestras tribus, nuestros niños se han vuelto adictos, nuestros adultos se encuentran perdidos en la enfermedad mental, y nuestros líderes autoelegidos, atrapados en paroxismos sociópatas. Hace más de 30 años que hay evidencia de lo que hoy es una realidad. Pasamos de creer en Dios a poner nuestras esperanzas en el Gobierno, y de ahí a venerar la Tecnología. Y nos seguimos equivocando.

El Ministerio de la Soledad, al aislar el problema, se dedicó a generar índices, reportes y comisiones. Los especialistas, de puro especializados, olvidaron que vivimos en un sistema y que todavía somos animales sociales. La muchedumbre en las calles hace sonar sus tambores  clamando por una mejor gestión del tiempo, por experiencias y diseños de espacios públicos que combatan la soledad. Hemos avanzado tanto, argumentan algunos, y tienen razón. La inversión en tecnología no ha sido en vano. En 2030 la miseria causada por el alzhéimer y el cáncer quedó en el pasado. También la pobreza ya no es un problema mayor: en 2040 se igualó nuestro nivel de ingresos per cápita con el de los países más ricos, y la desigualdad disminuyó. Hemos aprendido que, una vez superadas las necesidades básicas, más dinero no aumenta el bienestar.

Pero Chile, un país rico, desarrollado, con tecnología, conectado al mundo, sigue perdiendo vidas, hundido en otro tipo de miseria. La principal causa de muerte ya no es a manos de otros seres humanos, ni producto de virus infinisetimales. A pesar de todos los adelantos en biotecnología, edición de genes y medicina restaurativa, la principal causa de muerte es hoy a manos propias.

Afuera, los tambores congregan y guían el paso. No hay que saber bailar para ser parte de esa gran marea que avanza como siguiendo un ritmo secreto. Basta sumarse siguiendo el vaivén que se ha tomado la ciudad. Nos congrega el recreo temporal de nuestras soledades, el sentimiento de ser parte de un único cuerpo, antiguo, la certeza de ser parte de algo más grande que nosotros mismos. Oscilan carteles con mensajes de protesta que usan como armas palabras del antiguo refranero popular. “Quien solo vive, solo muere”. “Preso y cautivo, no tienen amigo”. “Quien a solas se aconseja, a solas se remesa”. Cantos, bulla y euforia demandan cambios profundos. Algunos plantean carnavales obligatorios y recuperación de ritos sociales. La generación de nuestros padres se fue aislando, empujada por un mercado que prometía servirle directamente en la comodidad de su casa.

Éramos solo humanos. No estaba permitido el acceso a robots ni androides. Los organizadores habían cercado calles y avenidas para que los carros alegóricos pudieran transitar por la Alameda, desde Plaza Italia a Los Héroes, dejando fuego a su paso. Solo marchamos nosotros, mujeres y hombres, niños y ancianos, decenas de miles de chilenos, unidos por los cánticos. Máscaras, luces, humo, trajes cubiertos de piedras, plumas, lentejuelas, cuerpos y caras pintadas. Disfraces de bufón y de político, de futbolista y de artista, de mamut y de puma, de Dionisio y del Cue-Cue, del Che y de Atenea. Queríamos volver a pertenecer a una gran tribu. Queríamos bailar. Queríamos respirar y poder equivocarnos. Queríamos salir. Queríamos amar. Queríamos no solo sobrevivir, sino sentirnos vivos. “Bailar es pensar con el cuerpo”, decía Nicanor Parra.