CARLOS SALAZAR INDEPENDIENTES EN RED Existe consenso en que una beca es siempre un elemento positivo, toda vez que se transforma en el ingreso que un alumno necesita para su sustento durante el estudio, de manera que no tenga otras preocupaciones más que su desempeño académico… al menos, en teoría. Planteado así, la mayoría dirá […]

  • 27 noviembre, 2008
CARLOS SALAZAR
INDEPENDIENTES EN RED

Existe consenso en que una beca es siempre un elemento positivo, toda vez que se transforma en el ingreso que un alumno necesita para su sustento durante el estudio, de manera que no tenga otras preocupaciones más que su desempeño académico… al menos, en teoría.

Planteado así, la mayoría dirá que Chile sí gana con las becas estatales. Sin embargo, creo que esta no es la discusión de fondo y que más bien debemos preguntarnos cuánto es lo que se gana. Por eso, me enfocaré en lo que podríamos llamar el retorno, es decir, la inserción del egresado en el mundo laboral.

Si el Estado costea la educación de profesionales de elite, lo lógico sería que una vez terminados sus estudios éstos debieran ser capaces de retribuir al país desde su área de experticia. Pero ello sólo es posible si existe armonía en el sistema Estado-becauniversidad- industria, un mecanismo que hoy parece poco integrado y disonante. Lo anterior se explicaría porque el Estado se preocupa de dar cada vez más becas según las necesidades de la universidad, pero sin que los egresados encuentren un nicho adecuado a su especialidad dentro de la industria.

¿Cuántos especialistas estamos generando cada año que no están siendo absorbidos por el mundo laboral? El retorno de doctores y magísteres choca con la demanda que el país actualmente tiene de ellos. En esto veo dos puntos importantes: 1) La universidad ha sido ciega a las necesidades de la industria y 2) La industria no ha sido capaz de entender todo lo que ganaría de incorporar profesionales calificados para investigar dentro de ella. Este segundo punto es quizá más importante, dado que de solucionarlo, se facilita la solución del primero. El aporte de estos posgraduados es variado, son profesionales que cuestionarán “lo que se ha venido haciendo siempre”, tan típico de nuestro Chile, gente capaz de inventar, rediseñar, pensar más allá, en fin, de innovar.

Asimismo, las universidades también pueden participar del retorno de los posgraduados, al incorporar nuevos académicos a sus plantas. Esta situación puede ser tan confl ictiva como la anterior en términos de que la universidad que formó al posgraduado suele no aceptarlo laboralmente, prefi riendo al extranjero. Esto tiene su lógica, como evitar que se sigan reproduciendo las mismas líneas de pensamiento, pero a la vez discrimina a excelentes elementos propios que pueden aportar a la educación e investigación. ¿No sería más lógico armar un equipo? ¿Para qué una universidad forma a un profesor que luego no tendrá otra opción que irse a la competencia?

Si compatibilizamos el sistema de becas con las necesidades de las universidades y la industria, tendremos efectivamente un Chile ganador, que pueda generar su propio conocimiento en vez de copiar lo que se hace afuera.

 

PAZ ZARATE
INDEPENDIENTES EN RED

La respuesta a la pregunta de si Chile gana con un programa de becas estatales de postgrado parece de Perogrullo. Por supuesto que una iniciativa para formar recurso humano especializado en un ambiente intelectualmente competitivo, e idealmente en otro idioma, debería redundar en un positivo efecto dominó para cualquier país. No obstante, como ha dado a conocer la prensa recientemente, las incontables falencias que presentan las becas existentes (Mideplan, Conicyt, y Técnicos al Extranjero) muestran que la interrogante que debiera inquietarnos recae sobre el diseño y la implementación de tan loable idea. Ambos aspectos están fallando y la relevancia del perfeccionamiento de una generación entera de jóvenes profesionales chilenos para alcanzar el desarrollo sólo subraya la urgencia del tema.

La inversión sustantiva en el recurso humano es la más trascendente que un país puede hacer. Si tal programa millonario de inversiones se hiciera en objetos materiales en vez de personas, de manera sostenida durante tres décadas como se ha hecho aquí, no cabe duda de que primarían estrictísimos estándares técnicos para la toma de decisiones y, sobre todo, para su implementación. Se contratarían directores de estudios para establecer metas de corto, mediano y largo plazo; habría auditorias y consultorías externas; se compararían experiencias de otros países para saber cuál modelo se adapta mejor a nuestra necesidades; personal altamente calificado en la materia ejecutaría el día a día de la obra en marcha. Pero este nivel de trabajo, tan evidente para los grandes proyectos nacionales, no ha existido ni en el antiguo programa de becas (cuya normativa data de hace 30 años) ni en los nuevos planes.

La letanía de quienes postulan y luego obtienen las becas del Estado es larga. Que la selección de candidatos no es transparente y los antecedentes no son devueltos ni hay explicaciones para que los rechazados puedan volverlo a intentar (Conicyt Oceanía). Que no existe una coordinación sufi ciente con entidades receptoras, lo que determina el fracaso completo del programa (Becas Técnicas). Que se crea un nuevo sistema general “Bicentenario” dejando a los actuales becarios Mideplan a su suerte, lo que en muchos casos equivale a un nivel inferior a la indigencia en los países donde habitan y a tener que hacer peripecias para comer, y qué decir para estudiar. El contraste entre los sistemas paralelos de becas (la asignación Bicentenario duplica a la de Mideplan) es inexplicable y vergonzoso.

La falta de comunicación adecuada, coordinación y profesionalismo en el tema habla de la falta de una solución lobal para el problema, una solución que vaya más allá de los grandilocuentes anuncios de más cupos cada 21 de mayo.