En un debate para las primarias republicanas de las elecciones estadounidenses de 1980, Ronald Reagan y George H. W. Bush compitieron para ver quién parecía el más comprensivo con los inmigrantes. Bush se quejó de que las leyes de inmigración ilegal estaban “creando una sociedad entera de personas realmente honorables, decentes, que aman a sus familias, pero que están violando la ley, y (a la vez) exacerbando las relaciones con México”. Agregó que “no quiero ver a un grupo de niños de seis y ocho años poco educados y que se sientan por fuera de la ley”.

Hoy parece increíble que un candidato del Partido Republicano estuviese dispuesto a hablar así. Es por eso que tanto el fallecimiento de Bush, como la cumbre del G20 en Buenos Aires, nos recuerdan un mundo que pareciera estar desapareciendo, donde las diferencias políticas no significaban insultos personales, y las diferencias internacionales se conversaban, y tal vez incluso resolvían, en un sistema multilateral basado en reglas y no caprichos individuales.

Desde luego, cuando uno piensa en caprichos, no puede sino pensar en Donald Trump. Por representar a un país tan arraigado en la institucionalidad, es el ejemplo más sorprendente y tal vez más reciente. La historia está repleta de casos de líderes nacionales que han demostrado excentricidades personales (los zapatos de Imelda Marcos, las joyas de Cristina Fernández, el canibalismo de Idi Amin, los palacios de Saddam Hussein, la flatulencia de Gaddafi, etc.), y cómo muchas veces estos se han transferido hacia la política. 

Pero, ¿qué pasa cuando el capricho individual es colectivo? ¿Qué pasa si las reglas de la democracia obligan a un sistema político a respetar una decisión basada en la histeria colectiva, inspirada por temores reales, pero amplificada por medios poco escrupulosos y poderes extranjeros con motivaciones ocultas?

Sabemos lo que pasa. Ocurre algo como el Brexit, un proceso monumental cuyos efectos negativos son conocidos (el propio gobierno británico la semana pasada publicó un documento reconociendo que la economía crecerá un 3,9% menos con el acuerdo actual y casi 10% menos si se llegara a proceder sin un acuerdo con la Unión Europea), pero que procede porque se plebiscitó y el pueblo se pronunció.  

Para algunos autores, como el sociólogo británico Anthony Giddens, estos caprichos colectivos no son más que una reacción a las limitaciones de la participación popular en las decisiones de los 90, cuando parecía que la economía globalizada, la democracia liberal y las reformas de mercado eran el único camino posible. Thomas Friedman tildó el modelo como la camisa de fuerza dorada: más crecimiento económico, menos democracia. Con el paso del tiempo, y sin la representación que hubiera implicado un régimen más democrático, el sistema internacional que gobernó la globalización se fue alejando de algunos objetivos importantes: se aceptó que el desempleo, por ejemplo, era un costo inevitable de los ajustes de la nueva economía. Se tomó por sentado que el flujo libre de capital y de personas era algo positivo (hasta que estallaron la crisis financiera de 2008 y la crisis migratoria de 2015). Se reconoció que la globalización gobernada por un grupo pequeño de siete u ocho países parecía poco democrático, y se optó por abrir otro club, con más miembros.

Así es que llegamos al G20, y a Buenos Aires, una cumbre multilateral donde el punto de mayor interés fue un presidente que no cree en el multilateralismo. Una oportunidad para conversar y resolver problemas internacionales, que contaba con la presencia de los líderes que viven de crear problemas internacionales. 

Aún así, el mayor capricho es que, por lo menos para las democracias occidentales, los principales problemas han sido autoinfligidos. Consideremos lo siguiente: llevamos medio siglo escuchando que Occidente está en declive. Cuando EE.UU. no logró derrotar a los comunistas en Vietnam, supuestamente eso sería la gran derrota del poder militar estadounidense. En la década de los 80, el auge de Japón como poder económico implicaba un gran desafío para Occidente. En los 2000, un grupo selecto de economías emergentes –los BRICS– representaban el futuro de la economía global. 

Los nuevos populismos nacionalistas son reacciones exageradas a estos fenómenos que también fueron exagerados. ¿Dónde está Japón hoy? Con una deuda que representa más del 200% de su PIB y un crecimiento promedio de menos del 1% desde 1990. Brasil, la “B” de los BRICS, tiene los problemas que conocemos. Y así sucesivamente. Incluso el gigante, China, economía número dos del mundo, cuenta con un PIB per cápita menor que el de Chile, ubicándolo en la posición 108 a nivel global.

Pero, como dijo Richard Burgon, un político británico del Partido Laborista, “la era de los expertos ha llegado a su fin”. Lo que importa es la voluntad popular. Sus efectos y consecuencias son solamente cálculos de expertos. El capricho colectivo se convierte en política.