• 21 octubre, 2011



Desde la Coalición por el Cambio, en medio de las últimas tragedias nacionales, han emergido fuertes candidatos: Golborne, Allamand y Longueira. Para la oposición, por su parte, el reto presidencial será inmenso.


La elección presidencial de diciembre de 2013 ya se toma la agenda. La decisión de Andrés Velasco de disputar la jefatura de Estado –subsidiariamente, por el momento– y el ascenso del ministro de Defensa, Andrés Allamand, a partir de su acertado desempeño en la tragedia de Juan Fernández, han acelerado el interés por la próxima disputa mayor. Pablo Longueira, algo más atrás, pero como si no fuera parte de orden gubernamental alguno, ha puesto en marcha una intensa y mediática agenda hacia “la clase media”, con un claro perfil presidencial, que mezcla en una combinatoria populista las alzas y rebajas de impuestos, negociaciones de rentas pesqueras en favor de grupos corporativos influyentes y exigencias de reducciones de las tasas de interés.

La persistencia de la popularidad de Michelle Bachelet –considerada como la figura más popular de la política chilena y, lejos, la más fuerte candidata de la oposición– y por otro lado la solidez de la adhesión que sigue recibiendo “el héroe” del rescate de la mina San Jose, Laurence Golborne, dejan claro que los principales coaliciones disponen de cartas muy competitivas para la próxima disputa.
Por su parte, Marco Enríquez-Ominami se ha activado reclamando la vigencia de su opción, toda vez que una parte muy importante de la agenda que él puso sobre la mesa (educación pública, reformas políticas, diversidad cultural, etc.) está hoy al centro del debate público.

El actual adelanto del calendario presidencial instala de nuevo la discusión acerca de la duración del mandato. Se sabe que las instituciones democráticas se perfeccionan en el tiempo, y hoy es evidente que la corrección del excesivo periodo presidencial que preveía la Constitución de 1980 –que duraba 8 años– y que fue reducido durante el mandato de Aylwin a sólo 4 años, fue demasiado drástica. Por eso, ya se empieza a construir un consenso en torno a una fórmula de reelección presidencial: ésta sería sólo por una vez y por 4 años, pero a condición de que la figura reelecta, como en la tradición estadounidense, no pueda postularse nunca más.

El propósito de lo anterior es permitir que el próximo presidente tenga un mandato más largo, si su desempeño lo amerita, y asegurar así que los ex mandatarios, en el contexto de un régimen tan presidencialista como el nuestro, no estén por siempre determinando el escenario público futuro y de esa manera impidan el ascenso de nuevas figuras.

Posiblemente un gobierno más exitoso que el de Piñera, en términos de popularidad y eventualmente poseedor de una gestión más tranquila en materia de conflictos sociales y desastres naturales, hubiese retrasado la discusión sobre el o la futuros mandatarios. Pero no ha sido el caso.

Desde la Coalición por el Cambio, en medio de las últimas tragedias nacionales, han emergido fuertes candidatos. Y aunque el listado no está cerrado, es difícil imaginar que se agreguen nombres a los de los ministros Golborne, Allamand y Longueira, integrantes del actual gabinete.

Para la oposición, por su parte, el reto presidencial será inmenso. Deberá actuar simultáneamente en muchos frentes: primero, identificar procedimientos que le den el máximo de legitimidad a una eventual candidatura única; segundo, definir los contenidos que fundamenten su voluntad de disputar la competencia presidencial y tercero, crear un base política amplia que le dé sustento a un hipotético nuevo gobierno.
La etapa actual de Concertación post 5 de octubre se parece mucho a lo planteado por Mao Zedong en 1957, a pocos años de los inicios de la revolución china. Con el objeto de promover el debate en su país, el Supremo Líder pidió “que se abran cien flores y que cien escuelas compitan”. La historia señala que ese proceso no terminó bien, pues luego de la supuesta apertura vino el periodo más ortodoxo del régimen chino. En el caso de la coalición derrotada en las pasadas elecciones, el inicio de un debate programático, de una reflexión sobre sus prácticas y sobre su precaria manera de relacionarse con la sociedad parece absolutamente imprescindible si ésta quiere disputar el futuro con alguna probabilidad de éxito.

La próxima presidencial se adelantó. Y además, tiene interesantes e impredecibles novedades: los bloques políticos podrán recurrir a primarias legales con apoyo estatal y financiamiento público para dirimir su mejor opción, y si el parlamento legisla y el Servicio Electoral se pone las  pilas, tendremos un padrón electoral por sobre los 11 millones de inscritos. Más de cuatro millones más que los que participaron en la última elección, aunque con voto voluntario y no obligatorio.

La cuestión principal que está en juego en esta disputa del 2013,  como ha señalado una y otra vez la UDI, es si este gobierno será un “paréntesis“ entre los mandatos de la centroizquierda o constituirá el inicio de un ciclo de gobiernos de derecha. La verdad es que el dilema es muy relevante en Chile, pues se sabe que la derecha, con el Ejecutivo en sus manos, es incapaz de gobernar de forma tal de conseguir en la elección popular siguiente una ratificación de su mandato. Y precisamente de esa singularidad trata esta próxima y paradigmática elección presidencial. Hay algo más que orgullo y prestigio en juego. Es la historia.