En Caracas el ambiente es agotador. A una ciudad hostil por su tráfico, se suman la inseguridad y la violencia que tensionan el diario vivir. El clima político tampoco contribuye, como lo comprobó Angel Soto.

  • 29 octubre, 2008

 

En Caracas el ambiente es agotador. A una ciudad hostil por su tráfico, se suman la inseguridad y la violencia que tensionan el diario vivir. El clima político tampoco contribuye, como lo comprobó Angel Soto.

El próximo 23 de noviembre los venezolanos están llamados a unas elecciones locales. La disputa es ardua. Una desarticulada oposición enfrenta a Hugo Chávez, quien no sólo nombró a sus candidatos, sino que utiliza toda la maquinaria de intervención electoral gubernamental.

Se suma lo que tituló un periódico local: “Insulto, luego existo”. Es decir, un lenguaje soez, de enfrentamiento, que nace en el gobierno y que la oposición intenta contener no siempre con éxito. El jefe de Estado diariamente insulta a sus adversarios
tratándolos de “imbéciles”, a lo cual le contestan acusándolo de “payaso” y “gran charlatán”. Es decir, una sociedad que no tiene ánimos de construir consensos y en donde la política se ha convertido en un juego de suma cero.

En Caracas el ambiente es agotador. A una ciudad hostil por su tráfico, se suman la inseguridad y la violencia que tensionan
el diario vivir. No sólo es víctima de las agresiones verbales de sus políticos, sino de la delincuencia, el robo y el secuestro. Triste conclusión para quienes en el pasado fueron ejemplo de convivencia política y desarrollo económico.

Vienen tiempos más difíciles. El gobierno es mantenido por un gasto público que sienta sus bases en una economía monoexportadora -el petróleo- que está en baja. ¿Habrá capacidad de reducir el gasto? ¿Qué sucederá con la popularidad chapista al momento de recortar la chequera de los petrodólares? Algunos creen que significará el retiro de Chávez al término de su mandato. Sin embargo, hay quienes piensan también que la crisis provocará un endurecimiento del gobierno.

Lamentablemente la telenovela no termina aquí, ya que hasta ahora no existe una oposición consistente capaz de ofrecer una alternativa. El liderazgo está en los jóvenes del movimiento estudiantil que hoy bordean los 30 años, mientras que la
generación cuarentona o mayor pareciera no existir.

El gobierno presiona y angustia con una estrategia inteligente: el escepticismo. Busca desalentar la participación electoral, la abstención, de manera que sólo lo hagan quienes están movilizadas por la maquinaria de gobierno.

¿Y los empresarios? Están arrinconados. El gobierno no sólo introdujo decretos que fueron rechazados en el referéndum de 2007, como el trueque y la legalización de las milicias presidenciales sino que por el artículo 113 de la reforma constitucional y la Ley de Defensa de las Personas en el Acceso a los Bienes y Servicios, permite al Estado expropiar bajo pretexto de que no se permitirán actividades, acuerdos, prácticas, conductas y omisiones de los particulares que vulneren los métodos y sistemas de producción que afecten la propiedad social y colectiva.

Venezuela hoy no es una dictadura. Es una democracia dirigida, en la cual el gobierno se autoconsidera infalible y hegemónico, con una concepción dogmática, manipuladora y descalificadora de quienes osen cuestionar al socialismo bolivariano.


Profesor de la Facultad de Comunicación Universidad de los Andes. Instituto Democracia y Mercado