La diputada comunista, Camila Vallejo, se declara en etapa de reflexión respecto a su futuro parlamentario, pero hoy está jugada por sacar adelante el proyecto de reducción de jornada laboral. Dice que el gobierno está “empecinado” y que no quiere abrirse a lo que ya han hecho los países desarrollados. “Y es solo por esta lógica de resguardar el bolsillo de los grandes”, dice.

  • 29 agosto, 2019

Son las 11 de la mañana del último lunes de agosto. Camila Vallejo viene saliendo de un matinal. Ha hecho un gran despliegue comunicacional para defender su proyecto de reducción de jornada laboral de 45 a 40 horas. Aunque presentó esa moción parlamentaria antes de que Sebastián Piñera llegara a La Moneda, fue en estas semanas que el tema se instaló con fuerza. Y no solo a nivel de conversación de sobremesa.

El forcejeo político ha sido intenso y ha despertado también la preocupación en sectores del mundo empresarial que perciben que el gallito de fuerza lo ganó –al menos en lo comunicacional– la diputada comunista junto con su par, Karol Cariola. Una incomodidad similar se respira en los pasillos del palacio de gobierno. Ni la advertencia de que se perderían 250 mil empleos logró aplacar el ímpetu de Vallejo.

Una señal potente de esa medición de fuerzas la hizo ver la agencia Bloomberg, que en una de sus publicaciones señaló que las diputadas comunistas estaban imponiendo agenda en Chile. Y lo redactó así: “En un país que durante mucho tiempo se destacó como el faro de los principios de libre mercado en América Latina, dos jóvenes comunistas están captando gran parte de la atención en los círculos gubernamentales”. También se añadía que ambas podrían considerarse “versiones tempranas de Alexandria Ocasio-Cortez, la congresista de Nueva York que se ha convertido en una estrella izquierdista en Estados Unidos”.

No es primera vez que la diputada comunista asume un liderazgo que pone en jaque al gobierno. Así fue en 2011, cuando era una joven estudiante, y así es ahora, que empuja el proyecto para bajar a 40 horas la jornada laboral.  En ambos casos la medición de fuerza tuvo repercusión en las encuestas y en la popularidad del gobierno.

-Algunos dicen que tú y Karol Cariola le ganaron el gallito comunicacional al gobierno. ¿Lo vives así? ¿Como un triunfo?

-La verdad es que el gobierno nos declaró la guerra contra el proyecto de 40 horas y nosotras pusimos el pecho a las balas. O sea, si nos declaran la guerra, empujamos con más fuerza porque tenemos una convicción. Esto no tiene nada que ver con las encuestas. Surgió de las opiniones de los vecinos y vecinas del distrito, de lo agobiados que están producto de jornadas extenuantes de trabajo. Desde ahí en adelante, esto ha sido batallar y batallar. Hemos ido contra viento y marea y seguiremos dando la pelea. Esto no se da por ganado hasta que el proyecto sea ley.

-¿Y en qué minuto el gobierno les declaró la “guerra”? ¿No terminó cediendo cuando planteó un proyecto de 41 horas?

-Es que yo siento que no hay un avance por parte del gobierno. En el discurso puede ser, pero en la propuesta no consideran una real reducción. Ese es el punto. Lo que ellos quieren es meter la flexibilidad unilateral impuesta por el empleador para distribuir las horas de trabajo. Por eso hablan del promedio.

-Economistas, empresarios y algunos políticos plantean que Chile no está en un buen momento económico para este cambio. ¿Qué recoges de ese argumento?

-Es que para el mundo empresarial nunca es el momento. Siempre los grandes grupos se han opuesto a cambios que implican mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Y es lamentable que tengan esa mirada que es bastante cavernaria.

-¿Por qué cavernaria?

-Porque si fueran más modernos, si pensaran en el futuro como lo han hecho empresarios de países desarrollados, estarían apoyando una reducción de la jornada laboral y no oponiéndose. Han sacado garras para que esto no avance. Yo lo lamento mucho.

-No son solo los grandes empresarios. También puede impactar directamente a las pymes…

-Nosotros ya hablamos de una gradualidad para las pymes. Eso está conversado con ellos. Entendemos que les cuesta más acomodarse. Por lo tanto, va a haber una implementación más gradual, pero aún así siguen oponiéndose. Lo que está detrás es una clase empresarial que no tiene mirada de futuro, que solo piensa cómo maximizar sus utilidades en el corto plazo. No entiendo por qué no lo ven como una oportunidad de generar más empleos, de ser más productivos. Hay una mirada anticuada y súper egoísta respecto al país.

-La advertencia también viene de algunos economistas. El ex ministro Rodrigo Valdés, por ejemplo, dijo que lo prioritario hoy son las pensiones.

-En el mundo de los economistas hay opiniones y proyecciones distintas. Y Rodrigo Valdés tiene una posición ideológica diferente. Aunque fue parte del gobierno de Michelle Bachelet, yo siempre mantuve mis diferencias con él.

-¿Lo encontrabas muy de centro?

-De centroderecha diría yo. Y es raro porque en su momento él dijo que era mejor reducir la jornada laboral que aumentar vacaciones. Ahora cambió el discurso. Yo creo que tiene la mirada de lo que piensa el mundo empresarial y no una perspectiva laboral.

-El Presidente y el ministro Felipe Larraín advirtieron que se podrían perder 250 mil empleos. ¿No sientes una responsabilidad al liderar un proyecto que podría dejar a tanta gente sin trabajo?

-¡Ah! ¿Me quieren achacar la responsabilidad de una catástrofe en el país? El gobierno le echa la culpa a todo y a todos. No asume responsabilidad. No tiene autocrítica con el bajo crecimiento económico. Le echa la culpa a la guerra comercial entre China y Estados Unidos. Le echa la culpa al gobierno pasado. Entonces, si el día de mañana el empleo no crece como se esperaba, ¿le van a echar la culpa al proyecto de 40 horas?

-¿No te complica terminar pagando esa cuenta?

-Es que me podrían achacar culpas de cualquier cosa. El gobierno le echa la culpa al empedrado permanentemente. Yo no entiendo por qué su propuesta de 41 horas promedio aumentaría 250 empleos y por qué nuestro proyecto de 40 horas quitaría 250 mil empleos. Lo que está detrás es –lisa y llanamente– una campaña del terror, sembrar miedo para que nuestro proyecto pierda apoyo y gane el de ellos. Eso es jugar sucio.

¿Oposición timorata?

-Acusas al gobierno de “cavernario”, pero fue elegido por la gente. Es decir, aquí hay una mayoría que no quiso seguir con gobiernos de izquierda. Algo quiere decir eso, ¿no?

-Existe la idea de que los políticos que vienen del mundo empresarial van a generar más crecimiento y empleo. La gente cree que así como lo han hecho para sí mismos, lo pueden hacer para el resto. Pero en la práctica eso no ha sucedido. El crecimiento está estancado, los salarios no han aumentado y las utilidades declaradas por las grandes empresas son millonarias. O sea, Chile está creciendo solo para algunos.

-¿Ves una polarización ideológica en el país?

-Más que eso, yo creo que hay un empecinamiento del gobierno de no querer abrirse a cuestiones que los países modernos ya han hecho. Y es solamente por esta lógica de resguardar el bolsillo de los grandes. Ni siquiera estoy hablando de las pymes. Aquí están obstinados en cuidar y maximizar el capital de los grandes que, además, son sus amigos. Piñera es una de las personas más ricas del mundo. No quieren ver que los países que redujeron sus jornadas laborales son más productivos. Esta no es una propuesta de izquierda. Es sentido común.

-¿La discusión no ha mostrado que hay dos proyectos de sociedad en juego?

-No hay polarización, lo que hay es un gobierno que se ha querido quedar solo por decisión propia. Nadie los ha obligado. Claro, para nosotros este proyecto tiene que ver con qué sociedad queremos construir. ¿Para qué crecemos? ¿Para qué somos más productivos, sino somos más felices? Tenemos que pensar en un modelo de desarrollo a escala humana. Esa es la discusión clave.

-En ese sentido, ¿la izquierda chilena está al debe con la sociedad? No ha planteado un proyecto que conecte con la ciudadanía.

-Sí. Yo creo que estamos al debe. Con el proyecto de 40 horas hemos podido unirnos en torno a una propuesta, pero en muchas otras cosas hay una dispersión en la oposición; faltan propuestas.

-¿Perdieron calle?

-No es que haya perdido calle, sino que les falta conectar la realidad con lo que está pasando en el Congreso. Muchos se terminan perdiendo en la negociación pequeña y enfocando en políticas de corto plazo, en vez de sostener lo que realmente la calle los invita a construir.

-El tema es que la gente tampoco confía en la clase política…

-Pero mira, cuando tú conectas con la ciudadanía, te acusan de populista. Hay un tremendo doble estándar de la clase política. Cuando conectas con los anhelos y necesidades de la gente, te acusan de populista y te hacen la guerra.

-¿Eso es lo peor que te han dicho: populista?

-Me da lo mismo. Me han acusado toda la vida de distintas cosas. Y lo que estoy planteando ahora es algo que la gente necesita. Este proyecto conecta con la población y no por mi ideología, sino porque es una realidad. La gente está agotada. Los están explotando. El estrés laboral. Las depresiones. El problema de salud mental. La infelicidad en este país es tremenda. Y cuando uno dice “atendamos ese problema”, te responden: “No. No estamos en condiciones. Eso es populista”. Lo que pasa es que muchos no se atreven a ir más allá. No se atreven porque son timoratos.

-¿Quiénes? ¿Los de la izquierda?

-Sí, la oposición. La izquierda a veces no se atreve. Estas cosas requieren cambios profundos y hay que tener la valentía y el coraje no solamente de proponerlo, sino que empujarlo hasta el final. Y no perderse en el camino de negociaciones entre cuatro paredes, que al final terminan regalando tus ideales y tus principios a otros intereses.

-Para algunos, Camila Vallejo es como una pesadilla para Sebastián Piñera. Lideraste las marchas en 2011, que le costaron popularidad a su gobierno, y ahora con este proyecto de 40 horas ha pasado algo parecido…

-Bueno, claramente, yo no le caigo muy bien al Presidente de la República. Pero no es porque yo lo busque… Es como que los astros se alinean y algo pasa. En 2011 me tocó enfrentar al gobierno de Piñera, pero porque él también se resistía. Nosotros estábamos proponiendo avanzar en gratuidad y propusimos financiarlo con reforma tributaria. No quiso.

-Es lo que después planteó Bachelet, ¿no?

-Bachelet lo recogió. Ella fue mucho más inteligente que Piñera en ese sentido, porque él se resistió, se opuso. Ahora con el tema de las 40 horas, pasa lo mismo. Hay una cuestión del gabinete y del Presidente, que es bastante terco. No hace sintonía con una cuestión fundamental para la población. Entonces, no es que uno lo esté persiguiendo, pero él como que se las busca un poco también. A mí me impresiona lo mal que lo han hecho. Es increíble cómo han improvisado. Desde un principio podrían habernos convocado a conversar, pero no. Lo que trataron de hacer fue poner el pie encima. Amenazaron con el Tribunal Constitucional; han amenazado con las penas del infierno. Me parece que no tienen mucha astucia política.

La reflexión de Camila

-¿Irás a la reelección como diputada? Te lo pregunto porque hay un acuerdo entre los jóvenes de no perpetuarse.

-No tiene que ver con una cuestión de perpetuarse o no. A mí me ha venido la necesidad de ampliar mi formación y mis horizontes políticos, pero eso es en mi fuero interno.

-¿Y qué significa ampliar tus horizontes?

-Eso es lo que estoy tratando de descifrar. No lo sé. Pero me cuesta verme siendo diputada tanto tiempo. Me gustaría hacer otras cosas. No he parado desde el año 2011. Imagínate. Hice campaña embarazada, me titulé, defendí mi tesis en plena campaña y pasé de titularme a la Cámara de Diputados directamente. Entonces, de repente tengo ganas de salirme un poquito de esto y mirar el bosque completo, más desde afuera.

-¿Pero qué te gustaría?

-Tengo ganas de estudiar otra cosa, ver más a mi hija. Tengo esa necesidad, pero todavía no sé cómo se va a concretar.

-Para entender: ¿son solamente ganas o la decisión de no repostular está tomada?

-Es una cuestión que me he planteado. Lo he estado conversando conmigo misma y se lo he planteado al presidente del partido. Es mi deseo, pero no lo tengo todavía resuelto. No sé si me dedique a la geografía o a estudiar otra cosa.

-¿Irte a estudiar al extranjero no es opción?

-No. Tengo a mi hija acá. No aguantaría estar sin ella.

-Pero se va contigo.

-¿Y el papá de mi hija? Nosotros somos cincuenta y cincuenta. Y además tengo a mi pareja acá. No. Es muy difícil pensar en estudiar afuera.

-También es difícil hacer política sin tener un lugar claro.

-Es que si yo me dedicara a la geografía, sería en una perspectiva política. Mi pelea sería por la planificación urbana, por la relación entre construcción y ciudad, o por el territorio y el cambio climático. Todos esos temas son netamente políticos y créeme que los estaría haciendo con mucho placer y energía.

-Quizá lo único claro es que no te vas de la política.

-Es que no es un tema de entrar o salir. Está en mí pensar políticamente. Aunque no esté en el Parlamento, es muy difícil no estar pensando en cómo contribuir para hacer transformaciones. Eso es la política al final. Tengo que tomarme el tiempo para definir qué voy a hacer. Más temprano que tarde, esa decisión tiene que estar tomada.

-O sea, ¿tu decisión no tiene que ver con diferenciarte de los políticos que llevan muchos períodos, sino que con cambiar tu manera de hacer política?

-No me gusta ser un estándar moral para el resto. No. Yo estoy reflexionando desde mi fuero interno y tiene que ver con mi experiencia de vida. Concuerdo con que debe haber límites legales a la reelección, pero esto tiene que ver con la necesidad de que mi formación política no esté restringida solo a la experiencia en el Parlamento. Necesito explorar otras cosas. Todavía soy joven. Tengo 31 años, me están saliendo canas y quiero muchas otras cosas más.