Por Cristóbal Bellolio/ Desde Londres

Hace unas semanas, el primer ministro David Cameron señaló que el multiculturalismo era un proyecto fallido en suelo británico. Se une así a la canciller alemana Angela Merkel, quien sostuvo que su nación debía abrazar los valores específicos de la civilización cristiana y adherir a los desplantes laicistas (a partir de la promulgación de la ley que prohíbe el velo islámico) de Nicolás Sarkozy en Francia. ¿Qué hay detrás de todo esto? Lo primero que debemos despejar es el concepto en tela de juicio. Rechazar el multiculturalismo no significa desconocer la evidencia de que en nuestros días Europa es el hogar de distintas expresiones culturales, proveniencias étnicas o afiliaciones religiosas. El alegato de Cameron no se dirige entonces contra el dato empírico del pluralismo. Tampoco hay que confundir multiculturalismo con la aspiración de una sociedad cosmopolita. Esta última es aquella que hace del mundo (y sus diferencias) un espacio propio, con derechos universalmente reconocidos y una desconfianza general a las fronteras. El multiculturalismo, en cambio, sería el programa político que permite -y alienta, según Cameron- que las distintas minorías culturales vivan separadas y aisladas de la vida nacional mayoritaria. En otras palabras, lo que habría fracasado es la integración de los inmigrantes. ¿Qué cuestiones, en concreto, parecen molestar al gobierno británico? Hoy casi todas están vinculadas al mundo musulmán. Piense en el caso de los cientos de niñas que son forzadas por sus familias a casarse con hombres mayores, a los que no conocen, para que éstos puedan trasladarse a suelo inglés desde medio oriente o el sudeste asiático. La pregunta que se hace Cameron –y que tiene mucho sentido- es si acaso las instituciones políticas británicas deben seguir haciendo la vista gorda frente a ciertas situaciones que son inaceptables desde una perspectiva occidental. Dicho de otro modo: con tal de no ser acusados de imperialismo cultural, hoy estarían alternando entre el relativismo y la indiferencia. La propuesta del líder tory es activar lo que llamó “liberalismo muscular”; es decir, de un modelo que abandone la tolerancia pasiva y salga a promover abiertamente sus valores (en este caso, por ejemplo, el respeto de la estricta igualdad de género). La cuestión no es puramente filosófica. Los británicos están en la mira del terrorismo. Cameron teme que instancias de adoctrinamiento antiliberal se estén llevando a cabo bajo sus narices en las mezquitas de Londres e –irónicamente– estén siendo subsidiadas por el Estado como parte de su política de apoyo a las actividades comunitarias. El discurso de los cortes en el gasto público se cruza inevitablemente en este punto. Pero hay más. Los gobiernos de centroderecha europea quieren “cubrir sus bases” para impedir el avance de grupos radicales ubicados más a derecha. Gran Bretaña no tiene un Jean-Marie Le Pen, pero sí un importante grupo de nacionalistas que flamea cada cierto tiempo la bandera con la cruz de San Jorge, que se muestra hostil a todo tipo de inmigración y que está preocupado por la pérdida de identidad patria. A ellos iría dirigido este mensaje, con el objeto de transmitir tranquilidad y seguridad. Pero la línea roja es delgada: no pocos vieron en la declaración de Cameron un innecesario incentivo a la xenofobia en general y a la islamofobia en particular. Los musulmanes –organizados, como era previsible– se han victimizado. La causa de todos los recientes desbarajustes, dicen, está en las invasiones a Iraq y Afganistán, y no en los defectos del proceso de asimilación a la cultura británica. Cameron, como Merkel y Sarkozy, ha decidido pasar a la ofensiva. Es una jugada riesgosa, porque se compra tensiones con una importante minoría islámica al tiempo que se presta para interpretaciones extremistas desde los sectores nacionalistas. Pero, por otra parte, define los criterios de una nueva actitud que puede reducir las violaciones a los derechos e igualdades garantizadas en países democráticos y liberales, absorbiendo al mismo tiempo la ansiedad de aquellos que claman por más protección laboral y la adhesión a ciertos valores comunes para merecer la ciudadanía y sus extendidos beneficios.

  • 10 marzo, 2011

Por Cristóbal Bellolio/ Desde Londres

Hace unas semanas, el primer ministro David Cameron señaló que el multiculturalismo era un proyecto fallido en suelo británico. Se une así a la canciller alemana Angela Merkel, quien sostuvo que su nación debía abrazar los valores específicos de la civilización cristiana y adherir a los desplantes laicistas (a partir de la promulgación de la ley que prohíbe el velo islámico) de Nicolás Sarkozy en Francia. ¿Qué hay detrás de todo esto?

Lo primero que debemos despejar es el concepto en tela de juicio. Rechazar el multiculturalismo no significa desconocer la evidencia de que en nuestros días Europa es el hogar de distintas expresiones culturales, proveniencias étnicas o afiliaciones religiosas. El alegato de Cameron no se dirige entonces contra el dato empírico del pluralismo. Tampoco hay que confundir multiculturalismo con la aspiración de una sociedad cosmopolita. Esta última es aquella que hace del mundo (y sus diferencias) un espacio propio, con derechos universalmente reconocidos y una desconfianza general a las fronteras. El multiculturalismo, en cambio, sería el programa político que permite -y alienta, según Cameron- que las distintas minorías culturales vivan separadas y aisladas de la vida nacional mayoritaria. En otras palabras, lo que habría fracasado es la integración de los inmigrantes.

¿Qué cuestiones, en concreto, parecen molestar al gobierno británico? Hoy casi todas están vinculadas al mundo musulmán. Piense en el caso de los cientos de niñas que son forzadas por sus familias a casarse con hombres mayores, a los que no conocen, para que éstos puedan trasladarse a suelo inglés desde medio oriente o el sudeste asiático. La pregunta que se hace Cameron –y que tiene mucho sentido- es si acaso las instituciones políticas británicas deben seguir haciendo la vista gorda frente a ciertas situaciones que son inaceptables desde una perspectiva occidental. Dicho de otro modo: con tal de no ser acusados de imperialismo cultural, hoy estarían alternando entre el relativismo y la indiferencia. La propuesta del líder tory es activar lo que llamó “liberalismo muscular”; es decir, de un modelo que abandone la tolerancia pasiva y salga a promover abiertamente sus valores (en este caso, por ejemplo, el respeto de la estricta igualdad de género).

La cuestión no es puramente filosófica. Los británicos están en la mira del terrorismo. Cameron teme que instancias de adoctrinamiento antiliberal se estén llevando a cabo bajo sus narices en las mezquitas de Londres e –irónicamente– estén siendo subsidiadas por el Estado como parte de su política de apoyo a las actividades comunitarias. El discurso de los cortes en el gasto público se cruza inevitablemente en este punto.

Pero hay más. Los gobiernos de centroderecha europea quieren “cubrir sus bases” para impedir el avance de grupos radicales ubicados más a derecha. Gran Bretaña no tiene un Jean-Marie Le Pen, pero sí un importante grupo de nacionalistas que flamea cada cierto tiempo la bandera con la cruz de San Jorge, que se muestra hostil a todo tipo de inmigración y que está preocupado por la pérdida de identidad patria. A ellos iría dirigido este mensaje, con el objeto de transmitir tranquilidad y seguridad. Pero la línea roja es delgada: no pocos vieron en la declaración de Cameron un innecesario incentivo a la xenofobia en general y a la islamofobia en particular.

Los musulmanes –organizados, como era previsible– se han victimizado. La causa de todos los recientes desbarajustes, dicen, está en las invasiones a Iraq y Afganistán, y no en los defectos del proceso de asimilación a la cultura británica. Cameron, como Merkel y Sarkozy, ha decidido pasar a la ofensiva. Es una jugada riesgosa, porque se compra tensiones con una importante minoría islámica al tiempo que se presta para interpretaciones extremistas desde los sectores nacionalistas. Pero, por otra parte, define los criterios de una nueva actitud que puede reducir las violaciones a los derechos e igualdades garantizadas en países democráticos y liberales, absorbiendo al mismo tiempo la ansiedad de aquellos que claman por más protección laboral y la adhesión a ciertos valores comunes para merecer la ciudadanía y sus extendidos beneficios.