Las aguas vuelven a ser favorables para el cine chileno. Era hora.

  • 17 octubre, 2008


Las aguas vuelven a ser favorables para el cine chileno. Era hora.

Las aguas vuelven a ser favorables para el cine chileno. Era hora. Por Christián Ramírez

El extraño mundo del cine chileno: el ministerio de Cultura celebra por anticipado los 25 estrenos –cifra histórica– que nuestros cineastas lanzarán durante 2008; La buena vida se hunde sin remedio en la cartelera (y con ella, las chances de realizar más filmes de esa escala en el corto plazo); Tony Manero queda seleccionada en el Festival de Nueva York (histórico, también), pero ningún diario se digna consignar el hecho en sus páginas; Nicolás López estrena Santos en España (con 300 copias), una comedia sci-fi que de seguro será más extranjera que chilena; Miguel Littin rueda a la antigua su versión de La isla 10 como si nada de lo anterior existiera.

Ahora, nada de eso me intriga más que la última edición del Festival de Valdivia. Estamos claros que, en comparación con el Sanfic, se trata de un evento pequeño; pero, por primera vez en muchos años, un festival de cine chileno es capaz de programar películas de ficción nacional a su medida: cintas que encarnen su moral, su manera de enfrentar el negocio, sus ideas sobre cómo poner una cámara y qué es lo que se debe captar a través de ésta.

¿Hay que retroceder hasta fines de los 60, a las ediciones del Festival de Cine de Viña de la era Aldo Francia, para encontrar un equivalente de lo que está ocurriendo con la muestra? Bonito sería, pero es muy luego para entusiasmarse con comparaciones. La mejor pista de que esto se trata de un lento cambio de marea es la comparación con la versión anterior. Si hasta el año pasado era posible ver circulando por la ciudad a diversos veteranos del medio audiovisual, Valdivia fue claramente un evento sub 40: conducido, programado, integrado y hasta comentado por gente relativamente joven. Si en la versión 2001 el cine comercial estaba representado por Coronación de Silvio Caiozzi, en la 2008 lo hizo 31 minutos.

No se trata de sugerir a nuestros cineastas mayores que empiecen a pensar desde ya en sus pensiones de retiro; pero vaya, es un alivio saber que viene sangre nueva, gente que probablemente va a tener que pensarlo dos veces si trabaja en 35 mm o en HD y que en el futuro próximo lidiará con un mercado audiovisual convertido en territorio caníbal. Saben que los tiempos ya no están como para lanzar todas las películas chilenas con 35 copias, que en Chile los acuerdos con la TV no son la panacea y que la mejor chance para conseguir algo que se parezca a un sello autoral será a través de las coproducciones con el extranjero, pero que aún así es capaz de emerger con productos tan hermosos como Alicia en el país (de Esteban Larraín) y El cielo, la tierra y la lluvia (de José Luis Torres).

Filmadas en extremos opuestos del país y con una vocación épica que ya se quisieran algunos de sus compatriotas más experimentados, fueron las embajadoras naturales del certamen (y, por lo mismo, se merecen una columna para ellas solas). Ambas se estrenan durante octubre, después de un largo recorrido por festivales. Véanlas, y después conversamos.