• 6 abril, 2007

El gobierno toma un tercer aire. Y la oposición sigue respirando el mismo
Por Héctor Soto
 
 

Aunque seguramente no son muchas las actividades más aburridas que la política, hay que concederle, sí, como dato reivindicatorio, la rapidez con que pueden cambiar tanto el escenario como las percepciones. Hará cosa de diez días el gobierno estaba por los suelos. Las fotografías que publicó la prensa de la presidenta el último fin de semana de marzo fueron reveladoras: en ellas no solo aparecía muy complicada con el Transantiago y otros temas; también se veía tremendamente fatigada.
Vino el cambio de gabinete, el nombramiento de José Antonio Viera-Gallo en la Segpres y de René Cortázar en Transportes, y la atmósfera cambió. Por cuánto tiempo no se sabe.
Pero de inmediato se notó el cambio de mano. En una mañana el nuevo titular de un ministerio que es parte del cerebro gubernativo hizo más contactos con el arco político –oposición incluida– que todos los realizados por su antecesora en el cargo, Paulina Veloso. Cortázar llegó investido de plenos poderes para arreglar el sistema de transportes y sabe que tiene que hacerlo luego. La confi anza que objetivamente su fi gura inspira en la opinión pública se parece más en todo caso a un cheque a plazo que a la acción de una sociedad anónima. Si logra una mejoría perceptible no solo sacará al gobierno del zapato chino en que lo metieron sus pésimos diagnósticos y los amarres que le dejó la administración de Lagos. El hombre también se cubrirá de gloria y su nombre podría llegar a califi car como candidato DC para el 2010. El problema es que no es fácil lograrlo porque al Transantiago le sobra entusiasmo ingenieril y le falta realismo económico. Sin embargo, si el ministro logra cambiar las bases de operación del plan, agregando algo de mercado, de segmentación y zanahorias allí donde hasta ahora solo hay planifi cación, tumultos y garrote, podría convertirse efectivamente en un actor político de primerísima categoría.
Mientras tanto la Alianza no despega. Ni siquiera levantó cabeza cuando el gobierno estuvo más golpeado. Al parecer la derecha no tiene ninguna autoridad para hablar de locomoción pública y la descaminada tentativa de acusación constitucional al ministro Sergio Espejo prueba que entendió muy poco del problema. Fue otro más de los tantos palos de ciego que el sector ha estado dando en el último tiempo.
¿Qué ocurre, por qué tan extraviado? El análisis econométrico, por así decirlo, expuesto con agudeza hace algunas semanas por Eduardo Engel y Alexander Galetovic en un artículo de La Tercera, explica el fenómeno en función del fracaso de la derecha en la conquista del centro político del país. El sector no lo ha podido hacer, explican ambos académicos, porque tampoco ha podido deshacerse de sus bestias negras (digamos, el pinochetismo duro, el conservadurismo moral recalcitrante, la gravitación de los grupos económico en la propia Alianza). En esto, según el artículo, la Concertación ha sido mucho más inteligente y se ha desprendido de las suyas en términos que la opinión pública asocia con la moderación y la renuncia a posiciones extremas.
Discutible y todo, es una muy buena tesis. También se ha dicho que lo que le falta a la derecha es garra, apetito de poder y convicción. Pero hay buenas razones para pensar que esto es más una consecuencia que una causa. La Alianza no solo ha tenido difi cultades para defi nir el tipo de oposición que quiere hacer. Lo peor de todo es que se ha recluido en una suerte de limbo político que en cosa de un año ha cortado todos los cables a tierra que la Alianza tendió laboriosamente con ocasión de la campaña presidencial de Lavín el año 99 y de éste y Sebastián Piñera el año 2005. Algo ocurrió después que a la derecha se le olvidó que si la política no tiene una dimensión testimonial y popular se convierte al final en un asunto de club.
La lejanía de la Alianza de los problemas reales de la gente, su falta de interlocutores válidos y con credibilidad pública ante la ciudadanía, ya se está haciendo patética. El dilema de la derecha hace mucho rato que dejó de estar entre hacer una oposición dura o una oposición blanda. El problema es que no es ni resuelta en la crítica ni persistente en sus ideas ni tampoco convincente en sus propuestas. No deja de ser sintomático que sus dirigentes solo hablen desde los pasillos del Congreso o desde las melancólicas tribunas de prensa de la sede de los partidos. Difícil hallar telones de fondo que interpreten menos que ésos al grueso de la ciudadanía. A los dirigentes de la derecha pareciera tenerles sin mayor cuidado el creciente descrédito de la política que muestran las encuestas, no solo respecto de ellos sino de todo el establishment partidista, cada vez más aislado, endogámico y ensimismado. Qué les puede importa1r. Ellos están adentro. Los demás, afuera.