A varios jerarcas de la vieja Concertación tiene que habérseles puesto la piel de gallina al mirar, desde fuera de La Moneda, cómo salía una verdadera metralla de anuncios en los primeros días de Bachelet. Lo menos que tienen que haber pensado era si estos niños –Peñailillo, Arenas, Elizalde– no estaban yendo un poco lejos. Y en la otra vereda política, simplemente, no se lo podían creer. Deben haber pensado: ¿en qué momento se nos fue de las manos?

Fueron semanas de puro vértigo. La Moneda era un acantilado. Sumadas todas las sensaciones de la elite,  lo que hubo fue un estado compartido de pérdida de la orientación. La respuesta al principio fue el inmovilismo y la negación.

En la oposición, los líderes más de batalla –biotipo Allamand o los coroneles de la UDI– primero dijeron en el caso de la reforma tributaria que no negociarían, en un intento de inhibir a Arenas. Pero éste corrió rápido el cerco y en días logró aprobar el proyecto en la Cámara. Así, todos comprendieron que la película era de verdad y salieron disparados a la escena del duelo y, más temprano que tarde, tuvieron que negociar.

Hoy, sigue chúcara la reforma educacional,  está avanzado el tema del binominal, estamos ad portas de reformas laborales, y a la espera de novedades en legalización del aborto y de la marihuana. Ante un supuesto desencanto de la ciudadanía la elite comienza a intentar  re-rayar la cancha.

Rafael Guilisasti dijo que le preocupa que se pierda el valor de la gradualidad . Ricardo Lagos enfatizó que lo importante era tener la hoja de ruta clara, pues no se construye un país desde cero cada cuatro años. Carlos Peña escribió que el problema del Gobierno es haber creído que las demandas de una generación son las demandas de una sociedad entera.

Son distintas maneras de marcar su incomodidad con la velocidad de los cambios. Se pide más gradualidad y no inmediatez;  mantener la dirección; no despistarse; ir al ritmo de las mayorías y no al de algunos.

La paradoja es que si vamos a la calle y les preguntamos a las personas sobre las reformas, dirían que no ven los cambios, ni están a la espera de ellos. Tanto es así que piensan que seguimos transitando al ritmo de la elite; que nada sucede. Nadie cree que desde la política pueda surgir algo. Lo que quisieran es que las cosas ocurrieran ya. Con las reformas hay más incertidumbre, pero no más temores: son minoritarios los segmentos que creen que puedan ser directamente afectados.  Todo esto está empíricamente demostrado en la última encuesta CEP. Por lo mismo, si además les preguntamos si sienten que los cambios se están realizando de manera muy rápida o que puedan hacer peligrar el modelo, nos responderían si acaso somos de Marte.

La política tendría capturados los cambios. La gente tiene una lectura definitiva acerca de la política: ésta sería una suma de anécdotas de abuso de poder. Nada más paradigmático que el caso del hijo de Carlos Larraín. Y esto chorrea a los distintos sectores de la elite: “siempre todo queda ahí no más”.

De Guilisasti dirían que defiende intereses empresariales; de Lagos, que protege su gobierno; de Peña, que protege su universidad. Todos con conflicto de intereses: las cosas no ocurren, porque los que tienen poder no dejan que ocurran.
Es cierto que el apoyo a las reformas bajó considerablemente en las encuestas. Pero ello ha sido, en gran parte, por el modo de hacer la consulta. Si a las personas se les pregunta si están de acuerdo con la reforma tributaria, un segmento importante dice que no; pero si preguntamos si están de acuerdo con una reforma tributaria que asegure una altísima recaudación, mayoritariamente dirán que sí. La clase media, si percibe que la reforma le afecta, es porque nuevamente la elite logró protegerse y traspasar el impuesto a “los de siempre”.

Por lo tanto, las personas, más que con temor, connotan a las reformas desde el escepticismo. Por cierto, la reforma educacional es un asunto más complejo, ya que se percibe que se ha intentado vulnerar derechos adquiridos a punta de esfuerzo personal. Pero si lo miramos bien, el malestar se da porque el proyecto atentaría contra el mismo propósito que se quiere resolver, que no es otro que el de la movilidad social.

Definitivamente, los tiempos de las personas no son los tiempos de la elite. La distancia es cada vez mayor. Mal negocio para la democracia.

No se trata de que la “democracia de opinión” reemplace a la “democracia de la institucionalidad política”. El Gobierno no puede sólo hacer lo que la gente diga, pero la elite tampoco puede esperar que la gente sea genuflexa ante la gradualidad y el valor de lo alcanzado. No hay conversación posible. El concepto de desigualdad parece ser insuficiente y el concepto de gradualidad aún mas. El gobierno debe reconectarse con todos los segmentos, responder a los distintos intereses de la amplia clase media encarnada en sus reformas. Y la elite, junto con preservar el modelo –en un contexto de una sociedad que vive en tiempo real, marcada por la inmediatez– debe asegurar que está jugada a ir por más, y transmitir un sentido de velocidad y urgencia por alcanzar el viejo anhelo de ser un país desarrollado. •••