• 6 abril, 2007

La presidenta volvió a sorprender. Y tras un notable reconocimiento público de los errores, redobla la apuesta de su singular gobierno.
Por Patricio Arrau

Al acercarse la elección presidencial, las apuestas apuntaban en la dirección de un cuarto gobierno de la Concertación fuertemente respaldado por una vieja guardia desplazada en los primeros tres gobiernos y por diversos díscolos. Los Mapu habían caído en desgracia y le tocaba el turno al socialismo histórico. Los sectores democratacristianos que habían conducido exitosamente la alianza de gobierno en los primeros dos gobiernos parecían correr igual suerte, desplazados por sus camaradas que deseaban “corregir” el modelo.
En el plano económico, nerviosos empresarios y sus asesores se aferraban a la esperanza de que el superávit estructural del 1% de verdad se hubiese convertido en una institución nacional.
Hacían votos para que el próximo ministro de Hacienda socialista pudiese mantener firme la disciplina fi scal y se preparaban para “blindarlo” de las presiones. Desde el otro lado, concertacionistas desafectados por la falta de reformas microeconómicas de la segunda mitad del gobierno del presidente Lagos y por el exceso de simplismo macroeconómico de su ministro de Hacienda se preguntaban hacia dónde podría evolucionar esa desafección si ahora venía un giro más centralista, estatista y regulador.
De pronto la presidenta los sorprendió a todos. Caras nuevas e “inexpertas” se tomaron varios de los principales cargos de la primera línea de gobierno. La más izquierdista de las conducciones presidenciales de la Concertación apostaba por la más liberal de las conducciones económicas y sectoriales que estaba disponible entre los cuadros del bloque gobernante. Una generación de sangre nueva que había quedado taponeada por quienes se habían tomado la primera línea en los gobiernos de Aylwin y Frei. Una generación liderada por Andrés Velasco, que parecía condenada a ser asesores, emergía con su propia oportunidad. Con el primer gabinete anunciado, jubilosos estaban los empresarios, perplejos los desencantados y esa vieja guardia, junto a los díscolos, defi nitivamente quedó indignada ante la evidencia de que quedaban una vez más fuera del poder.
No dudaron eso sí en presionar por inefi caces e inescrupulosos mandos medios, fuente de muchos de los episodios de corrupción e ineficiencia de este primer año. La sangre nueva venía caliente. Quienes conocen al ministro Bitran saben que no está allí para realizar “solo lo políticamente posible”, sino además ejecutar su visión del sector. Se la jugó con el puente del Chacao y ganó. Bien por el país. Había que definir qué hacer con la papa caliente del plan Transantiago y esta nueva generación no estaba para medias tintas. Si no somos capaces de hacer reformas importantes en democracia, la democracia se nos pudre. Celebro la decisión del ministro Espejo y más celebro su coraje y resiliencia. Más ministros Espejo son buenos para el país. Queda pendiente el momento del reconocimiento a un político joven extremadamente talentoso. El Transantiago también hubiese reventado a uno de la vieja guardia.
La crisis del Transantiago amenazaba un cambio de rumbo. Una asonada de la vieja guardia y de los díscolos pedía las cabezas de la nueva generación de ministros, incluida la de Velasco. Se confundía vergonzosamente con la de la Alianza que pedía la de Espejo. Por este camino no hay recambio antes del 2014, puesto que el bloque alternativo sigue dando palos de ciego y se resiste a seguir el liderazgo constructivo de su candidato presidencial.
En lugar de subirse al carro de una de las reformas estructurales más ambiciosas que se ha realizado en democracia, la miopía de la Alianza la lleva a ponerle cortapisas a este proyecto que transforma el sistema público de Santiago. En cuatro a seis meses más se darán cuenta del error cometido.
Y la presidenta volvió a sorprender. Tras un notable reconocimiento público de los errores, redobla la apuesta de su singular gobierno. Entra uno de los más brillantes y efi cientes ex ministros de Aylwin, René Cortázar, y vuelve el Mapu con José Antonio Viera-Gallo. Las elecciones no podían ser mejores, no solo porque dieron nuevamente un portazo a las pretensiones de quienes tienen poco que ofrecer, sino que se confi gura, junto a Marcelo Tokman, Alejandro Ferreiro y Alejandro Foxley, un equipo de oro que fortalece la conducción económica del ministro de Hacienda. Consolidado su poder, es hora de que Velasco eche a correr su propia sangre caliente, escuche a sus colegas economistas que desean colaborar e invierta el capital político acumulado en un nuevo y potente impulso económico que le cambie el pelo a Chile.