Wong, Woody y los costos de filmar fuera de casa. Por Christián Ramírez.

  • 5 septiembre, 2008

Wong, Woody y los costos de filmar fuera de casa. Por Christián Ramírez.

“Un árbol trasplantado no siempre vuelve a florecer”. Esa fue la respuesta que años atrás dio el iraní Abbas Kiarostami, uno de los mayores cineastas contemporáneos, cuando le preguntaron por qué no se marchaba a Europa, considerando todos los problemas que tenía para realizar películas en su país. Y tenía razón: desde el corazón de Teherán desarrolló una fi lmografía irrepetible (Close Up, El viento nos llevará, 10), pero en el último tiempo su centro de operaciones ha fluctuado entre Francia e Italia; y, tal como él mismo había anticipado, sus obras se han vuelto más extrañas, extranjeras.

Me acuerdo de Kiarostami y su exilio virtual a propósito del tardío estreno de El sueño de Cassandra, tercer filme londinense de Woody Allen (que hace rato se encontraba en DVD) y de la reciente exhibición en el Festival Sanfic de My blueberry nights, la primera película del honkonés Wong Kar Wai en territorio norteamericano. Ambos habían intentado previamente esto de “cambiar de aires”, pero así y todo en sus nuevos esfuerzos lucen como peces fuera del agua.

Lo que no debería extrañar en el caso de Woody, para quien su trasplante a escenarios europeos sólo signifi có un pequeño cambio de decorados, de acento y de música de fondo. Todo lo demás sigue casi igual: la historia de dos hermanos (Colin Farrell y Ewan McGregor quienes, por gastar más de lo que tienen, terminan enredados en un tenebroso asesinato encargado por un pariente) conserva el arribismo, la misoginia y el sentido de la culpa que ha estado presente por más de treinta años en cada una de sus entregas. La diferencia es que, en esta ocasión, la crueldad invertida por el cineasta en el relato supera con creces su propio talento, invitando a especular qué habría hecho alguien más dotado con el mismo material.

My blueberry nights
, en cambio, sufre de lo contrario. Aquí el talento y la habilidad sobran, lo que falta es historia. Es casi un milagro que, extraviado en las hermosas praderas y carreteras contenidas en el filme, Wong consiga estirar por hora y media una trama que en sus películas chinas solía evocar con un par de escenas. Es un verdadero shock ver al tipo que filmó esa catedral que es In the mood for love entrampado en los ingenuos delirios de una soñadora mesera (Norah Jones) que deja su pega para ir a buscarse a sí misma por los bares, casinos y cafeterías de Norteamérica.

¿En qué momento Wong se transformó en Wim Wenders y se sobregiró a cuenta de su prestigio artístico? Tal vez en el mismo en que Allen acabó por aceptar sus limitaciones y optó por seguir siendo Woody, sea en Nueva York, Londres o Barcelona.