Director Revista Capital

A nivel de historiadores y antropólogos se asegura que uno de los rasgos que distingue al ser humano de otros seres vivos (por ejemplo, de parientes cercanos como los chimpancés) es su capacidad única de cooperar a gran escala (en millones y miles de millones) y de hacerlo en forma efectiva en torno a proyectos comunes, la mayoría de las veces ficciones o intangibles.

A la base de estas redes sofisticadas de cooperación está la confianza, misma que hoy en Chile se ve resquebrajada y profundamente debilitada en el caso de muchas instituciones o proyectos comunes. Las encuestas lo avalan. Los partidos políticos, las empresas y la Iglesia están perdiendo afecto entre los ciudadanos, mientras que instituciones como las Fuerzas Armadas, Carabineros y medios de comunicación (especialmente la radio), no sólo se mantienen bien posicionados, sino que incluso mejoran.

El problema por el lado de las desconfianzas es que no estamos frente a una foto o imagen estática, sino que ante una película que progresa hacia un desenlace bastante distinto de un final feliz. Casi como queriendo validar la frase presidencial de que cada día puede ser peor, a diario afloran nuevos antecedentes y escándalos que lejos de permitir la cicatrización de las heridas, agravan la hemorragia y parecen llevarnos como sociedad a un estado de anemia y anomia.

El cuadro clínico es preocupante, en especial porque la desconfianza está trascendiendo desde los protagonistas de los casos que abofetean a los ciudadanos a las instituciones que representan e integran, es decir, a los proyectos que deben aglutinar y permitir a las personas trabajar a gran escala y mancomunadamente.
Que la termografía muestre estos ardores es alarmante, pero, por suerte, el cuadro no es terminal. Y es que tener conciencia del problema es mejor que estar ignorante. Eso quiere decir que los tapones están saltando frente a las sobrecargas, que las instituciones están funcionando y que, pese a todo, aún podemos estar a tiempo de reparar los problemas.

Como en años anteriores, Capital y Sofofa congregaron a reflexionar y debatir a un grupo heterogéneo de expertos. Incluso antes de que estallara el escándalo de la colusión de las papeleras, la invitación era a conversar de la crisis de confianza y representación en Chile y a explorar formas de encararla.

Fue un debate intenso en donde los relativos consensos iniciales en torno al diagnóstico dieron paso a una evidente preocupación sobre la idea que algunos proponen para abordar el problema. Según varios de nuestros invitados, plantear que la única salida del trance actual es un proceso constituyente que dé origen a una nueva Constitución no es solamente oportunista, sino que también un planteamiento ambiguo que amenaza avivar las llamas de la desconfianza, más que aplacarlas. De esto versa el especial que da forma a esta nueva edición de Capital. •••