Se siente frustrado e irritado. Fue el padre del Transantiago y su guagua nació mal. Algunos dicen que solo sangra por la herida, porque lo sacaron de la historia antes del estreno. Aquí, Correa “desgrana” responsabilidades una por una y analiza el impacto político del llamado plan maestro de transportes. Por Cony Stipicic H. Fotos, […]

  • 20 abril, 2007

Se siente frustrado e irritado. Fue el padre del Transantiago y su guagua nació mal. Algunos dicen que solo sangra por la herida, porque lo sacaron de la historia antes del estreno. Aquí, Correa “desgrana” responsabilidades una por una y analiza el impacto político del llamado plan maestro de transportes.
Por Cony Stipicic H. Fotos, Enrique Stind.

19 de septiembre de 1994. El presidente Eduardo Frei llega en el descapotable negro al Parque O’Higgins para encabezar la parada militar. Lo acompaña su ministro del Interior, el socialista Germán Correa.

A la mañana siguiente, desde el segundo piso de La Moneda se informa que “el Chino” será sustituido en el cargo por Carlos Figueroa.

La breve historia ha sido descrita como uno de los episodios más indignos de la transición chilena y es imposible no recordarla al tener enfrente a Correa. El recuerda que no fue fácil convencerlo de aceptar el cargo. Para entonces, los socialistas reclamaban que los ministerios clave no podían seguir en manos de la DC. El electo Frei Ruiz-Tagle decidió hacerle un gesto al PS nombrando a su presidente como jefe de gabinete. Seis meses después, le pidió la renuncia. “Fue al otro día de la carroza, sin anuncio previo. Yo lo veía venir, y así se lo dije a Frei, pero las cosas se pueden hacer
mejor. Yo siempre he sido súper presidencialista y él tenía todo el derecho de hacer cambios, sin dar razones. Uno tiene que irse tranquilo y callado. Pero la manera, claro, no fue la mejor”.

Hasta ahí el tema, que a estas alturas solo forma parte de su anecdotario personal. La historia política de este doctor en sociología de la Universidad de Berkeley está llena de baches. Le ha dedicado en 17 años apenas cinco a los cargos públicos, y por lapsos breves. El resto, a lo suyo. De hecho, se defi ne más como un profesional que como un político. Si hasta le molesta que lo presenten como ex ministro y no como consultor internacional en políticas públicas.

-¿Y eso es por opción o porque se le cerraron espacios?

-Es una opción bastante personal. Cuando salí del gabinete, Frei me ofreció otros cargos. Pero preferí volver a lo mío. Yo siempre he vivido de mi profesión, excepto un período de la dictadura, cuando me fi nanció el partido, entre el 83 y el 86 Se siente frustrado e irritado. Fue el padre del Transantiago y su guagua nació mal. Algunos dicen que solo sangra por la herida, porque lo sacaron de la historia antes del estreno. Aquí, Correa “desgrana” responsabilidades una por una y analiza el impacto político del llamado plan maestro de transportes. Por Cony Stipicic H. Fotos, Enrique Stind.
y tuve que dejar las consultorías para dedicarme de lleno a la actividad política.

Las micros han sido parte de su vida desde 1990. Fue ministro de Transportes de Patricio Aylwin y en 1996 asumió la presidencia de la empresa carrocera Cuatro Ases, que estaba quebrada.

Los acreedores tomaron el control y en su nombre, Correa fue designado por tres años para devolverle los números azules. Su conocimiento del tema hizo que en 2001, el entonces presidente Ricardo Lagos lo nombrara zar del Transantiago, el proyecto que entonces era la estrella y que hoy se ha vuelto una jaqueca crónica para el gobierno.

¿Cree que el Transantiago logrará lo que la Alianza no ha conseguido, que éste sea el último gobierno de la Concertación?

-Las cosas son muy dinámicas. A este gobierno lo sorprende un momento del desarrollo distinto, con gente más exigente y consciente de sus derechos. Es el país que nosotros hemos producido y, como suele suceder, la Concertación no ha sabido ponerse al día con los cambios que ha generado en la economía y en la sociedad. Bachelet recibe un país bajo mayores exigencias y, por lo tanto, esta tarea es más complicada. Pero todo depende de cómo vayamos resolviendo los desafíos.

¿Y por qué pensar que las cosas pueden salir bien si estamos ante un Estado con evidentes carencias de gestión?

-Porque los problemas y los confl ictos son a la vez grandes oportunidades, si sabes hacer una lectura adecuada. Hay que analizar cuáles son los problemas que están en el trasfondo de estas pequeñas explosiones y sacarle partido de manera de avanzar dos pasos más. Por ejemplo, con el Transantiago afl oran dos grandes temas: la calidad de vida y las inmensas limitaciones que tiene el aparato público. Si eso se enfrenta adecuadamente, las cosas pueden cambiar. Ocurrió así en pleno caso MOP-Gate, que fue visto como una oportunidad para avanzar en transparencia. En tres años más lo que está pasando hoy puede ser solo un mal recuerdo y si ocurre así, el escenario de la Concertación puede ser positivo y postularse a un quinto período con bastante seguridad.

-Defina el gobierno de Michelle Bachelet. ¿Por qué cree que va a ser recordado?

-No sé. Sería presuntuoso decirlo, pero creo que si se enfrenta adecuadamente esta crisis, va a poder recuperar la iniciativa política, como lo ha estado haciendo luego del cambio de gabinete.  Si Michelle lleva adelante sus planes de protección social va a ser recordada por eso.

Y no solo por haber sido la primera presidenta mujer…

-Va a ser el gobierno de la primera mujer pero con avances en un aspecto que se nos venía quedando atrás: la deuda social. Si a eso le agregamos pasos más sustantivos en participación ciudadana, otro défi cit que traemos también, el recuerdo puede ser más que positivo.

-¿Cree que la presidenta corrigió políticamente el rumbo de su gobierno con el cambio de gabinete, incorporando rostros emblemáticos y sectores de la Concertación que había mantenido algo al margen?

-Ni tanto ni tan poco. El mundo de los medios de comunicación sabe mucho menos de lo que realmente pasa. Yo no he notado que en este gobierno se haya marginado a algún sector para de repente rescatarlo. Es una imagen, no una realidad. Todos los presidentes, excepto Aylwin que fue muy conservador y no cambió casi nunca a sus ministros salvo cuando algunos renunciaron, tienen procesos de ajuste, de ensayo y error. El propio presidente Frei cambió su gabinete a los seis meses y después volvió a hacerlo. Esas modifi caciones son como el curso normal de un presidente que va ajustando sus equipos y descubriendo sus falencias.

-Pero debió renunciar a los principios de paridad y rostros nuevos, y eso no debe haber sido fácil.

-Donde la presidenta marcó un hito fue en el tema de la paridad, pero yo recuerdo muy bien cuando surgió esto de no repetirse el plato. Fue en Casa- Piedra, en medio de una conferencia que ella estaba dando, y alguien desde el público le dijo “que se quede Nicolás Eyzaguirre”, y ella contestó con esa frase. Una cosa es que los medios vayan creando pauta y otra es lo que la presidenta se
autoimpone.

LAS CULPAS

Usted señaló una vez que sentía como fracaso personal no haberle transmitido a Lagos la envergadura del cambio que signifi caba el Transantiago. ¿Cree que efectivamente él no lo dimensionó?

-No sé, no lo he conversado con él. Yo lo he dicho como autocrítica y siento que tal vez yo no me di el tiempo, la ocasión o la tarea de haberle transmitido mucho mejor a Lagos en qué consistía este gran cambio.

-¿Guarda algún resentimiento con Lagos? Usted bien podría ser considerado una de sus víctimas.

-Yo no he sido víctima de nadie, nunca me he sentido como tal. No fui víctima de Frei cuando me sacó del gabinete y tampoco de Lagos cuando me pidió la renuncia al Transantiago. Ellos mejor que nadie saben las condiciones en las que yo llegué a esos cargos. Frei sabía muy bien que fue casi bajo protesta que yo acepté ser ministro del Interior; Lagos sabe muy bien que él me convocó a ser parte de este empeño de sacar adelante la primera fase del Transantiago, yo no andaba pidiendo trabajo, tenía el mío en Naciones Unidas, recién había renovado mi contrato por un año, lo
que en la ONU es como sacarse el Kino y el Loto juntos. Ayudé con mucho gusto y no me arrepiento. Y no fue por cuota política. El presidente me convocó a un proyecto del cual yo había sido creador el año 2000. Para mí fue una oportunidad que agradecí mucho, pero que lamentablemente terminó con un desencuentro serio entre el comité de ministros y subsecretarios, con criterios
muy diferentes.

-¿Cuál fue ese desencuentro?

-Múltiples materias: conceptuales, personales, había gente que tenía aspiraciones personales y de grandeza, y que resentía el hecho de que yo tuviera una tarea tan importante como la que me había encomendado Lagos. En el caso de personas como Fernando Bustamante, nunca fue una pelea personal. Tenía que ver con dos cosas respecto del énfasis del Metro; que nunca estuvo como eje estructurante en el plan original que yo contribuí a elaborar y, segundo, que el Metro se vería afectado por el Transantiago en dos cosas básicas para cualquier empresa. Pierde soberanía sobre sus decisiones de inversión y sobre las estructuras tarifarias, desde el momento en que pasan a ser parte del sistema integrado, dos cuestiones clave para cualquier empresa y de cualquier naturaleza.

¿Por qué la obsesión de Lagos con el Metro en desmedro del transporte de superficie?

-Tuvo que ver con que las decisiones de ampliación de la red de Metro se tomaron antes de que estuviera aceptado como política oficial del gobierno el plan de transporte urbano 2000-2010.
Lagos cuando llega ve problemas con el transporte público y decide hacer más Metro, en una reacción natural de un presidente que advierte inconvenientes, mientras su ministro le desarrolla algo alternativo, y eso viene a ocurrir a fi nes del 2000.

-Bien poca paciencia, entonces.

-Los presidentes tratan de organizar sus tiempos y, además, una vez que este plan fue aprobado, no fue asumido a plenitud por nadie, o sea, el Transantiago se viene recién a legitimar en 2002, cuando ya estaban tomadas todas las decisiones de las líneas del Metro. Para ser justos con Lagos, hay que ver esto también en el tiempo de las decisiones, fue así, lamentablemente. Ahora, esto ya no vale para las líneas fi nales que Lagos dejó listas, como la de Maipú. El criterio que estoy señalando corre entre 2000 y 2002…

¿Qué cree que le faltó a Sergio Espejo: recursos, claridad de objetivos, poder real?

-Mira, yo creo que tal vez le faltó más conocimiento del tema. Yo estoy en él hace muchos años. Después de ser ministro seguí conectado, leyendo e informándome. Tuve mi paso por esta empresa carrocera donde tuve contactos con micreros como clientes y los conocí desde otra perspectiva.

-Pero es grave que la presidenta haya creído que esto era fácil al nombrar al ministro.

-No, porque cuando yo fui asignado como ministro de Transportes tampoco tenía idea del tema. El problema no era tanto el ministro. En estas reformas lo que uno tiene que hacer es crear equipos técnicos sólidos, quizás se debió reforzar la ofi cina del Transantiago que yo mismo creé. Nadie te enseña a ser ministro, tú te apeas al caballo a tu mejor saber y entender. Creo que Espejo no tenía el conocimiento más profundo del tema y eso afectó sus decisiones.

René Cortázar tampoco había sido ministro de Transportes, sin embargo usted ha declarado su confianza en él.

-Es un hombre de larga trayectoria y muy eficiente. Está comenzando y tiene que atacar –como está haciendo– aquellos problemas que afectan a los ciudadanos día a día, pero también avanzar en los temas de fondo, estructurales. Y debe hacerlo para que esto termine normalizándose de verdad.

-Usted ha sido crítico de la gestión de Javier Etcheberry en Transportes...

-Yo me refiero a Etcheberry porque cuando salí del Transatiago, Lagos tomó una defi nición, que yo mismo le planteé: que el comité de ministros y subsecretarios no podía ser resolutivo, sino asesor y consultivo, pues la responsabilidad político-administrativa la debían tener el ministro y el “zar” –como me llamaban a mí entonces–, que era quien coordinaba la ejecución del plan. A esas personas correspondía tomar las decisiones y consultarlas con este comité. Cuando yo salí, Lagos tomó esta opción y transformó al grupo en consultivo solamente e hizo recaer la responsabilidad en el ministro del área, que era Etcheberry, quien a su vez nombra un secretario ejecutivo para el plan. Pero ya no se trataba de un hombre a cargo, sino de un ejecutor de sus instrucciones. Entonces, cuando yo personifi co en Etcheberry, no lo hago en él como persona, sino en la fi gura del ministro, que tuvo la responsabilidad política y administrativa del Transantiago. Es él quien avaló las decisiones y propuestas de los equipos técnicos, con defi ciencias estructurales y de diseño incluidas. En una reciente carta a El Mercurio, él se libera de culpa y habla de los recorridos, pero el punto es que éstos estuvieron mal diseñados, igual que los contratos. Y eso no lo digo solo yo.

¿Y a Jaime Estévez no le quedó espacio para corregir? ¿Qué responsabilidad le asigna a él como sucesor de Etcheberry?

-A esas alturas ya estaban fi rmados los contratos. Estévez llega el ultimo año y le corresponde poner en marcha la partida que se hace en octubre de 2005. Lo que sí le corresponde a él es la licitación del Administrador Financiero (AFT). Ahí sí que tiene responsabilidad, porque todo el diseño de las bases de licitación se terminó de hacer bajo su ministerio. Pero permaneció un error que venía ya de antes y esa es la parte que Etcheberry no asume.

Entonces sí tiene responsabilidad en que el AFT tampoco operara como debía.

-Siempre pensé que el gobierno debía controlar o por lo menos poner un marco a los bancos dueños del AFT respecto del operador tecnológico, que terminó siendo Sonda. No para imponer, sino para direccionar, quizás estableciendo en las bases de licitación el requisito de la experiencia previa probada en alguna parte del mundo en manejar el enorme volumen de transacciones que implica el Transantiago, que serán alrededor de 15 millones en agosto, cuando la tarifa integrada funcione en régimen.

-Usted se siente padre del Transantiago. ¿Qué siente ante esta guagua mal parida: frustración, rabia?

-Frustración e irritación, porque no son imprevistos. Siempre en estos proyectos tan grandes y complejos uno tiene que prepararse para que haya fallas. Fue lo que le dije el primer día a Etcheberry, cuando yo todavía no asumía el cargo en febrero de 2002. Esto sin duda alguna iba a tener problemas, pero los que ha habido, hasta ahora, no debían haberse producido.

-¿Y es de los que culpa a Hacienda también?

-Imagino que hicieron todos los análisis en torno a una posible postergación. Mi sugerencia en esa época fue que no partiera sino hasta fi nes de 2007 o comienzos de 2008, siempre y cuando estuvieran listos todos los componentes. Hubiera sido mejor no ponerle fecha. Ahora, si todos dicen que están listos, ocurre que el propio ministro termina siendo mal informado por los responsables.
Así que no se le puede echar toda la culpa a Espejo.

{mospagebreak} NI “ISMOS” NI “ISTAS”

¿Existe el bacheletismo?

-Lo que sí tengo claro que ha existido es el laguismo, porque Lagos era una candidatura anunciada desde mucho tiempo, incluso antes del dedo en televisión. Fuera del laguismo, yo no creo que haya existido ni aylwinismo, ni freismo, ni bacheletismo. Ahora, en el proceso de trabajar con esos gobernantes se van creando simpatías y lealtades, como le está sucediendo a Bachelet con la gente que la sigue.

-¿Y usted es bacheletista?

-Desde muy chiquitito en política me defi ní como contrario a las “istas” y a los “ismos”. Si eres “ista” de alguien, terminas enmarcado y respondiendo tanto por los logros como por los errores. En el PS siempre me opuse a gente que se defi nía como “correísta”, me sentía fracasado en lo que estaba tratando de hacer, porque intentaba promover más bien adhesión a principios, no a personas. A veces éstas se equivocan y pueden terminar arrastrando a mucha gente. Así que yo, por defi nición y doctrina, quiero tener libertad de pensamiento y de acción.

-¿Ricardo Lagos o José Miguel Insulza?

-Es muy temprano para definir eso. Ni uno ni lo otro.

-¿Pero qué se puede necesitar después de Bachelet?

-Se va a necesitar un gran candidato de la Concertación, sobre todo porque la derecha se va a jugar con todo para ganar las próximas elecciones, apostando al debilitamiento de la coalición, a que sigamos con problemas y yo voy a estar disponible para jugármela por cualquiera.

¿Le parecería apropiado que Lagos se repostulara?

-Es prematuro y creo que es una falta de respeto a la presidenta estar elucubrando ahora sobre candidaturas. La política es muy dinámica: quién habría pensado en el primer año del gobierno de Lagos que Bachelet iba a ser la candidata. Lo mismo pasó con Soledad Alvear, nunca nadie la había visto como opción y de repente un conjunto de circunstancias la levantaron como candidata. Nadie sabe si de aquí a un año o dos surgen personajes, mujer u hombre, que pelean con los que hoy día están en las encuestas.

-Lagos fue definido como el seguro de vida de la Concertación…

-No, esas son definiciones fuera de foco. ¡Qué seguro de vida! Si la coalición se asegura a sí misma, aquí no hay salvadores de nada. Esas son como visiones un poquito mesiánicas. No, yo creo que la coalición se salva a sí misma con los liderazgos que están constituidos, con las trayectorias que están ahí y, además, se trata de desafíos colectivos, no de personas que llegan y nos salvan a todos.

¿Cree que hoy día la Alianza tiene más posibilidades de llegar al gobierno que las que tuvo el 99?

-Con el impacto social que ha tenido el Transantiago, es posible que esa ventaja que tenemos se vea disminuida y, quizás, sobrepasada, aunque el impacto fi nal no lo tengo muy claro porque el efecto principal de esto ha sido en Santiago, no en regiones. Las encuestas ya están mostrando que el impacto ha sido menor del esperado y muy menor en regiones, donde el gobierno mantiene altos niveles de adhesión. No hay que dramatizar las cosas, falta mucho tiempo.

-O sea, usted no está nervioso.

-No, yo creo que uno siempre tiene que mantenerse nervioso, en el sentido que hay que autoexigirse, empeñarse mucho más, no dar las cosas por garantizadas nunca. No soy de los que piensan que tenemos que seguir en el gobierno por seguir, nosotros tenemos la obligación moral y política de renovarnos como coalición en nuestras formas de hacer política y con eso re-concursar ante el país, no por el solo hecho de ser mayoría. Las mayorías hay que cultivarlas.