La edición de Ravelstein, la última obra maestra de Saul Bellow, era tan necesaria como urgente.
POR MARCELO SOTO

  • 15 junio, 2007

La edición de Ravelstein, la última obra maestra de Saul Bellow, era tan necesaria como urgente. Una mirada al origen intelectual de la guerra de Irak.
POR MARCELO SOTO

Existen libros, sobre todo ensayos, donde el autor parece poseído por el demonio de la ininteligibilidad. “Mientras más difícil, mejor”, es la consigna de tales mamotretos. En esos casos las notas a pie de página son un oasis para el lector: allí encuentra refugio en medio del laberinto. Incluso, hay textos en los cuales estos párrafos explicativos –generalmente escritos por el traductor o el editor– son más sabrosos que la reflexión o dato que comentan.

A menudo esta tendencia a explicar algo que no está implícito puede ser contraproducente, pero en ciertas ocasiones funciona. En Chile, sin ir más lejos, Germán Marín ha hecho de la nota a pie de página una herramienta literaria de insospechados alcances, casi siempre irónicos. Y si estiramos un poco la cuerda, una novela como Rayuela, de Cortázar, puede leerse como una improvisada sucesión de notas a pie de página. Como el jazz. Todo lo anterior es una manera de entrar en la lectura de Ravelstein, un libro que se arma como esos apuntes ligeros puestos al final de un capítulo o debajo de un texto, antecedidos por un número o un asterisco, para iluminar una frase o darle un sentido al conjunto. La novela de Saul Bellow empieza y termina con notas a pie de página, que se confunden y enredan hasta formar la propia novela. ¿Dónde empieza el comentario y dónde el relato? La respuesta, si existe, se encuentra en esta biografía falsa sobre un intelectual de derecha, un maestro de generaciones de neoconservadores. Bellow (1915-2005), que compite con Philip Roth el título de mejor escritor americano de la segunda mitad del siglo pasado, hace en esta novela breve un gigantesco retrato, a la manera de Samuel Johnson, de un personaje inspirado en Allan Bloom, el padre espiritual de gente como Paul Wolfowitz, tipos brillantes que llevaron a Estados Unidos a uno de los peores desastres actuales, como la guerra de Irak.

Ravelstein es lo más parecido a un genio, pero lo que conmueve de él es su fragilidad. Homosexual, adicto al lujo, promiscuo y débil ante el halago, este filósofo-político-profesor provoca un hechizo en sus discípulos, entre ellos el narrador del libro, alter ego de Bellow, a quien Ravelstein, ya enfermo de sida, pide que escriba su biografía.

El intelectual y su alumno son seres altisonantes, opuestos, y –sin embargo– los une algo incorruptible. En este aspecto, Bellow entrega una novela sobre la amistad de una exquisita profundidad. El narrador se ve forzado a lanzarse a la vida gracias a su maestro desahuciado: “A veces necesito ir en metro a la hora punta o meterme en un cine atiborrado de gente: a eso le llamo yo un baño de humanidad. Como la res que necesita lamer la sal, también yo a veces anhelo el contacto físico”, escribe.

Por contraste, el profesor es tan reaccionario como encantador. Un patriota en el mejor y en el peor sentido del término: “Por un sinnúmero de razones, Ravelstein simpatizaba con los soldados. Hablaba con gran emoción del piloto americano que había sido derribado en Vietnam del Norte y que se lesionó y sufrió heridas en la cara. Se fracturó deliberadamente la nariz contra la pared de su celda. Lo hizo cuando le comunicaron que tendría que aparecer en la televisión de Ho Chi Minh junto a otros prisioneros y denunciar el imperialismo americano”, dice el autor.

Hasta hace poco esta novela, probablemente la última obra maestra de Bellow, era casi imposible de encontrar en español. Ahora llega en una versión de bolsillo, justo cuando los temas que aborda cobran una inesperada actualidad. Todo aquel que quiera entender el origen de la guerra en Irak y el abismo al que parece estar expuesta una generación de talentosos analistas, debería leer este libro.

Hermosa e incomparable alegoría sobre la fraternidad y las cosas buenas de la vida, la novela de Bellow contiene una enorme frase final que resume la rabia que experimentamos cuando muere alguien a quien quisimos. Esa frase queda guardada para sus lectores.