¿Qué fue del autor de El loro de Flaubert? Hace 22 años que escribió esa novela y todavía se lo recuerdan. Su nuevo libro, El perfeccionista en la cocina, no cambia las cosas. Por Marcelo Soto   Se suele decir que las distancias cortas se ganan en la partida. Es decir, no sacas nada con […]

  • 23 marzo, 2007

¿Qué fue del autor de El loro de Flaubert? Hace 22 años que escribió esa novela y todavía se lo recuerdan. Su nuevo libro, El perfeccionista en la cocina, no cambia las cosas.
Por Marcelo Soto

 

Se suele decir que las distancias cortas se ganan en la partida. Es decir, no sacas nada con tener un final brillante si empezaste mal, estés corriendo los 100 metros o nadando 50 estilo libre. Lo mismo con los libros. Que un novelón empiece de modo dubitativo no importa tanto porque hay tiempo para mejorar, en cambio un texto como El perfeccionista en la cocina, de Julian Barnes, de 131 páginas, debe ganar desde el principio.

Y Barnes, no obstante en los últimos capítulos recupera terreno, comienza mal. No convence. Quizá sea un problema de la traducción. Empezando por el título, que debería ser, según la inexperta opinión de este cronista, El pedante en la cocina (el original es The pedant in the kitchen). En otra parte el autor dice “Sé seguro que…”. Nunca había escuchado tal expresión. Pero los traductores de Anagrama hace tiempo que hacen malabares con la lengua. Y, bueno, uno ya casi se acostumbra.

¿Puede ser la cocina un arte? Esa es la pregunta que podría haber intentado contestar Barnes, pero nunca se decide a hacerlo. Yo creo que no. Y lo dice un cocinero aficionado que ama cocinar. Es imposible comparar un solo de clarinete de Mozart o la secuencia final de Los 400 golpes con el mejor de los banquetes. Son cosas distintas, por mucho que los chef de la TV digan que lo suyo es creación pura.

Por supuesto, los amigos del arte conceptual sostienen que el arte es lo que la sociedad define como arte. Y así todo resuelto. Cambien arte por Dios o destino o crimen o moral y se acaban los problemas. Demasiado simple. No recuerdo quién dijo que cualquiera puede tener una buena idea, pero crear una obra única es muchísimo más difícil.

En El perfeccionista en la cocina, el autor inglés –nacido en 1946– revisa su historia como aprendiz en el mundo de las ollas y sartenes y reconoce que comenzó tarde en la tarea, pues para él era un asunto de mujeres. Quizá por lo mismo sea tan evidentemente torpe para cocinar: es incapaz de hacer un plato sin seguir una receta al pie de la letra. Está bien, lo reconozco, yo he leído un montón de libros de cocina, pero de ahí a llamar al autor de Las 20 claves del risotto a las tres de la mañana para saber qué quiere decir una cebolla mediana hay un paso grande.

Barnes, más que perfeccionista, es un exhibicionista, alguien que cocina para impresionar, para mostrarse. Otra vez, lo reconozco: también yo cocino para que mis amigos digan que la comida está fantástica. Sin embargo me siento mucho más cerca de aquella frase de Joseph Conrad que dice que hay algo “moral” en la buena mesa, pues “fomenta la serenidad del ánimo, la galanura del pensamiento y esa visión indulgente de los defectos del prójimo que es la única forma de genuino optimismo”.

Puede que sea grandilocuente y suene ridículo pero el frívolo Barnes cita a Conrad al final de su libro. Incluso el antepenúltimo capítulo es una pequeña joya. Se llama “No es una cena” y deberían leerlo todos los que cocinan e invitan a sus amigos para la ocasión. Estos últimos aprontes, sin embargo, no alcanzan a dejar un sabor del todo agradable. Pese a que deja gusto a guiso fallido, es un libro que leerán con interés los aprendices de chef, al menos para estar en desacuerdo con sus postulados.

Desde hace 22 años, cada vez que se habla de Julian Barnes, se menciona su excelente libro El loro de Flaubert. Y quizá sea esa la mejor forma de descubrir a un escritor desgastado: cuando te recuerdan por un libro escrito hace dos décadas. Debe doler.