• 21 septiembre, 2010


Muchos golpeadores, en el sentido amplio de la palabra, han sido golpeados a su vez en algún momento de sus vidas.


El bullying pareciera ser una práctica más habitual de lo que creemos. Se da en la escuela, en el trabajo, en la propia familia. Se da en la sociedad. Un joven se acaba de suicidar, dicen, agobiado por el trato que le daban en el colegio.

El bullying es un acto de cobardía: una agresión de una o más personas en contra del más débil. Se le golpea y humilla. Muchos jóvenes se avergüenzan de ser objetos de esta mala práctica y no lo revelan, lo que hace difícil dimensionar el problema.

Es un acto de violencia, contrario a la razón y a las sanas normas de convivencia y que, muchas veces, se realiza a vista y paciencia de los mayores, que de cierta forma se hacen cómplices. Quienes lo practican suelen tener una pobre imagen de sí mismos, muchas veces hasta odio, que lo proyectan en los más débiles, en los que no pueden defenderse.

Detrás de los actos de violencia se esconde una historia. Nadie es violento, agresivo o prepotente porque sí. Es tan fuerte el vínculo entre lo que somos y hacemos que agredir al otro es la muestra más patente del propio malestar que se experimenta. En general, quienes abusan de los demás suelen ser personas, niños, jóvenes y adultos faltos de amor, de comprensión y de sentirse parte de un proyecto social. Detrás de cada acto de violencia hay una gran desesperanza en cuanto a la posibilidad de salir de las frustraciones presentes.

Quienes practican el bullying no se sienten ni conformes ni felices consigo mismos, y en el fondo es un acto no sólo de cobardía, sino también de rebeldía. Golpeando al otro, al más débil, con palabras y acciones; en definitiva, golpeo a la sociedad que rechazo.

El gran drama del siglo XXI son la pobreza espiritual de las personas, especialmente de los jóvenes, y un gran sentimiento de soledad. Los jóvenes se sienten solos, faltos de afectos y de oportunidades para sacar adelante una vida con dignidad, que les permita trabajar y formar una familia. Si analizamos este siglo, da la impresión de que se acabaron los grandes relatos políticos que le den sentido a la vida de un joven y lo proyecten hacia un futuro mejor. Pareciera ser que el escepticismo frente a la vida y a un futuro mejor ha anestesiado el valor de la vida propia y la ajena. La violencia se presenta como un escapismo o como la triste manera de decirles a los demás que valgo, que soy alguien, que tengo poder.

Muchos golpeadores, en el sentido amplio de la palabra, han sido golpeados a su vez en algún momento de sus vidas.

Por otro lado, apreciamos un fenómeno nuevo y digno de estudiar: son cada vez más las personas que sienten un gran desprecio por la autoridad, venga de donde venga, lo que hace poco creíbles a quienes la ostentan, ya sea en los ámbitos familiar, educacional, público, social o religioso. Este fenómeno empobrece la democracia. Muchos padres temen a sus propios hijos y muchos profesores temen a sus propios alumnos. Muchas veces la propia autoridad pública se siente amenazada por grupos que, de múltiples formas, ejercen violencia. Hemos visto cómo se ha increpado sin respeto alguno y públicamente a las más altas autoridades del país en actos oficiales.

No olvidemos que en Chile, hace algunos meses, una joven fue felicitada por sus pares cuando le lanzó un jarro de agua a la entonces ministra de Educación. Lo que hasta hace poco era considerado una afrenta pública, hoy para muchos es signo de valentía; incluso, digna de imitar.

El diálogo se ha empobrecido y la fuerza se ha convertido en el método para resolver los conflictos. La toma de la propiedad privada y pública se ha hecho habitual, así como la huelga de hambre como instrumento de presión. El valor de la vida y la dignidad de cada ser humano están cada vez más cuestionados.

Detrás de cada acto de violencia hay una historia que muchas veces proviene de una familia disarmónica, en la que faltan cariño, amor, comprensión y ternura. También es menester reconocer que generan mucha violencia interior las grandes diferencias sociales que aún persisten en nuestro país. Muchos jóvenes están desencantados de una sociedad que no logra generar las instancias que les permitan mirar el futuro con optimismo.

¿Qué hacer? La Iglesia tiene una gran responsabilidad a la hora de dar respuesta a esta pregunta. Y la respuesta es anunciar la verdad acerca del hombre revelada por quien es la Verdad, Jesucristo. Sólo él es capaz de convertir los corazones de piedra en corazones de carne. Y de hacer que el odio y la violencia no sean la última palabra, sino que ésta sea la vida verdadera, que consiste en amarse los unos a los otros como Él nos ha amado.

Dios es el fundamento de una conciencia recta que percibe con claridad que los conflictos, propios de la vida, se resuelven con el diálogo fecundo, con ser capaces de entregar lo mejor de sí y de acoger lo mejor del otro.

También lo es la familia. Ella es la gran educadora en los valores que animan una sociedad, como el respeto por el otro, la auténtica tolerancia y, sobre todo, comprender la vida como un servicio. El mismo Señor nos dijo que vino a servir y no a ser servido.

No sacamos nada con tener más inspectores, más tribunales, más castigos, si no hay un proyecto de país que ayude a que el hombre encuentre verdadero sentido a la vida y que tenga presente la dimensión trascendente de la existencia humana. Para ello, potenciar la presencia de Dios en la educación y en la familia es fundamental.

Creo, y lo digo con todo respeto, que el desarrollo económico sin la consideración del hombre como centro de éste nos puede llevar a tener calles iluminadas y parques hermosos, pero ciudadanos frustrados y carentes de lo único que nos importa y deseamos: amar y ser amados. Esta carencia se traduce, tarde o temprano, en actos de violencia, y a muy temprana edad.