Vista en retrospectiva, la premisa de Breaking Bad, todavía da escalofríos por lo alocada, sicótica y terminal: en el día de su cumpleaños número 50, Walter White, profesor de química y dedicado padre de familia, descubre que tiene cáncer pulmonar en fase 3, que no tiene cómo financiar un tratamiento y que el frágil estado […]

  • 22 agosto, 2013

Breaking Bad

Vista en retrospectiva, la premisa de Breaking Bad, todavía da escalofríos por lo alocada, sicótica y terminal: en el día de su cumpleaños número 50, Walter White, profesor de química y dedicado padre de familia, descubre que tiene cáncer pulmonar en fase 3, que no tiene cómo financiar un tratamiento y que el frágil estado de cosas al que llamaba vida –su hogar, su esposa, su hijo y otro que viene en camino– está a punto de irse al diablo. Desesperado, discurre un plan insólito: usando sus conocimientos, cocinará metanfetamina de alta pureza, la venderá al mejor postor y saldrá de sus aprietos. Santo remedio.

Quienes hayan seguido las adictivas correrías de nuestro antihéroe (encarnado de manera inolvidable por Bryan Cranston) a través del desértico Nuevo México, saben que en este caso el remedio fue peor que la enfermedad. Contra toda esperanza el negocio fue un éxito –el quijotesco profesor ha ganado más millones de los que puede gastar–, pero esta ruta hasta el tope despertó en él algo más que el mero instinto de conservación. Bañado en la sangre de los que no sobrevivieron a esta carnicería de tráfico, ambición, traiciones y revanchas, Walter White ha emergido cual monstruo resiliente, irreconocible ante los ojos de quienes lo conocieron como el apocado profesor que se ocultaba en la multitud.

Su progresiva transformación en macho alfa, siempre en busca de una presa más grande –tal como Tony en Los Soprano; Don Draper en Mad Men y el mafioso Nucky Thompson en Boardwalk Empire– es lo que ha alimentado las ideas más fecundas de la serie, pero al mismo tiempo ha convertido su complejo retrato de trizada masculinidad en una virtual historia de horror; una que rebasa los límites de su drama personal y de su hogar, para adquirir los rasgos de plaga social.

Tiene la excusa perfecta: sus horas están contadas. Sabe que puede morir y, presa de esa ansiedad, simplemente se lanza con todo; a los cincuenta y puesto contra la pared se “pasa a los malos” –break bad, en inglés–, y se dispone a exprimir la vida al máximo; recluta a Jesse, alumno problema que se convierte en desquiciado secuaz, y a fuerza de pura desesperación, primero, y creciente ambición, después, va aplastando todo lo que se le pone enfrente: los mafiosos locales, que lo consideraban un payaso; a las autoridades de su escuela, donde era un don nadie; el cartel mexicano, que pone precio a su cabeza; Gus Fring, el zar de la droga local… Ni él mismo se libra de esta persistente necesidad de “limpiarlo todo”; muy luego en el camino adopta para sus fechorías un alias que se convierte, convenientemente, en el señor Hyde de su inestable perfil de doctor Jeckyll: Heisenberg. Calvo, lentes oscuros, fedora negra sobre el cráneo rapado. Impenetrable, invencible.

El salvaje oeste del Sr. White

Si el espectador siente una extraña familiaridad con la historia, es porque ya la ha visto antes: Mr. White, cuya incontenible furia que se desata de forma animal cada vez que se encuentra acorralado, tiene paralelos con el del joven Vito Corleone, de El Padrino 2, o los patéticos intentos por dominar el mundo, de Tony Montana, en Scarface. La diferencia crucial es que Vince Gilligan –creador de la serie– y su brillante equipo de escritores y cineastas, han puesto a este sociópata no sólo contra un obvio telón de fondo (la mafia y la droga), sino contra uno mucho mayor: no cuesta nada ver en Walter una versión moderna del clásico alfeñique de los anuncios de Charles Atlas, el tipo común y corriente, cuyas frustraciones desembocan en fuerza bruta; la misma que usa para derrotar y humillar a los grandulones abusivos que han convertido al mundo en una balsa en la tormenta, donde todos se aferran con uñas y dientes para no ahogarse.

Vista así, Breaking Bad no sólo es la historia de una gran revancha –del hombre común contra la sociedad que lo aplasta como si fuera una mosca–, sino también el descalabrado intento por hacer valer la propia voluntad al interior de una sociedad que se construyó sobre la base de la autodeterminación, pero que ha visto ese ideal reducirse a cenizas (no es casualidad que la serie haya comenzado a producirse en 2008, cuando la crisis económica en Estados Unidos dejaba a miles en la misma indefensión que al principio aquejaba a Walter). Tampoco lo es que las aventuras criminales de los protagonistas –que dejan a sus espectadores al borde, rogando porque no los atrapen– funcionen como una distorsionada versión de los dúos de forajidos asociados a las leyendas del viejo oeste: a salvo esta vez, listos para arriesgar el pellejo en la siguiente. Butch Cassidy y Sundance, Pat Garret y Billy The Kid, Walter White y Jesse Pinkman, cabalgando hacia el siguiente episodio, sin mirar atrás.

Es precisamente el escenario de western y frontera –que impregna hasta el tuétano cada capítulo de la serie– el que da pie a las conexiones más alucinadas; partiendo por el retrato que hace de Albuquerque, la semidesértica ciudad donde transcurre gran parte de la acción y cuyos barrios, casas y comercios son retratados con tan abstracta precisión que en ocasiones uno parece estar mirando una ciudad “piloto”, habitada por fantasmas y construida en un páramo, lista para ser borrada del mapa por la tormenta. Y, sin embargo, pese a esta fragilidad, me cuesta pensar en una ficción contemporánea que haya indagado como Breaking Bad lo ha hecho en los lugares que sus personajes circulan o escapan. El brillante teaser de la quinta temporada (que usaba el texto del poema Ozymandias, de Percy Bysshe Shelley) demostraba hasta qué punto el espacio puede influir sobre sus personajes: una van abandonada en el desierto, un restaurante de comida rápida, un negocio de lavandería industrial, un lavado de autos, una plaza sin árboles, galpones, esquinas, el subterráneo de una casa, los ventanales de otra… Escenarios vacíos que vuelven a la vida impulsados por la mirada de un espectador listo para habitarlos otra vez, listos para lo que parece el duelo de Walt contra el último sujeto que sigue en pie: su cuñado Hank Schrader, agente de la brigada antidrogas, machista innato, líder natural de una brigada que ha seguido la pista de Walt/Heisenberg desde el comienzo mismo, sin darse cuenta que lo tiene bajo sus mismas narices.

La serie ha administrado con maestría el intenso resentimiento de Walt para con el sujeto que a diario lo opacaba en su vida familiar. Le ha ido quitando certeza, honor, salud y hombría, en la medida que él iba ganando ambición y poder. Como en los viejos western de Gary Cooper y Randolph Scott, esos dos han girado demasiado tiempo en torno al otro como para evitar el duelo final.

El inicio de esta quinta temporada, con Walt y Hank mirándose frente a frente, sin velos de por medio, ha bastado para que algunos imaginen una conclusión bombástica y desgarrada; pero, quizás sea conveniente que moderen un poco su entusiasmo. No hay que olvidar que, desde el principio, Breaking Bad también ha sido una cacería angulosa recursiva: no es el cuento del gato atrapando al ratón. Como han advertido algunos suspicaces, más bien es el del Coyote en pos del Correcaminos. Condenados a repetir un ritual sin fin en medio de la nada. •••