El reputado Cato Institute se está tomando parte de la agenda presidencial en EEUU. Y lo hace porque la disputa por el control de su propiedad podría tener alcances impensados. Dentro y fuera del think tank hay quienes creen que, según cómo progrese el asunto, el centro se podría convertir en un instrumento de difusión de la oposición, poniendo en riesgo su credibilidad de promotor no partidista del liberalismo.

  • 14 marzo, 2012

El reputado Cato Institute se está tomando parte de la agenda presidencial en EEUU. Y lo hace porque la disputa por el control de su propiedad podría tener alcances impensados. Dentro y fuera del think tank hay quienes creen que, según cómo progrese el asunto, el centro se podría convertir en un instrumento de difusión de la oposición, poniendo en riesgo su credibilidad de promotor no partidista del liberalismo. Por Isabel Ramos Jeldres.

Las aguas revueltas del ambiente preelectoral en Estados Unidos han salpicado a un actor inesperado: el Cato Institute, un think tank liberal que se ha posicionado como uno de los más influyentes y creíbles del país, está en medio de una polémica que amaga su sello de organización no partidista.

Se trata de una contienda que ha causado revuelo en Washington y que enfrenta a uno de los socios fundadores con la administración del instituto. Y la expectación no tiene que ver con dividendos económicos, sino con el peso que tienen sus actores y el poder e influencia que obtendría quien gane esta batalla judicial.

La historia es más o menos así: los hermanos Charles y David Koch, socios fundadores del Cato, decidieron el pasado 29 de febrero demandar al instituto en la corte federal de Kansas (donde el centro tiene una oficina), ya que tras la muerte en octubre de William Niskanen, otro los socios fundadores, aspiran a elevar su peso en la entidad.

Y los Koch, claro está, no se andan con chicas. Los hermanos encabezan el conglomerado Koch Industries, tienen una fortuna conjunta que asciende a 50 mil millones de dólares y comparten el puesto doce en la lista de multimillonarios de Forbes.

El revuelo político se relaciona con que la característica más reconocida de estos hermanos es que son activos benefactores del Partido Republicano, de modo que no pocos creen que, si la acción judicial prospera, no sólo obtendrán el control mayoritario del centro, sino que harán sentir sus puntos de vista. En el instituto hay quienes creen que los Koch podrían aprovechar esta instancia para convertir al Cato es un instrumento para apoyar las aspiraciones presidenciales de la oposición, lo que pondría en riesgo la independencia que ha caracterizado a la organización.

Para entender de qué trata la disputa, primero es necesario explicar la estructura organizacional del instituto. El Cato se rige por un grupo de cuatro socios. Charles y David Koch poseen dos de los cuatro puestos y, a través de la demanda, buscan quedarse con un tercer puesto, que está vacante desde hace cinco meses.

De acuerdo con los demandantes, la viuda de Niskanen, Kathryn Washburn, no puede heredar la participación de 25% de su esposo en la fundación, sino que debe ofrecerla al instituto. Si éste decide no comprar, la participación debe ser ofrecida al resto de los socios fundadores. Los hermanos apelan a acuerdos adoptados por los propietarios en 1977 y 1985. Sin embargo, tanto el cofundador y actual director del instituto, Edward Crane, como Washburn niegan que sea obligatorio ceder la participación que estaba en manos del socio fallecido, ya que los acuerdos se refieren al escenario en que uno de los socios quisiera deshacerse de su participación, y no hace referencia específica a la muerte de uno de ellos. La estructura del instituto se completa con un directorio de 16 miembros, que son designados por los socios fundadores, y donde ya participan personas cercanas a los Koch.

El ganador se lleva todo
Quienes se oponen a los hermanos Koch han sostenido que temen que éstos usen su influencia en el directorio de modo de guiar las acciones del instituto hacia un apoyo explícito a las aspiraciones republicanas. Eso, dicen, sería particularmente delicado en un año de elecciones presidenciales, especialmente cuando las encuestas apuntan a que el presidente Barack Obama y el Partido Demócrata no están precisamente en una posición de debilidad frente a los precandidatos de la oposición.

“Las acciones de Koch en la corte de Kansas representan un esfuerzo por transformar a Cato de una institución de investigación independiente, no partidista, a una entidad política que pueda apoyar a su agenda partidista”, aseguró Crane en un comunicado. “Vemos las acciones de Koch como una toma de control hostil, y pretendemos combatirla vehementemente para continuar como una organización de investigación independiente”, acotó.

Por su parte, el presidente del directorio, Robert Levy, afirmó en una entrevista que el objetivo de los Koch es que el instituto provea su marca y sus expertos para ayudar a los grupos de apoyo que ellos financian. Uno de éstos sería Americans for Prosperity (Estadounidenses por la prosperidad), un grupo que jugó un rol relevante en el triunfo de los republicanos en las elecciones parlamentarias de 2010 –lo que les permitió recuperar el control de la Cámara de Representantes–, y que ahora se prepara para la cita presidencial de noviembre.

Charles Koch se ha defendido asegurando que no tiene intenciones de tomar control del centro de estudios. “Apoyamos al Cato y a su trabajo”, dijo a través de un comunicado. “No estamos actuando en forma partidista, no buscamos una ‘toma de control’, y esta no es una acción hostil (…) Todo lo que buscamos es que se respete el acuerdo de los propietarios, que fue aceptado por cada uno de ellos”, agregó.

Sin embargo, Levy detalló que en una reunión los hermanos le expresaron su intención de transformar al Cato en un órgano partidista, que los ayude a derrotar al presidente Obama y a los demócratas. Según Levy, los Koch lo harían seleccionando los temas de investigación del instituto y el momento en que se realizan y difunden los estudios, lo que pondría en riesgo la credibilidad del centro.

 Los hermanos Charles y David Koch, con un 50% de participación en el instituto, quieren quedarse con el 25% que  William Niskanen dejó tras su muerte.

Paladín del liberalismo
El Cato Institute fue fundado en 1974 como The Charles Koch Foundation. Su nombre cambió en 1976 en honor a las cartas de Cato, una serie de ensayos que fueron publicados en Inglaterra en el siglo 18 y que abogaban por una sociedad libre de un poder gubernamental excesivo.

El centro ha puesto su foco en el liberalismo, asumiendo como lema “libertades individuales, mercados libres y paz”, por lo que generalmente es asociado con los conservadores (y, por tanto, los republicanos) en temas económicos, como la disminución de los impuestos y la desregulación financiera. Sin embargo, también ha defendido asuntos ligados a las políticas liberales en lo moral y político, como el matrimonio entre personas del mismo sexo y programas de trabajo para los inmigrantes, al tiempo que se ha mostrado en contra del uso agresivo de la intervención militar en el extranjero y a favor de la legalización de las drogas.

Uno de los chilenos que conocen de cerca el funcionamiento del instituto es Luis Felipe San Martín, el actual director nacional del Instituto Nacional de la Juventud (Injuv). Luego de estudiar ingeniería civil industrial en la Universidad de Chile, San Martín viajó a Washington a realizar una pasantía en el Cato, donde trabajó en temas de educación y seguridad social. “Siempre ha sido una institución muy independiente, que defiende las libertades individuales en todo sentido, tanto en lo que se refiere a lo económico como en lo moral”, afirma.

San Martín lo define como un think tank influyente, que participa activamente en la discusión de las políticas públicas y que es capaz de convocar a exponentes destacados. Mientras él estuvo en Washington, presenció conferencias del premio Nobel de Economía Edward Prescott y de Álvaro Vargas Llosa.

San Martín cuenta que parte de la pasantía era visitar las oficinas de cada uno de los legisladores estadounidenses, en forma transversal, para entregarles copias de las publicaciones del Cato, “en las que se explicaban y proponían políticas públicas en todos los ámbitos”. Asimismo, sus expertos actúan como panelistas en diversos programas de radio y televisión, y sus publicaciones se encuentran entre las más citadas del país. A través de estas acciones, la organización busca expandir su influencia en toda la sociedad, y no sólo en un partido político.

La postura transversal del Cato se contrapone con el discurso reconocidamente partidista de los Koch. Los hermanos lograron su fortuna transformando una refinería que heredaron de su padre en la segunda compañía listada en bolsa más grande de EEUU, con más de 100 mil millones de dólares en ventas. Su conglomerado, Koch Industries, tiene inversiones en refinerías, fertilizantes, fibras y polímeros, productos de consumo y tecnología química.

Los hermanos han usado su poder económico para extender importantes donaciones a la oposición. Según un informe de Huffington Post, los Koch han donado 100 millones de dólares a la campaña presidencial republicana, lo que fue negado por ellos.

Sus actividades políticas los han convertido en blanco de la crítica de grupos progresistas y, según sus propias palabras, tanto ellos como sus empleados han recibido amenazas de muerte y mensajes obscenos. Ayudaron a crear Americans for Prosperity, tienen vínculos con Reason Foundation, y el grupo medioambientalista Greenpeace se ha referido a otro de los centros de investigación que ellos apoyan, el Mercatus Center, de la Universidad George Mason, como el “grupo que encabeza” la lucha de quienes niegan el cambio climático.

En el caso del Cato, los hermanos han donado cerca de 30 millones de dólares desde su creación, pero ese monto fue otorgado en su mayor parte en los primeros años. En 2011, los hermanos no realizaron ninguna contribución.

Posición vulnerable
El activismo manifiesto de los Koch hace crecer la preocupación por el poder que podrían obtener en el centro. Donantes importantes han amenazado con no realizar contribuciones hasta que se entregue certeza de que los hermanos no tendrán el control. A diferencia de otras instituciones de investigación sin fines de lucro, el Cato no recibe fondos gubernamentales, sino que depende de las donaciones y de la venta de publicaciones. El año pasado, su presupuesto se ubicó cerca de los 23 millones de dólares, y un 80% de este monto provino de individuos.

Asimismo, ya hay funcionarios que han amenazado con renunciar. “No tengo apuro en dejar un trabajo que disfruto mucho, así es que estoy contento de que esto probablemente demore un tiempo en resolverse”, escribió en su blog el investigador del Cato Julián Sánchez. “Pero ya que soy relativamente joven, y no cargo con el peso de la responsabilidad de una hipoteca o hijos, creo que puedo decir abiertamente que si los Koch ganan esto, lo haré… Sospecho que no sería el único que busque la puerta bajo la administración que parecen estar imaginando, y mi esperanza es que decir esto públicamente ahora aliente a alguien en el imperio Koch a reconsiderar si pueden ganar este premio particular sin dañarlo”, aseguró.

Otro de los chilenos íntimamente ligado al centro es el abogado Áxel Kaiser, quien ganó en 2008 el primer concurso de ensayos sobre política y economía Voces de la libertad, organizado por el Cato y abierto a todos los países de habla hispana. Kaiser, quien actualmente es columnista de elcato.org, observa con preocupación la marcha de la acción judicial, y advierte que esta disputa pone en peligro la esencia de lo que identifica al centro de investigación. “La defensa del Cato es de ideas y principios y no de personas o intereses”, afirma.

Sus expertos, asegura, son especialistas altamente calificados, independientes de intereses políticos y económicos, y comprometidos con la causa de la libertad. “La gran reputación que ha ganado el Cato en Estados Unidos se debe a su coherencia en la defensa de los principios e ideas de la sociedad abierta. Esto se ha logrado gracias a su independencia política y económica, que es uno de los valores centrales de la institución”, agrega el también columnista de Diario Financiero.

Por eso, alerta, “si esto se perdiera, producto de la disputa actual sería un golpe muy dañino a la institución y sin duda traería otros problemas. Si el Cato deja de ser políticamente independiente, deja de ser el Cato”.

Kaiser no es el único en manifestar su preocupación. Reconocidos columnistas estadounidenses han usado sus blog para expresar su desconcierto. El columnista de Bloomberg Ezra Klein escribió: “Cato es una organización que puede tener un impacto más que marginal en las elecciones. Puede tener un impacto significativo en la política y gobernabilidad. Ese es un nivel de influencia que ni siquiera los Koch pueden comprar. Cuando dos de los donantes más influyentes de la derecha no reconocen eso, ello debería alegrar inmensamente a los liberales”.