Un viaje en el tiempo. Eso fue para el profesor Angel Soto su reciente visita al país andino

  • 10 diciembre, 2008

Un viaje en el tiempo. Eso fue para el profesor Angel Soto su reciente visita al país andino. Durante su periplo pudo constatar el flagelo que es para una nación el desencuentro de su pueblo, un caldo de cultivo en el cual sólo pueden germinar trastornos y la desintegración, heridas que tomará años cicatrizar.

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Qué es lo boliviano? Fue la pregunta reiterativa que hice en mi reciente viaje a Bolivia. Al no ser mi primera visita al país andino, evidentemente pasé de la categoría turista a la de viajero y no sólo recorrí las tiendas de souvenires, los museos y las iglesias de algunas ciudades, sino que anduve en los mercados y las plazas. Disfruté el atardecer y la iluminación de sus calles y monumentos, también desayuné en los carros callejeros con las tradicionales empanadas salteñas y tucumanas bañadas de salsas de maní o aceitunas. Pero, por sobre todo, conversé con la gente de la calle, gente que pese a la situación política de incertidumbre, tensión y enfrentamiento que se vive en el país, igual va trabajar y trata de entretenerse. En una palabra, hice contacto con las personas que viven –o sobreviven, como me dijo más de alguno– en este país.

Para muchos aquí se está viviendo una revolución, algo equivalente a la gestación de la historia, el regreso al momento fundacional. Para otros, acá se está desintegrando un país al cual tomará generaciones reconstruir.

Para mí, este viaje fue la oportunidad de transportarme en el tiempo y trasladarme a una sociedad inserta en medio de consignas que nos recuerdan un pasado no tan lejano, el de los años 50 y 60 del siglo XX.

Apuntes de viaje

En mi anterior visita, en agosto, con motivo del referéndum revocatorio, me quedé con la impresión de lo que decía una pancarta de las juntas vecinales: “La libertad y la democracia han muerto en Bolivia”. Esta vez, y teniendo a la vista el referéndum constitucional del 25 de enero próximo, me identifiqué más con un titular de la revista Cash, publicado a comienzos del 2008 y que casualmente encontré: “Bolivia, entre el mito y la razón”.

¿Cuál es el mito y cuál la razón? El primero es La Paz, la zona del occidente, que nos trae las imágenes tradicionales con las cuales asociamos a Bolivia: el árido paisaje altiplánico, con llamas, “cholas” y mineros protestando en las calles y lanzando sus cartuchos de dinamita en señal de rechazo; todo, con música andina como telón de fondo. Es decir, un lugar donde con su rebelión, ese buen salvaje pasó a ser un buen revolucionario –en palabras de Rangel– porque la modernidad lo sacó de su estado de naturaleza idílica. Parafraseando el artículo que cito más arriba, el altiplano es una sociedad de otro tiempo. Anclada en el mito, contenta con lo arcaico, a la cual lo moderno le espanta, y que desde hace 500 años no logra éxitos. Por el contrario, va de fracaso en fracaso.

¿Dónde está la razón? O mejor dicho, ¿cuál es la modernidad? Esta es representada por la otra Bolivia. Desconocida, sorprendente, interesante: la del oriente que, en medio del clima tropical y cercana al amazonas, levanta una ciudad semi-moderna como Santa Cruz que, al decir de Laura D’Ramos, es lo más cercano que tienen a la modernidad. Una región que vibra con su carnaval, pero que tiene un modelo de desarrollo capitalista, liberal, emprendedor, con fuerza en la agricultura y en los servicios, y que transmite un cierto espíritu pujante, de esfuerzo, de tolerancia y acogida al afuerino, distinto al que se siente en el occidente, más excluyente, redistributivo e igualitarista.

Santa Cruz, es una ciudad que impresiona. En los últimos diez años ha tenido un desempeño económico comparable a los países del sudeste asiático, con una tasa de crecimiento de su PIB del 7% anual. Su desarrollo humano es el más alto de Bolivia y el número de analfabetos, mortalidad y pobreza es de los más bajos. Eso explica altos flujos de inmigración interna que han llegado a esa ciudad en busca de oportunidades y que aportan a su desarrollo, permitiéndole aumentar su población de 50 mil habitantes en 1950 a 1,5 millones aproximadamente, en el presente. Estos cruceños “por adopción” son precisamente quienes con más fuerza enfatizan la autonomía y la defensa de los principios que los inspiran: la sociedad libre, tan libre que para ellos el cruceño no es el que vive o nació en Santa Cruz, sino que aquel que defiende estos principios. Ciertamente, una forma distinta de definir una identidad.

 

 

 

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Por tanto, es evidente que lo que ocurre en Bolivia, más que una confrontación político-económica, es un enfrentamiento entre la modernidad y el mito, pero también la prueba más palpable de cómo una forma de vida lleva al éxito y la otra al fracaso.

Entre el lamento y el abismo

Más que un “lamento boliviano”, me encuentro con un país que está al borde del precipicio. Algunos dirán que “Bolivia siempre ha vivido al borde del abismo, pero cuando está a punto de caer da un paso atrás y se salva, para luego regresar”. Quizás ese sea el relato de su propia historia. Una lucha que no es de ahora, sino que viene de siempre y que para algunos –como la historiadora Paula Peña, que compara el momento actual al proceso de independencia– comenzó el mismo 1826 con la Asamblea Constituyente.

El problema de fondo es que ese eterno retorno le impide salir del estancamiento y más bien sigue condenando al país a una permanente refundación cuya constante es la mantención de la pobreza. Al menos eso será lo que conseguirá Evo Morales quien, con la nueva constitución, más que dar forma y entregar las instituciones destinadas a desarrollar un Estado moderno, parece querer recrear el Tahuantinsuyo incaico, pero en el siglo XXI. Su visión es una mirada aimara que nada tiene que ver con nuestro concepto de la democracia liberal occidental y en cuyo texto, el preámbulo contiene un discurso mítico de idealización del pasado, pero también de exclusión y superioridad respecto del otro, del que piensa distinto a Morales, quien se siente “el ombligo del mundo” y para quien lo político está por sobre lo legal, y “si es ilegal, hay que legalizarlo, pues para eso han estudiado”, tal como sentenció el propio presidente.

Hay unanimidad entre quienes se oponen al proyecto constitucional del MAS en cuanto a que éste puede ser el inicio del caos; en especial, si quienes desean cambiar el marco jurídico presente no se dan cuenta de que todos los bolivianos debieran estar incluidos, pues de otro modo será imposible que funcione.

Lo delicado, es que en Bolivia hoy no reina el acuerdo, sino que la imposición desde el gobierno. Cualquier intento de construcción de consensos pareciera ser difícil de lograr, ya que no hay voluntad de alcanzarlo. ¿Quién cederá? Nadie. El gobierno, si necesita algo que requiera de la oposición, sencillamente rodea el Parlamento y no deja salir a sus congresistas hasta tener aprobado lo que desea. Amenazas y recursos populistas propios de un Estado en descomposición. Pero al mismo tiempo –y quizás bastante más complejo– nos encontramos con las recriminaciones mutuas al interior de los mismos bandos, tanto gobiernista como opositor, y que especialmente en este último impiden una oposición consistente y viable. ¿Cuál es la alternativa a Evo?

 

 

¿Qué es lo boliviano?

Oscar Cortés –un destacado y conocido profesor universitario– me describe a los bolivianos de la siguiente forma: los pandinos son personas “alegres y llenas de esperanza”. La gente beniana se caracteriza por su “optimismo y fe”. El cruceño tiene “vocación de trabajo y producción”. La orureña es “sacrificada y con mística”. La potosina tiene “historia y riqueza”. El cochabambino, “fuerza y decisión”. La tarijeña, “futuro y determinación”. La paceña “optimismo de nación”; y la chuquisaqueña “dignidad, rebeldía, convicción, autonomía y liderazgo”. Además hay guaraníes, quechuas, aimaras, y, sobre todo, mestizos. Son unas 36 naciones y 26 lenguas, a las que agrego –ya que me lo dijeron– cinco cuecas (paceña, cochabambina, tarijeña, chuquisaqueña o chaqueña) y siete tipos de charango, “no sólo uno, como los chilenos”.

Regreso a la pregunta inicial: ¿qué es lo boliviano? Para algunos es “ser anti-chileno”. Consiste en reivindicar el derecho al mar y lamentarse de su atraso por la mediterraneidad (sobre todo en el occidente). Al menos así me lo dijeron varios de los entrevistados y me lo hicieron ver cuando me llevaron a conocer el Museo del Litoral Boliviano en La Paz y pedirme que me fotografiara junto a los monumentos al coronel Eduardo Avaroa, héroe boliviano de la Guerra del Pacífico, que están tanto en La Paz como en el Lago Titicaca.

Hay quienes creen que lo boliviano viene de un sentimiento producto de haber nacido en el país, con una historia “común”. Sin embargo, al final de esta andanza boliviana más bien tiendo a pensar que lo que les caracteriza es ser una unidad diversa, multicultural en donde sólo hay un consenso que los une: vibrar con los partidos de la selección nacional de fútbol (definido así por ellos mismos). ¿Es que quizás el gran fracaso del Estado boliviano fue no ser capaz de crear la Nación boliviana?

La Paz y Santa Cruz

Ambas ciudades son el mito y la modernidad, son el occidente y el oriente que se enfrentan y no se encuentran. Creo que, al menos por ahora, no pueden ni quieren hacerlo. Sin embargo, ambas encantan, cautivan.

La primera tiene lo mágico del desorden, el caos, los contrastes. Los aromas del mercado, las pócimas para el amor de la calle de las brujas, la venganza, el dinero o lo que usted necesite. El viajero a La Paz deberá beber el té de coca permanentemente y tomar las famosas pastillas “Sorojchi Pills” para evitar el soroche por la altura, siendo libre para cumplir las recomendaciones básicas de rigor: “caminar despacito, comer poquito y dormir solito” que le darán al llegar, mientras que con envidia mirará como en El Alto la gente sale a trotar.

Santa Cruz es distinta. Más ordenada y con una arquitectura colonial que se mezcla con edificios modernos, posee portales y tejas que buscan proteger del calor tropical pero que mantienen un aire de antaño, conviviendo en lo mejor de dos mundos. Desde el boulevard que sorprende con las limusinas hasta el paseo por el mercado de las Siete Calles y la policía mirando el catálogo de los DVD pirateados.

¿Qué es Bolivia? Sólo se puede describir si se siente, se vive y se conoce.

El autor es profesor de la Universidad de los Andes. Director Instituto Democracia y Mercado