Los sinsabores del verdadero policía es una novela central en el universo del escritor chileno y entrega muchas pistas y claves para entender su narrativa. Por Marcelo Soto

 

  • 24 marzo, 2011

 

Los sinsabores del verdadero policía es una novela central en el universo del escritor chileno y entrega muchas pistas y claves para entender su narrativa. Por Marcelo Soto

 

"Hay escritores muertos que publican más que los vivos”, comenta con algo de malicia una editora de larga trayectoria a propósito del libro Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño, otro de los tantos títulos póstumos del escritor chileno.

Siempre hay sospechas cuando muere un autor y rápidamente empiezan a escarbarse sus archivos, en busca de papeles, obras a medio terminar, retazos de cuentos, ideas de novelas, cualquier cosa publicable… lo que sea, con tal de acrecentar el legado. Pero en este caso los temores no se justifican.

Los sinsabores… es una novela inacabada, sí, pero eso no impide disfrutarla de principio a fin –un fin que no es tal, porque nunca llega- como se disfrutan los buenos libros: dejándose llevar por la corriente misteriosa de la imaginación ajena, que en cierta forma se hace propia gracias a los dones de la literatura.

En este libro están el mejor Bolaño y el joven Bolaño antes de ser Bolaño. El autor consagrado de 2666 y Los detectives salvajes y el ex poeta que profesa un amor ciego por los perdedores (porque él mismo, en algún momento, lo era). El escritor genial, que escribe como si hubiese inventado la lengua, y el descarriado lector empedernido, que no se recupera de la derrota de su generación.

Si El tercer Reich –su anterior narración póstuma- podía ser una buena novela de un escritor chileno, pero no una gran novela de Bolaño, Los sinsabores… es todo lo que puede añorar o desear un seguidor del autor de Estrella distante. En ciertos pasajes alcanza alturas comparables –sin superarlas- a las de 2666, Llamadas telefónicas y Los detectives salvajes, y con todas esas obras mantiene una relación secreta, subterránea, fluida.

Sin ánimo de exagerar podría afirmarse que en este libro –que comenzó a escribir en los 80; es decir, cuando era un completo desconocido, y que siguió escribiendo a lo largo de los años, llegando a declarar que se trataba de “MI NOVELA… ochocientas mil páginas, un enredo demencial que no hay quien lo entienda”- está la cifra de Bolaño: las conexiones ocultas, las pistas que conducen a obras maestras y los caminos que no se tomaron. Los desvaríos y los aciertos.

La trama invisible El libro se estructura en cinco partes –desechando el prólogo y la nota editorial final; que no aportan mucho, hay que decirlo-, todas, con centros temáticos y protagonistas distintos. De hecho, es difícil decir quién es el verdadero protagonista o a qué policía alude el título. Bolaño dijo: “el policía es el lector, que busca en vano ordenar esta novela endemoniada”, y a esa premisa se remite el prologuista, pero quizá no sea sino otra broma ingeniosa del autor.

Lo cierto es que en el capítulo 13 de la sección quinta aparece con toda propiedad un personaje del que apenas se habla en el resto de la novela. Se llama Gumaro y hace de chofer de un potentado local que maneja los hilos de la comisaría. El mismo Gumaro, sin embargo, es un policía: “el mejor oficio del mundo… –dice- el único donde uno es libre de verdad o sabe fehacientemente, sin el menor asomo de duda, que no lo es”.

Pero la novela, claro, va por otros lados. En pocos escritores como en Bolaño la arquitectura de los relatos se revela tan frágil y a la vez maciza; tan irreal como sólidamente construida y por eso creíble. Todo esto es verdad, todo esto es inventado, es la idea-ilusión que como un karma repite el autor, algo que se observa desde sus primeros libros.

Los sinsabores… está aparentemente centrada en Amalfitano, un gris profesor de literatura chileno, casado con una mujer tan guapa que parece mentira. Ella muere y él queda destruido, a cargo de su hija Rosa (nombre que puede ser un homenaje tanto a Rosa Luxemburgo, la heroína marxista, como una alusión a una novela de J.M.G. Arcimboldi, traducida por Amalfitano). Los dos, desamparados, van de un lugar a otro hasta que recalan en Barcelona. El profesor comienza a saborear cierto éxito académico, pero entonces ocurre algo impensado. Conoce a Padilla, un joven poeta y alumno, y descubre su homosexualidad, latente durante décadas y apagada por un largo matrimonio feliz. Aquí deben estar algunas de las páginas más explícitas de Bolaño. Cuando el affaire entre profesor y alumno llega a los oídos de las autoridades, éstas, sin hacer escándalo, lo invitan a retirarse. Debe renunciar, si quiere mantener algún decoro.

Los sinsabores del verdadero policía. Roberto Bolaño. Anagrama, 323 páginas. Buenos Aires, 2011.

Y entonces viaja a Santa Teresa –la ciudad inventada por Bolaño en el frontera de México con EEUU-, donde le ofrecen un mediocre puesto de profesor en una universidad de la medianía. Allí conoce a Castillo, un falsificador de pinturas de Larry Rivers –famoso artista pop de Nueva York-, con quien inicia una nueva relación, mientras su hija, Rosa, queda a la deriva y termina perdiéndose en la inmensidad mexicana.

Estando en Santa Teresa, Amalfitano vuelve a interesarse en Arcimboldi –el mismo mítico autor que aparece en 2666, pero que aquí no es alemán, sino francés- y entre tanto comienzan a aparecer adolescentes muertas, chicas violadas y dejadas semidesnudas en barriales y sitios eriazos. Es el antecedente de su obra mayor, que se inspira en los crímenes de miles de mujeres en Ciudad Juárez, en los que se mezclan la impunidad de las mafias locales, el machismo y la violencia recalcitrantes coludidos con la policía y algunos ritos satánicos que se han colado en la idiosincrasia delictual.

Los sinsabores… sin ser perfecta es una novela central en el universo de Bolaño y ningún admirador de su obra debería dejar de leerla. Aquí están los rastros del estilo, con sus luces y sombras, que ha hecho del autor chileno un escritor universal. Y como pocas veces, en la página 142, ofrece lo más parecido a un testamento. El narrador explica que Amalfitano les enseñaba a sus alumnos “que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha… que la principal enseñanza de la literatura era la valentía… Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor”. El que habla es Bolaño, quién otro.