Mayo marca la primera década tras la muerte de “The Chairman of the Board”. Sinatra murió hace ya 10 años, excusa suficiente para echar una mirada a una de las leyendas más portentosas del siglo pasado. Por Andrés Valdivia

  • 5 mayo, 2008

Mayo marca la primera década tras la muerte de “The Chairman of the Board”. Sinatra murió hace ya 10 años, excusa suficiente para echar una mirada a una de las leyendas más portentosas del siglo pasado. Por Andrés Valdivia

 

 

Frank Sinatra es una de esas figuras características del siglo XX –globales y omnipresentes– que al momento de los análisis uno no sabe bien dónde comienzan y mucho menos dónde terminan. Es el “american dream” encarnado, el ángel de la guarda y carcelero celoso de la masificación del catálogo de la gran canción norteamericana, el arquetipo de la masculinidad pre-Elvis y la voz de la música pre-confesional. Desde cualquiera de las perspectivas anteriores, Sinatra sorprende notablemente por su capacidad para cruzar por eras turbulentas en el paisaje sónico y por haber llegado vivo a la vejez muy a pesar del estatus de mega estrella, que ha matado a tantos.

Musicalmente “The Voice”, sin haber compuesto canción alguna, tuvo un rol fundamental en la proyección de lo que los gringos llaman “The Great American Songbook”, que no es más que la gran colección de standards de maestros como Cole Porter, Gershwin, Irving Berlin y otros. Pocos hicieron más que Sinatra para exponer esas canciones a grandes audiencias –utilizando magistralmente la radio y la televisión– haciéndolas sonar siempre frescas y de alguna manera contingentes a pesar del paso del tiempo. Estados Unidos le debe eso y mucho más.

Culturalmente, los tentáculos de este hijo de bombero de Hoboken, New Jersey, llegan mucho más lejos que Las Vegas o París. Sinatra funciona como un medio de contraste, que hace aún más palpables los cambios brutales que el mundo entero sufrió en sus 60 años de carrera. Claro, porque Blue Eyes exuda la confianza de la Norteamérica anterior a la segunda guerra mundial, esa de traje perfecto, de citas con chaperón y de una masculinidad inclaudicable, que tanto irritó a los baby boomers una generación después. Frankie cultivaba una promiscuidad nada lasciva y más bien anclada en la elegancia, que habla de un paraje sexual que quedó abolido con la llegada de Elvis “The Pelvis” Presley. Su impronta también contrasta profundamente con la moral confesional impuesta durante los 60 por bestias como Dylan y Lennon. El tipo nunca estuvo en el negocio de interpretar ni expresar su mundo interno, sino que más bien cultivaba una distancia que, lejos de tener que ver con el pudor, tenía que ver con una moral en retirada a la que, imagino, volveremos una y otra vez en busca de inspiración y como referencia para enmendar los errores de nuestro tiempo.