Cuenta Rodrigo Alonso que haber sido hijo único lo marcó ciento por ciento. Y que aunque a falta de hermanos tenía varios juguetes, su mayor entretención era tener cerca unas tijeras, pedazos de cartón, palitos de helado… Materiales simples con los que hacía sus propios aviones, robots, fuertes o lo que pasara por su cabeza […]

  • 29 julio, 2013

Rodrigo Alonso

Cuenta Rodrigo Alonso que haber sido hijo único lo marcó ciento por ciento. Y que aunque a falta de hermanos tenía varios juguetes, su mayor entretención era tener cerca unas tijeras, pedazos de cartón, palitos de helado… Materiales simples con los que hacía sus propios aviones, robots, fuertes o lo que pasara por su cabeza de niño. La mejor parte, recuerda hoy el exitoso diseñador, “era cuando esos juguetes se me rompían, porque tenía que volver a construir otro, pero mejorado”.

Así, sin demasiada conciencia de ello, a los 7 años Rodrigo Alonso ya realizaba planimetrías, maquetas y cuerpos varios con volumen.

Pasó por varios colegios, el último el Instituto Premilitar de Talagante, donde dice que adquirió la disciplina para trabajar y el amor por los deportes. Quiso estudiar Arquitectura, pero no le dio el puntaje. Se preparó un año más para volver a dar la PAA –hoy PSU–, pero por situaciones que sólo el destino es capaz de responder, un tifus lo agarró y no pudo rendir la prueba. ¿Qué hizo? Entró a Diseño Gráfico en Inacap y, en buen chileno, le achuntó. Quedó inmediatamente flechado por la carrera.

Inquieto intelectual y laboralmente, sin haberse titulado entró a hacer la práctica a la agencia de publicidad AMW, –en ese tiempo un brazo de Walter Thompson–, en la que ascendió rápidamente hasta convertirse en director de marca. Pero el joven Alonso no estaba conforme; necesitaba satisfacer una necesidad interna que le hablaba del trabajo en tres dimensiones, de aplicar la volumetría. Como lo hacía con sus juguetes cuando niño.

Decidió dejar todo por un tiempo y partir a Europa buscando entender las claves del diseño industrial, pero de una manera vivencial. Hizo camas en un hotel, lavó copas en un restaurante, e incluso trabajó ayudando a personas a rehabilitarse del alcoholismo en un centro médico en Londres. “Me cuesta explicarlo, pero lo que buscaba no era ir a una universidad a estudiar por qué la helvética tiene cierta figura, sino encontrar en la vida misma la esencia de las cosas. Y lo encontré”, señala.

Volvió a Chile –siempre con una croquera y un lapiz bajo el brazo–, y pasó por varias agencias de publicidad ligadas a grandes marcas internacionales, como Renault, Lucky Strike, Warner Bros y Sony. Mientras, la otra mitad de su cerebro comenzaba a desarrollar packaging y fórmulas ligadas al diseño industrial. Abrió –junto a unas amigas– una tienda de diseño nacional que se llamaba Primate, en Alonso de Córdova, y le dio vida a su propia marca Müsuc, aventurándose en varios hitos del diseño industrial chileno –como lámparas de resina y objetos de materiales reciclados– que hasta ese entonces se trabajaba muy poco.

“Todo lo bueno era italiano, finlandés o alemán, se tomaba poco valor a lo hecho en Chile. Durante tanto tiempo nos dedicamos a copiar, que perdimos identidad. No quiero pasar por pedante, pero cuando fue reconocido mi trabajo afuera, se abrió también un campo para diseñadores más jóvenes dispuestos a trabajar con nuestros valores y dejar a un costado, por ejemplo, esa mirada hippie que se tenía de la artesanía”, comenta.

Mi saco y yo

Selk’Bag (creado en 2007) es uno de los trabajos más reconocidos de Rodrigo Alonso. Un saco de dormir que a simple vista parece traje de astronauta, y que hoy se comercializa en más de 50 países. Es quizás su mayor éxito, pero también su más fuerte dolor de cabeza.

-Estaba sentado hojeando una revista, cuando me quedé pegado en una foto del último lanzamiento de Luis Vuitton. Era un saco de dormir con los monogramas de la marca incrustados en el género. Eso era todo, y lo lanzaban como la última novedad del momento. Un diseño tan banal. Me dio lástima que tanto diseño estuviera solventado en un mundo tan superfluo: “¡Qué fomedad, yo podría diseñar un saco que de verdad tuviera algo novedoso!”, pensé. Agarré una hoja de mi croquera y, se me ocurrió el diseño de saco-cama-pijama. Le puse un par de cierres a las manos para tener la posibilidad de sacar cosas y lo nombré Saco Feliz, que en el futuro pasaría a llamarse Selk’Bag en honor a la cultura Selknam, el pueblo cazador-recolector. Tiempo después, se los mostré a unos amigos y les gustó, entonces decidí patentarlo en Inapi para estar protegido y lo expuse en la Feria Santiago Diseño. Gané el primer premio de la Feria, que era exhibir el prototipo tiempo después en la Feria de Colonia, Alemania. Tuve muy poco tiempo para prepararme porque además, en ese entonces, estaba haciendo un workshop en Alessi. En Colonia armé un diminuto stand, con unas fotos mías dentro del saco, el prototipo y nada más. Fue tal el revuelo, que de regreso a Chile, tenía más de 150 emails con pedidos. Me preocupé porque sólo contaba con el prototipo y ningún apoyo para desarrollar a gran escala. Lo llevé a Lippi, les gustó, y nos asociamos. En dos meses lo estábamos fabricando en China. Durante un tiempo, tuvimos una buena relación comercial, pero después nos vimos envueltos en problemas porque ellos patentaron el saco en Europa, lo que nos llevó a una batalla judicial que ya está zanjada y la marca ahora es sólo mía. Aunque todo quedó resuelto, el saco ha sido por lejos una de mis grandes satisfacciones y a la vez un dolor de cabeza.

Con peleas legales y todo, el saco es una estrella de Hollywood. Ha aparecido en el canal MTV, en los premios Emmy, la película Moon, The Bachelor, The Apprentice y El Show de Ellen DeGeneres, además de en sendas páginas de revistas de la talla de GQ Style, Playboy de Holanda, Egg de Japón, Flaunt y Elle.

Pero su creación no se quedó en Selk’Bag. La carpeta de Alonso suma y suma innovaciones, como una línea de zapatos armables y combinables que vienen dentro de un sobre, o muebles hechos con plástico de desechos de aparatos electrónicos. Lo último se llama Aldeo, una revolucionaria colección de anillos de plástico ABS que nacen de una impresora 3D, esta vez asociado con Loreto Jeria.

“Soy un diseñador ansioso, honesto, que siento que sé muy poco y que además lo paso muy bien mientras hago las cosas. Sigo siendo un cabro chico, como cuando inventaba mis juguetes de cartón, hoy puedo estar hasta las 5 AM haciendo algo. Mientras eso suceda, me siento como un rockstar. No por el hecho de ser famoso, sino porque el rockstar trabaja en lo que le gusta: canta, toca guitarra, lo aplauden y, más encima, le pagan”, cuenta con una sonrisa, antes de dejarnos para volver su cabeza a su rol de creativo y socio de Porta4.•••