Esta semana Carolina Schmidt aterrizó en Chile luego de pasar 23 días en España. Esta es la travesía de la presidenta de la COP.
Por: Josefina Ríos

  • 19 diciembre, 2019

Los participantes fueron citados a las 7:45 de la mañana de ese 2 de diciembre. Todo debía estar preparado para que a las 8:00 AM en punto comenzara la apertura formal de la COP25. En el salón plenario Baker -bautizado con ese nombre por el río que fluye correntoso por la Región de Aysén-, la ministra del Medio Ambiente chilena, Carolina Schmidt, recibió la presidencia de la cumbre ambiental más importante del mundo de manos del polaco Michal Kurtyka, quien ejerció el mandato durante la versión anterior del evento multilateral.

Dos horas después, Schmidt presidía la ceremonia de bienvenida de la versión número 25 de la Conferencia para el Cambio Climático de la ONU, allí figuraban representantes de las delegaciones de los 197 países incumbentes. En la testera, además, la acompañaban el presidente español, Pedro Sánchez, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, y el director del Panel Internacional para el Cambio Climático, Hoesung Lee.

En la oportunidad, la ministra chilena aseguró que “su principal objetivo sería aumentar la ambición climática. Esto se traduce en acciones de mitigación, adaptación y medios de implementación”, agregando luego que: “La crisis climática es el desafío más importante que enfrentamos hoy como humanidad”. Tras esta arenga y los aplausos de rigor, se dio inicio oficial a la presidencia chilena de la COP Chile-Madrid, un ejercicio que tras los resultados de la cumbre, conocidos el pasado 15 de diciembre, se situó al centro de la polémica no solo en Chile, sino que a escala global.

La previa

El 27 de noviembre de 2018, Brasil anunció que no realizaría la Cumbre del Cambio Climático en 2019; un mes después, el presidente Sebastián Piñera comunicó al mundo que Chile albergaría la COP25. Desde entonces, los preparativos se sucedieron a un ritmo frenético, pues había que organizar todo en menos de un año. Cerrillos fue el lugar elegido para acoger el magno evento y se designó al ingeniero civil Cristián Varela como gerente general, a cargo de la operativa y logística en ese lugar. Asimismo, se nombró al fundador de la empresa de reciclaje Triciclo, Gonzalo Muñoz, como Champion de la COP25, cuya responsabilidad era llevar a cabo la agenda de acción global, es decir, el brazo ciudadano de la cumbre.

En un primer momento, el Ministerio de Relaciones Exteriores le recomendó al presidente Piñera no llevar a cabo la cumbre climática en el país, pues los esfuerzos estaban puestos en la organización de la Apec, que se realizaría en noviembre de 2019 en Santiago. Pero el mandatario estaba decidido: no hubo opción y la Cancillería, paralelamente, debió comenzar un proceso de acercamiento y negociaciones con los países miembros de la convención para el cambio climático y así poder adelantar las materias y acuerdos que Chile quería alcanzar en la reunión, que se desarrollaría entre el 2 y el 13 de diciembre de 2019.

“Las negociaciones internacionales que pueda adelantar antes de la cumbre el gobierno que preside la COP son sumamente importantes. Allí se deben poner todos los esfuerzos, pues cada palabra vale. Creo que en el caso de Chile esa tarea no fue todo lo intensa que debió haber sido, los acentos estuvieron más bien puestos en las tareas de Cerrillos”, asegura un experto medioambiental que estuvo en Madrid. Sin embargo, desde Cancillería rebaten esta afirmación: “Un equipo liderado por Rodrigo Olsen -embajador director de medioambiente y asuntos oceánicos de la Cancillería- viajó por distintos países, entre ellos, Japón, China y Brasil, para acercar posiciones. Fue un trabajo cuidadoso y bien intenso”.

El estallido social que afectó a Chile a partir del 18 de octubre cambió radicalmente los planes. Se debió suspender el evento en Santiago y el gobierno español liderado por Pedro Sánchez ofreció la Feria de Madrid Ifam para realizarlo, manteniendo la presidencia chilena de la cumbre.

La delegación chilena aterrizó en la capital española el 24 de noviembre pasado, poco más de una semana antes que comenzara la conferencia. El contingente era cercano a 50 personas, entre el equipo de la ministra Carolina Schmidt, los negociadores de Cancillería y los grupos de comunicaciones, producción y logística. Se alojaron en distintos departamento arrendados, todos ubicados en el centro de la ciudad. “Resultaba más práctico para trabajar. En un hotel todo es más disgregado”, explica una asesora de la titular de Medio Ambiente.

Durante toda esa semana previa al evento, el equipo chileno se abocó a las “presesionales”, como se conoce a las reuniones que se dan previo a la cita oficial. En ellas, la delegación chilena conversó con los distintos grupos negociadores. La idea es que la presidencia de la COP comunique a los diferentes actores estatales las metas, objetivos y prioridades que se han fijado para la cumbre y estos, a su vez, fijen posiciones al respecto y revisen los textos del preacuerdo.

Existen varios grupos negociadores en el universo COP, los que se establecen por zona geográfica, intereses compartidos o realidades similares. En estas reuniones presesionales, los jefes de delegación nunca son los ministros, sino que funcionarios de perfil técnico. Es el primer aproach para calibrar cómo vendrá la mano para las negociaciones oficiales.

En esos acercamientos, la delegación chilena insistió en su concepto de ambición climática y la idea de resolver el polémico Artículo Sexto del Acuerdo de París, que busca regular el mercado de bonos de carbono y cuya resolución tiene fecha límite para el 2020. “Desde un primer momento comprendimos que esto no sería una tarea fácil, debemos recordar que todas las resoluciones de la convención deben ser unánimes y desde los acercamientos preliminares supimos que no había mucho ánimo de consenso”, revela una asesora del círculo íntimo de Schmidt.

In situ

La Feria de Madrid Ifam es un centro de convenciones ubicado muy cerca del aeropuerto de Barajas. Tiene más de 200.000 metros cuadrados construidos y para la COP Santiago-Madrid se utilizaron cerca de 120.000 mt2. Para tener una referencia, el Espacio Riesco, ubicado en la comuna de Huechuraba, tiene 27.000 metros cuadrados y la construcción levantada en Cerrillos sumaba en torno a los 90.000 mt2. El recinto es un galpón gigante de un piso con una manzarda no muy grande en su entrada, la cual fue reservada en esta ocasión para albergar las oficinas de Chile -la presidencia-, España -los anfitriones- y la ONU -los convocantes.

El resto de los países arrendaba oficina a un costo de US$ 400 el metro cuadrado más habilitación, en un pabellón especialmente dispuesto para eso. Había otros cuatro pabellones más, todos con nombre alusivos a ciudades chilenas: Arica, Valparaíso, Concepción, Valdivia y Punta Arenas. Diariamente circulaban por ellos alrededor de 8.000 personas, alcanzando peaks de 12.000 en los eventos más populares, por ejemplo, las conferencias de Greta Thunberg y Al Gore. Entre los asistentes se encontraban funcionarios oficiales, científicos, empresarios, representantes de ONG y el mundo indígena. Las salas de prensa, bautizadas como Mocha y Chiloé, también fueron puntos focales de la acción durante la cumbre que se alargó finalmente a nueve días, marcando un récord histórico.

Paralelamente a las negociaciones oficiales protagonizadas por delegaciones técnicas y los ministros, el universo COP estaba compuesto por stands de todos los países miembros, los cuales organizaban varias actividades diarias. “El pabellón chileno albergaba en promedio siete eventos al día, todos abiertos para que cualquier interesado pudiera asistir. Sin embargo, algunas veces tuvimos que cerrar la puerta para que no siguiera ingresando gente, por temas de seguridad. Las más exitosas fueron las presentaciones del ministro de Hacienda, Ignacio Briones, el lunes 9, y la del titular de Energía, Juan Carlos Jobet, el martes 10”, cuenta Cristián Varela, quien todos los días a las 9:00 AM tenía una reunión de coordinación de temas de logística, seguridad, comunicaciones y protocolo con su par española, María del Coriso, y con la jefa de servicios de la ONU, Laura López. 

La tensión

De punta en blanco, la ministra Carolina Schmidt llegaba todos los días a las 7:00 AM a las dependencias de la Ifam. Entre reunión y reunión se alimentaba solo de ensalada y Coca-Cola Light. En promedio dormía cuatro horas diarias, las que se fueron reduciendo a medida que se complicaban las negociaciones.

En el contexto de la COP subyace una tensión histórica entre los países en vías de desarrollo, que son los que contaminan menos, y las naciones industrializadas, que históricamente han emitido más gases de efecto invernadero, que son los que más inciden en el calentamiento global según estudios científicos. Con todo, esos son los países que más aportan al financiamiento de los acuerdos que se toman en el marco de esta convención. Hay otro grupo de estados que si bien aún no son considerados desarrollados, igualmente son grandes emisores, entre ellos, Rusia, China, India y Brasil, que también presionan mucho. “Esta tensión histórica estuvo muy presente en esta versión de la cumbre”, dice Rodrigo Olsen. ¿Cómo se intenta resolver?

Las tratativas se dieron a distinto nivel durante la primera y segunda semana de la cumbre. Así, desde el 2 hasta el 8 de diciembre, se reunieron los órganos subsidiarios: el SBI -que responde a la sigla en inglés para el Órgano Subsidiario de Implementación- y el SBSTA -Órgano Subsidiario de Consejo Científico y Tecnológico-. “En esta primera etapa, las conversaciones se dan a nivel técnico y los oficiales allí presentes no toman decisiones definitivas. En ellas notamos que no existía mucha voluntad de avanzar en los temas propuestos, como cerrar el capítulo 6 del Acuerdo de París, ni tampoco de incorporar temas relativos a los océanos, que fue una de las propuestas más importantes de Chile y que finalmente se lograron incluir. Los más reacios eran los países que son grandes emisores. Nos hicieron notar su escepticismo desde el comienzo, pedían mejoras en las redacciones, cambiaban palabras y verbos que transformaban el sentido de las propuestas”, revela Carolina Urmeneta, asesora medioambiental de la ministra Schmidt.

Con todo, no fue hasta la segunda semana que se empezaron a cerrar los temas. Desde el 9 de diciembre en adelante se dieron los encuentros entre ministros, que son los que finalmente deciden políticamente a partir de los informes técnicos que entregan los órganos subsidiarios de cada nación. Estas instancias, conocidas como reuniones de Alto Rango, se realizaron en las salas de plenario -Baker y Loa-. Paralelamente, la ministra y su equipo se desplegaban en reuniones bilaterales, la mayoría de las cuales se hacían en las oficinas de la presidencia chilena en el segundo piso. El proceso fue complicado: un profesional que conoció de cerca las negociaciones multilaterales  asegura que algunos países bloqueaban temas en los que estaban de acuerdo, solo para utilizarlo como herramienta de negociación y así vetar propuestas que en realidad no eran de su agrado. 

Una de las claves del proceso es que el país que ostenta la presidencia de la COP permanezca neutral. “Es preferible que nos culpen de haber sido poco ambiciosos a que nos señalen como arbitrarios o parciales. La labor de Chile, precisamente, era facilitar un acuerdo unánime, pero finalmente esta resolución reside en las partes y no en nosotros. Quizás fuimos poco enfáticos en hacer entender este punto ante la opinión pública”, esgrime Olsen.

El viernes 13, y casi como un presagio de mala suerte, Chile presentó el acuerdo final de la COP25. La delegación chilena optó por una declaración cauta, que el concierto internacional calificó simplemente de mediocre y poco ambiciosa, incluso por debajo de los logros alcanzados en la COP24 realizada en Polonia. La prensa global apuntó duramente a la actuación de Chile en la presidencia de la instancia y relativizó el quehacer de la ministra Schmidt durante las jornadas de negociación. Los representantes de ONG ambientales y la sociedad civil se mostraron indignados, acusando falta de ambición climática y escasa claridad sobre las contribuciones que debían hacer los países a nivel nacional para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero.

Sobre la estrategia chilena, uno de los involucrados asegura que “optamos por redactar un acuerdo que era el reflejo de las conversaciones que se sostuvieron, ni más ni menos. La idea subyacente era que fueran los propios países los que pidieran más y no la presidencia la que impusiera los términos. Lamentablemente, el concierto internacional no lo entendió así. Con todo, juzgar un texto por su primer borrador es bastante injusto, siempre se redactan muchas versiones hasta que se llega a una declaración final”.

Así las cosas, Carolina Schmidt pidió al plenario más tiempo para alcanzar nuevos acuerdos, que se tradujeran en una declaración ambiciosa y acorde a la importancia que ha cobrado el tema medioambiental en la agenda mundial. Incluso, apeló a un discurso bastante emocional y pidió cuidar el mundo para las próximas generaciones. Muchos interpretaron esta alocución como un quiebre emocional de la ministra, que a esas horas lucía exhausta y abatida.

La asamblea aceptó. Así comenzó una ronda de frenéticas negociaciones, que mantuvo a Schmidt y su círculo cercano negociando casi 60 horas sin parar. “Apenas dormíamos, creo que entre viernes y domingo lo hicimos en total cinco horas”, relata Gonzalo Muñoz. El sábado 14 de diciembre marcó el punto más álgido: “Se había alcanzado un acuerdo unánime sobre todas las materias propuestas por Chile, salvo la resolución del capítulo 6 del Acuerdo de París. En plenario, sin embargo, Brasil se retractó y quiso borrar el acuerdo relativo al manejo sustentable de los océanos. Eso haría caer todo lo hecho. Pero el resto de la comunidad internacional actuó mancomunada y empujó al gigante latinoamericano a aprobar el punto, lo que finalmente hizo”, recuerda una funcionaria de Medio Ambiente.

La madrugada del domingo salió humo blanco, en un momento marcado por la emoción. En el acuerdo final se incluían siete de los ocho temas propuestos por Chile: el consenso global por la ambición climática -que significa que los 197 países se obligaron a presentar más y mayores compromisos nacionalmente determinados-; que 121 de los 197 estados se comprometieran hoy a la carbono neutralidad para el año 2050, como ya lo está haciendo Chile; se alcanzó el consenso unánime de todas las partes para la protección de los océanos; un acuerdo para establecer mayor equidad a nivel global con la acción climática; establecer el plan de equidad de género para impulsar la acción climática; se logró aumentar los compromisos del sector privado y actores no estatales: 400 ciudades, 800 empresas internacionales, transnacionales y globales y más de 4 trillones de dólares para inversiones fueron comprometidos para alcanzar la carbono neutralidad al año 2050; por último, se logró transversalizar la acción climática, involucrando por primera vez a las autoridades de los principales sectores productivos y financieros de los países, los ministros de energía, agricultura, transporte y finanzas buscarán, a partir de esta COP25, soluciones y caminos para emitir menos.

Solo faltó el tan ambicionado artículo 6. A pesar de esto, quedó un cierto sabor amargo en el equipo, que luego ha tratado de dar una mirada más positiva a lo sucedido en España.

El lunes temprano aterrizaron en Arturo Merino Benítez y la plana mayor de la organización fue directamente a La Moneda. Había una dura conferencia de prensa que preparar.