• 17 junio, 2011



La calidad de las estrategias públicas es sensible a las relaciones entre el mundo técnico y el orden político. Por ello -sin importar si es un matrimonio, convivencia o un simple acuerdo- los países requieren que ambas partes estén presentes. Como reza un popular dicho, “se necesitan dos para bailar tango”.


Veamos cómo lo hacen nuestros vecinos. La política argentina, entre otras cosas, se caracteriza por un divorcio total entre técnicos y políticos. Si bien allí cuentan con técnicos de primera calidad, éstos raramente participan en política. El nivel de cientistas sociales, economistas, ingenieros, sociólogos y abogados, entre otros, es de categoría mundial. Pero cuando se trata de la política, desde un tiempo a esta parte, la fuga de talentos ha sido masiva, con el consiguiente impacto en la generación de argumentos técnicos. Esto se ha traducido en políticas públicas que persistentemente han rezagado a Argentina. El que fuera alguna vez uno de los países más ricos del mundo, tanto en términos económicos como culturales (con una distribución relativamente equitativa del ingreso y la educación), es hoy uno del montón y aparentemente sin grandes perspectivas.

Perú, por otra parte, se caracteriza por fuerzas políticas que no se identifican con proyectos de largo plazo. Los últimos presidentes no pertenecen a partidos, ideologías ni movimientos con tradición. Los candidatos son más bien caudillos, con programas que se acomodan a la capacidad de obtener menos rechazo que sus contendores. El peruano vota por el mal menor, quita su apoyo a los presidentes muy rápidamente y éstos terminan sus periodos con índices paupérrimos en las encuestas. La falta de credibilidad en los partidos y en la institucionalidad genera niveles de incertidumbre elevados, lo que se traduce en una población fracturada, en la que crece la sensación de que los intereses de algunos priman sobre los de la mayoría. Y el círculo es vicioso: desigualdad social, conflictos, una democracia frágil y una política que no da garantías de cohesión.

A diferencia de los casos anteriores, a los chilenos nos gusta que nuestros políticos se identifiquen con un proyecto de largo plazo y con una visión de país. Queremos que la política se caracterice por una discusión técnica que esté más allá de los objetivos electorales de corto plazo y en la que se respeten los intereses de todos los ciudadanos y no sólo los de algunos. Nos gustan las políticas de Estado y que los se enriquece la discusión. Ese mito que dice que el votante es ignorante es sólo eso: un mito.

Sin embargo, con el paso del tiempo nuestra política se está pareciendo cada vez más a la peruana y a la argentina. Estamos viviendo una “deschilenización” de la política local. Los técnicos se han alejado de los partidos y han ido apareciendo rostros con propuestas cortoplacistas. Lo que fuera, por ejemplo, el rol de Expansiva y de Libertad y Desarrollo hace algunos años, hoy no es más que un buen recuerdo. Por otro lado, las pugnas entre políticos y técnicos con poca capacidad de escuchar y de construir acuerdos se hacen cada vez más notorias.

A la vez, la influencia de los intereses corporativos se evidencia en opiniones de lado y lado: los argumentos técnicos son cada vez más escurridizos y cada vez se entiende menos por qué los políticos votan como votan u opinan como opinan. Frecuentes cambios de criterio respecto de temas relevantes reflejan el cambio de paradigma que está ocurriendo. Por último, la fuerte oposición a HydroAysén es un manifiesto rechazo a la influencia de intereses particulares en las políticas públicas y a la falta de visión país.

La última encuesta Adimark muestra un alto nivel de rechazo, tanto para la Concertación (65%) como para la Coalición por el Cambio (57%) y una baja tasa de aprobación para ambas. Este pobre apoyo a políticos de un bando y de otro es una advertencia: a los chilenos y chilenas no nos gusta la política a la argentina ni a la peruana. Interpretaciones coyunturales están ignorando que esta es una tendencia persistente. Construir acuerdos entre técnicos y políticos nos ayudaría a profundizar nuestra democracia y a mejorar la calidad de las políticas públicas. Para eso se necesitan, entre otras cosas, instancias de cooperación, disposición al diálogo, tolerancia, saber escuchar y, sobre todo, reconocer el aporte que cada uno hace en el proceso de construir un mejor país.