• 24 agosto, 2007

 

La correlación no es exacta, pero mientras la ilusión popular apuesta al nuevo entrenador, también deserta de las autoridades de gobierno.

 

Cuarenta años de lectura casi ininterrumpida de El Gráfico y las mismas cuatro décadas de continuo contacto con la primera división del fútbol argentino, desde la onda corta al televisado clásico del domingo, desde Ardizzone a Macaya Márquez, otorgan a este columnista una sabiduría superior que pocos pueden compartir.

Desde ese olimpo, por lo tanto, puede afirmarse con toda certeza que Bielsa es un peligro público para Chile.

¿Para el fútbol chileno? No, mucho más que eso, para toda la actividad pública en Chile y, en particular, para la gubernamental.

El Loco es muy cuerdo trabajando. Todo lo estudia en las teorías, todo lo ejecuta una y mil veces en las prácticas. Revisa, repasa, corrige, revisa, repasa, corrige. Su videoteca es insuperable, su mirada reposa en jugadas cien veces vistas, para poder sacar algo nuevo. Conserva e innova seriamente. Casi nadie en el Gobierno trabaja así; en palacio ya creen saber por qué lo llaman el Loco.

El rosarino especializa las piezas dentro de la cancha, les pide tareas muy concretas; para cada puesto trata de tener dos jugadores casi iguales: entra el que sea más disciplinado, el más serio. Nada de ministros que después son presidentes de bancos, para ser a continuación asesores, salir entonces hacia embajadas y volver finalmente a una subsecretaría, desde la que preparan una diputación.

Bielsa ama sus camisetas y va a ponerse la roja con pasión; cobra mucho, mucho, pero entrega todo, todo. Apasionado, se le va la vida en cada jugada, transpira en buzo como los jugadores de corto, siente el juego como suyo. Desprecia la burocracia, es incompatible con la apatía del funcionario apitutado y con la retórica vana del operador político a sobresueldos, que habla de igualdad y protección social, mientras no se le ve una gota de sudor ni pasión.

El leproso consigue que sus equipos ataquen por todos lados, a ritmos frenéticos a veces, sin tregua, sin pausa, con una grandeza de ánimo en su planteamiento que mantiene a sus rivales concentrados, angustiados. No cede territorio, no reacciona una vez copado su campo, se anticipa. ¿Se contenta con victorias estrechas? No; seguramente buscará golear, pero lo intentará en un país gobernado por conformistas que valoran crecimientos mediocres y toleran inflaciones sintomáticas.

El campeón olímpico, si no está completamente seguro de que su trabajo esté sirviendo a la causa, da un paso al costado, renuncia de inmediato, se va sin cobrar lo mucho que le queda. Para su información temprana, que sepa Bielsa que estará trabajando en un país donde a los funcionarios corruptos hay que echarlos con escándalo, porque los procesos para demostrar su culpabilidad siguen demorándose mucho tiempo.

En síntesis, Bielsa es un ganador de verdad. ¿Algo puede resultarle más incómodo a un gobierno hoy perdedor y con pronóstico evidente de nuevas derrotas futuras? ¿Alguien podría dejar de hacer la comparación entre una campaña exitosa en las clasificatorias con una Concertación que se hunde partido a partido, primero en las encuestas y después en las municipales?

Eso ya se ha expresado en la enorme ilusión popular puesta en Bielsa, la misma que cada día menos chilenos ponen en Bachelet. El rosarino nos tiene en vilo, y con toda razón, ante la sola posibilidad de que alguien conduzca de modo auténticamente exitoso en un ámbito público. Cuánto tiempo hace que no vemos algo así.

Por eso, no logra entenderse por qué los analistas del segundo piso no aconsejaron que se decretase la prohibición para que Bielsa ingresase al territorio nacional. Quizás debió también crearse una superintendencia de fútbol profesional e incluso se pudo haber llamado a los viejos dirigentes autobuseros para que, retomando la ANFP, impidieran la llegada del Loco. Habría sido, de paso, la recuperación de las alianzas entre micreros y gobierno.

Bueno, pero sí se entiende por qué no lo hicieron: primero porque son muy malos analistas y además, obviamente, porque no consultaron a este oráculo.

Pero no todo está perdido para el gobierno: aún queda la esperanza de que después del primer o segundo éxito de Bielsa, el ministro Andrade se contacte con el sindicato de jugadores y en conjunto logren la renuncia del entrenador, constituido ya en un auténtico y visible peligro público para la Concertación.