Parece estar experimentando en carne propia lo que por años ha estudiado. No las miles de teorías sobre educación, ni las mejores fórmulas para medir el rendimiento escolar, ni si debe o no haber lucro en la enseñanza. Lo que está viviendo es otra teoría. Esa que habla sobre la evolución de las especies. La […]

  • 29 agosto, 2012

Parece estar experimentando en carne propia lo que por años ha estudiado. No las miles de teorías sobre educación, ni las mejores fórmulas para medir el rendimiento escolar, ni si debe o no haber lucro en la enseñanza. Lo que está viviendo es otra teoría. Esa que habla sobre la evolución de las especies. La teoría del viejo Darwin que sentenció una vez que en esta jungla no es el más fuerte ni el más inteligente el que sobrevive, sino el que mejor se adapta al cambio.

Y ahí está Harald Beyer. Viviendo una nueva metamorfosis. Sacándose la piel del tímido economista mateo y experto en todo, y evolucionando hacia la especie de los que están en la política. Esa especie en que las operaciones y estrategias a veces atraviesan la alta discusión de las ideas. Una especie cuyo medio ambiente está lejos de la soledad de los papers y de los silencios de la academia. Por el contrario, está lleno de ruidos e interferencias.

Pero él se adaptó a los avatares de este nuevo entorno. Ya le sale natural hablar de “nosotros” cuando se refiere al gobierno y asumió con toda franqueza que en este papel muchas veces tiene que sumarse a la opinión de La Moneda, aunque no sea precisamente igual a la suya.

Por estos días, la cosa está difícil para Harald Beyer. El movimiento estudiantil agarró vuelo de nuevo y es su nombre el blanco de los tiros. Los jóvenes dicen que es arrogante. Como que no baja de su olimpo de expertise para conversar con ellos. Él no se inmuta por esos comentarios. Dice que los académicos están acostumbrados a la crítica. Beyer tiene el cuero duro. Habrá que ver si lo suficiente para esta etapa de su evolución.

-Los estudiantes ya han sacado a dos ministros. ¿Será usted el tercero?
– Estoy convencido de que me voy a mantener hasta el 11 de marzo de 2014. Siempre que tenga el respaldo del presidente, por supuesto.

-¿Por qué su caso sería distinto?
-Porque si uno mira lo que nosotros hemos hecho y cuáles han sido los cambios que han promovido los anteriores ministros y los que he promovido yo, abordan muchas demandas ciudadanas. Por supuesto no les estamos dando en el gusto en todos sus planteamientos, pero creo que está toda la carne puesta en la parrilla y ahora podemos seguir discutiendo cuál es el punto óptimo de cocción.

-Pero usted dice “diálogo sin condiciones”…
-Hoy día, pero al principio estaba disponible para reunirnos con ellos. Ahora nos dicen retiren tal proyecto, congelen este otro. Nosotros como gobierno no vamos a aceptar que nos hagan estas imposiciones y no nos parece que sea legítimo. Cuando uno va a dialogar busca puntos de encuentro y creemos que les hemos demostrado que estamos actuando de buena fe en este debate.

-¿Se siente respaldado por el presidente Piñera en esta posición?
-Hasta ahora, sí. Yo tengo un trabajo muy profesional con él, pero hasta ahora he sentido el pleno respaldo.

– Le pregunto porque a su antecesor, Felipe Bulnes, el presidente le quitó el piso en la negociación con los estudiantes.
– Yo no sé qué es lo que sucedió ahí. No me corresponde a mí hablar de ese episodio, pero hasta ahora yo he tenido el pleno respaldo del presidente en todo lo que he hecho y en todo lo que he abordado.

 

Adiós a la independencia

-¿Qué es lo que más le ha costado de este conflicto?
-La prensa. Esto de estar sometido constantemente al escrutinio público. No es algo para lo que tenga particulares habilidades. No me sale fácil. Y las preguntas de los periodistas son siempre inesperadas. Uno va a hablar sobre una campaña de Escuela Segura y me preguntan sobre cualquier otra cosa que muchas veces no he pensado las respuestas…

Pero en estos meses me he entretenido bastante. Creo que es un trabajo gratificante, estoy siempre revisando mis ideas, reflexionando, tratando de avanzar, negociando en el Parlamento… Esto tiene una parte bonita: uno está pensando en si lo que está proponiendo va realmente a cambiar la educación, va a producir un impacto. Es un desafío personal muy grande porque tienes una responsabilidad tremenda. Al final, este ministerio maneja muchos recursos y yo siempre me estoy preguntando si el peso adicional que se gasta va a producir un impacto en la equidad. Son cifras gigantescas.

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-¿Cómo ha sido su transición hacia esta vida en la política?
-Muy interesante. Más todavía después de haber trabajado durante más de 24 años reflexionando sobre políticas públicas. Ello me ha ayudado a entender mejor las alternativas que están en discusión y evaluar el impacto de políticas alternativas, algo que siempre ayuda en el debate político.

-¿Hay códigos que no conocía?
-No sé si realmente existen códigos especiales en la política. Me ha tocado llegar en un momento político especial. Veo en la Concertación, por ejemplo, una dificultad de acordar un proyecto político y algún temor, por cierto con excepciones, de postular planteamientos propios y claros. Este temor me ha llamado la atención. Hay, a veces, una apelación frecuente en el discurso a las demandas ciudadanas, pero escasa deliberación en torno a esas demandas, indispensable para evaluar su convivencia.

-¿Echa de menos su vida anterior?
-Por supuesto, sobre todo la tranquilidad para pensar y decir cosas que no tienen ningún impacto. Estar en un centro como el CEP, que te permite reflexionar sin presiones y con mucha autonomía, es un agrado.

-¿Cómo ha lidiado con esa pérdida de independencia?
-Uno sabe que está de paso y que renuncia un poco a su independencia, porque al final es un equipo. Yo no creo en los gobiernos unipersonales. Este es un equipo y en este ministerio también hay un grupo que tiene visiones distintas y hay que limar esas asperezas para liderar los procesos. El presidente Piñera tiene una visión y tengo que compatibilizar la mía con la suya, pero eso me parece que es enriquecedor finalmente.

-¿Le ha costado?
-Todo lo contrario, para nada. Me siento bien. Por lo menos en mi experiencia tanto con los demás ministros como en las discusiones con el presidente, siempre hay una mirada muy de pensar un poco más allá, de discutir hacia dónde queremos ir y por qué. Eso es gratificante también; encontrarse con gente que está pensando lo mismo, a pesar de que haya diferencias de opinión.
Lo que me ha gustado en mi trabajo con el presidente es que escucha, deja que te juegues por tu postura y si se convence, va contigo. Si no se convence, te dice por qué no está en ese punto. Y eso me parece que es un buen trabajo.

-Imagino que no es de los ministros que se aterran antes de las bilaterales con Piñera.
-No, yo creo que eso es más mito que realidad porque el presidente es muy cordial. Mi experiencia ha sido muy satisfactoria porque él está dispuesto a que produzca la discusión, pero al mismo tiempo es muy desafiante porque uno tiene que demostrar cuáles son sus argumentos y defenderlos. Eso, al final, hace que las políticas públicas que vamos generando sean mejores.

-¿Qué ha aprendido en este tiempo?
-Muchas cosas. Diría que a manejar una agenda que es tremendamente intensa, aprender que varias de las interpretaciones sobre los hechos, que antes leía con gran interés, son tremendamente parciales. Es como el juego del teléfono: lo que sale al final es una parte muy pequeña o poco relevante. Y también se aprende que nada es fácil. Todo requiere mucha transacción, mucha negociación.

-¿Pensó que sería más simple?
-Los proyectos que yo he enviado y que había mandado Felipe Bulnes son en general buenos proyectos por lo que debían haber avanzado más rápido. Pero los climas políticos hacen que haya una tensión que entrampa las cosas, entonces hubiese esperado más altura de miras. Pero estoy contento. Sabía que venía a una máquina que ya estaba andando, por lo que iba a tener menos libertad para plasmar una agenda, y que iba a poder influir en el margen… Las reglas del juego eran ésas.

-¿Qué habría hecho distinto?
-Tal vez habría partido con un énfasis mucho mayor en la educación preescolar, pero vino el terremoto y eso marcó mucho la agenda.

El lucro y la lógica de cobrar

-¿Habría marchado si tuviera 18 años, en la flor de la juventud?
-Depende. Yo entré a la universidad cuando tenía 17 años y recuerdo que en ese tiempo me parecía lógico que la universidad se cobrara.

-¿Por qué?
-Porque si tienes un país tan desigual, uno piensa que hay otras prioridades. Además, éramos pocos los que entrábamos a la universidad en esa época, 170 mil personas. No había cobertura en educación secundaria completa, y había muchos que ni siquiera la terminaban…

 -¿Y esa reflexión ha ido variando o sigue siendo la misma?
-Ha ido cambiando. En ese momento creía que todo el mundo tenía que pagar y financiarse con créditos, y ahora creo que tiene que haber becas para un grupo más vulnerable. Pero la idea general de educación gratis sigo sin compartirla.

-Ha dicho que es injusta.
-Es que si tienes una sociedad desigual, siempre tienes que hacer el juicio respecto de dónde invertir el peso adicional. Y los proyectos desde el punto de vista social tienen distinta valoración en esas circunstancias.
Hay gente que tiene un argumento iluso y dice: “lo financiamos con impuestos a los más ricos”. Pero ese análisis es no entender que siempre tienes una opción cuando recaudas recursos, no importa a quién se los recaudes. Suponte que los recaudas en el 1% más rico, buscando los 4 mil millones de dólares que cuesta la gratuidad de la educación superior. Creo que uno siempre se puede hacer la pregunta de si conviene gastarlo ahí, o en otra parte. Yo diría que me conviene gastarlo en educación preescolar, entonces me van a decir que pida más impuestos. Pero en algún momento hay que parar.

-¿Y qué le parece esta reforma tributaria?
-Desde el punto de vista de educación, nos sirven los mil millones de dólares porque nos permite financiar preescolar y acelerar un poco lo que estaba en el programa de gobierno.
Ahí hay que pensar cuánto estamos gastando adicionalmente. Cuando terminó el gobierno de Bachelet, se gastaban 8.900 millones de dólares. Nosotros ya estamos en 11.200 millones de dólares y vamos a llegar a 12.200 millones de dólares. Y claro, uno tampoco tiene capacidad de gastar tanto y gastarlo bien.

-¿Cómo es ese gasto en comparación con los demás países?
-Nosotros gastamos más del 7% del PIB en educación, estamos dentro de los cuatro países que más gasta en el mundo. Ahora, mucho de ese gasto es privado. Y lo que hemos hecho como gobierno es reconocer que tiene que cambiar la composición: más gasto público y menos privado.

-¿Y qué cree que piensa el movimiento estudiantil de estas cifras?
-Creo que hay una valoración parcial de lo que se ha hecho, pero es algo muy lógico porque en educación los cambios no son inmediatos. Si uno mira las pruebas como Pisa, hemos mejorado, pero las brechas siguen siendo grandes. La brecha en la PSU es del orden de 150 puntos entre niños de hogares de altos ingresos y los de bajos ingresos. Esos 150 puntos te marcan mucho a qué universidades y qué carreras puedes acceder.
Eso nosotros lo reconocemos, pero obviamente los cambios no son inmediatos y los jóvenes quisieran apurar esto. Y muchas de las propuestas que hacen tampoco van a producir el cambio inmediato, aunque hay muchas que son muy interesantes. Dicho esto, hay jóvenes también que lo que quieren es un cambio de modelo, con preeminencia de educación pública y más financiamiento, pero eso es harina de otro costal, porque uno podría ir a un modelo de educación pública, pero igual pagada. Ahí nosotros creemos que las familias tienen que elegir y ver cuál es la solución más adecuada para cada uno; si es una institución estatal o privada.

-¿Con fines de lucro?
-Nosotros como gobierno tomamos la decisión de que no tenía que haber lucro y vamos a hacer cumplir la ley. Por eso presentamos el proyecto de superintendencia y estamos investigando mucho más acuciosamente. Pero en los otros ámbitos de la educación superior y de la educación escolar está permitida la posibilidad de que los sostenedores tengan excedentes. A nosotros nos parece que eso es legítimo.

-¿Pero Harald Beyer cree que la educación puede tener fines de lucro?
-Hay distintas experiencias de educación superior con fines de lucro en el mundo que, desde el punto de vista de la docencia, no han producido grandes prejuicios para esos estudiantes. Ahora, yo no espero que ese tipo de educación, que requiere inversiones adicionales que no van a conseguir estas universidades, pueda llevar a universidades complejas. Creo que hay un espacio para esas instituciones, pero Chile optó por que las universidades no podían tener lucro y nosotros como gobierno nos hemos comprometido a hacer cumplir esa legislación, independientemente de las restricciones que uno puedo hacer sobre esta materia y lo que ocurre en otros países.

-¿Pero usted puede defender esta idea de no al lucro si no está tan de acuerdo?
-Aquí las instituciones que se crearon, se crearon con un marco legal y uno como ministro – independiente de lo que piense-, tiene que hacer cumplir la ley y ésta establece que las universidades no pueden tener lucro. Ahora, si más adelante hay un debate donde esta posibilidad se pueda abrir a nuevas universidades, nuevos proyectos educativos, encuentro que hay que considerarlo.

-Hoy día las universidades lucran, está claro.
-No, yo creo que hay una confusión en el debate. Yo no sé si lucran o no lucran. Lo que hoy día se permite es que haya transacción con empresas relacionadas.

– Pero eso es para lucrar…
– No porque uno podría legítimamente pensar que a mí me conviene separar los edificios de la gestión propiamente universitaria, por ejemplo, y arrendar los edificios.

– Sí, pero eso es un tinglado para ganar plata y aparentar que se cumple la ley.
– No es eso porque si uno ve el marco regulatorio en Chile, éste permitió que las universidades se organizaran de variadas formas para facilitar la inversión, pero no dijo que esas transacciones entre partes relacionadas eran ilegales. En ninguna parte dice eso. Ahora, es cierto que a través de esas transacciones uno puede extraer excedentes y por lo tanto, lo que hay que verificar es si esas transacciones son a precios de mercado o por sobre el mercado. Eso no es tan difícil de verificar, porque estas transacciones no son todo el tiempo.

– Pero, por ejemplo, se contratan servicios mensualmente…
– Claro, pero esos contratos son mensuales y esporádicos, por lo tanto, son fáciles de verificar. Yo no le veo tanto problema a eso.

Licencia para morder

– ¿A usted le convence el proyecto de la superintendencia de educación superior?
– Es un buen punto de partida, pero yo mismo le haría algunos cambios adicionales.

– ¿Cómo cuál?
– Por ejemplo, creo que a lo mejor le faltan atribuciones al superintendente. Tiene que tener mayor capacidad de morder de la que establece el proyecto de ley.
Por otra parte, está la discusión respecto de si se pueden permitir transacciones con empresas relacionadas en algunas áreas, o debieran prohibirse del todo. Creo que en ese debate hay espacio para que nosotros separemos las instituciones en algunos casos puntuales.

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-¿Como cuáles?
-Por ejemplo, el arriendo. Me parece que es muy difícil verificar si son precios de mercado o no, pero no es que no se pueda. Por eso yo creo que este es un argumento que genera pasiones, pero que no es tan relevante en la práctica.

-Pero hay una discusión ideológica detrás, de principios…
-La pregunta de fondo, y que nadie ha respondido bien, es cómo se produce la transición si es que finalmente se produce esta prohibición. Tú no puedes decir de la noche a la mañana que una legislación que permitió que existiese esa figura, se acaba. ¿Qué pasa con esa operación?
-Habría que transparentar el lucro…
-Es que no necesariamente es lucro, voy a rebatir eso. Es una confusión la del lucro. La transacción no es necesariamente con fines de lucro. Si yo soy una universidad y arriendo un edificio que no es de una parte relacionada, ¿hay lucro?
-No.
-Supongamos ahora que es de una parte relacionada, ¿hay lucro?
-Sí.
-¿Por qué? Supongamos que cobra el mismo precio…

-Porque esa universidad recibe fondos públicos y puede acceder a beneficios que si no fuera sin fines de lucro, no tendría.
-Déjame rehacer el ejemplo. Supongamos que arrienda un edificio en 100 pesos a una parte no relacionada, ¿Hay lucro?
-No.
-Supongamos que le arrienda ahora a una parte relacionada, por el mismo monto de 100  pesos, ¿hay lucro?

-No en ese ejemplo, porque estamos seguros de que es el mismo precio. El conflicto de interés es montar el modelo y que tú tengas acceso a beneficios que de otra forma no tendrías.
-Sí, pero es que la legislación permitió eso y no reguló los conflictos de interés.

-Pero ahora eso es lo que se discute…
-Ahora lo podemos regular y una forma de hacerlo es separar, porque se acaba el conflicto de interés. En vez de regularlo, lo terminas. Pero igual tienes que desarrollar la transición.

-Pero cómo se hace, entonces.
-Si uno hace una separación tiene que decirle a la universidad: usted tiene que comprar el edificio. Lo va a tener que comprar a un precio, por un montón de años, y cualitativamente no es muy distinto de que arriende ese edificio.

-Pero hay muchas privadas que se llenan de alumnos con créditos financiados por el Estado, con este disfraz de arrendar un sitio.
-Esa es la acusación que se hace, pero hay que demostrarla investigando y teniendo atribuciones para evitar eso. El proyecto de superintendencia establece transparencia: los contratos tienen que ser públicos, se ve cuáles inversiones tienen y tiene que haber directores independientes, los cuales pueden tienen que responder con su patrimonio si es que incumplen la ley. Ahora, hay gente que cuestiona el proyecto.

-El director del CEP, Arturo Fontaine, es uno de ellos.
-Por ejemplo… Otra forma de resolverlo es impedir eso. Pero dado que lo permitiste legalmente, tienes que darle una solución de transición a eso. Y una solución de transición es, por ejemplo, que la universidad compre el edificio. Y ahí, ¿cuál es el precio?

-De mercado…
-Y si lo arrienda, ¿cuál debería ser el precio?
-De mercado…
-Entonces cualitativamente no es muy distinta la situación. Por eso es que creo que esta es una discusión que crea más pasiones que efectos prácticos.

-¿No le parece moralmente distinto?
-Estas no son discusiones sobre moralidad. Por ejemplo el MIT tiene toda su parte de innovación como empresa relacionada, ¿Quieres prohibir eso? ¿O querrías regularlo? Las propias universidades tienen sus regulaciones para esto. Por eso es que digo que hay que ser cuidadoso, porque uno no quiere tampoco atacar la posibilidad de innovación. Probablemente la solución que vayamos a encontrar va a ser que algunas transacciones con partes relacionadas se van a permitir y se van a regular, y otras se van a prohibir. Yo no tengo problema con que se prohíban, pero me parece que no es un punto tan de fondo. Creo que se ha armado una tormenta en un vaso de agua. •••

 

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Segunda oportunidad

-Hace pocos días se conoció la encuesta del CEP, su ex casa. ¿Por qué tiene tan baja aprobación el gobierno de Piñera?
-Creo que hay varias razones. El 2009 fue un período en el cual las expectativas sobre el futuro estaban tremendamente desbordadas y ningún gobierno puede concretar tantas cosas en tan poco tiempo. El clima político tampoco fue el más apropiado porque se jugó con la idea de un gobierno de los acuerdos y la Concertación no quería jugar a ese juego. Entonces se produjo ahí una tensión que nos acompaña hasta el día de hoy. Ahora, yo creo eso va a ir variando.
Por otra parte, no descarto que hayamos cometido errores puntuales, pero no creo que hayan sido tan grandes como para que esta popularidad esté en los niveles que está. Yo creo que no cuadra con los esfuerzos que se han hecho y, por lo tanto, lo atribuyo a factores más estructurales propios de un cambio de ciclo.

– ¿Pero esta popularidad va a dar como para que haya continuidad en el gobierno?
– Creo que sí. Es muy difícil que la Concertación logre armar un proyecto político que ofrezca una alternativa interesante en los próximos años.

– ¿Aún con Bachelet?
– Ella es una figura, pero todos los candidatos requieren una coalición relativamente bien armada, y un proyecto político, y yo no veo eso. Estoy convencido que si ella decide volver, se va a ir extinguiendo políticamente.

– ¿Por qué?
– Porque el piso que tiene es de barro, entonces te hundes cuando no tienes un piso firme. No veo un proyecto político fuerte, mientras que al otro lado veo que con todos los errores que podamos haber cometido, hemos hecho un trabajo que merece una segunda oportunidad. Eso lo tiene que decidir el votante, pero me da la impresión de que sumando y restando, la gente va a decir que aquí hay un proyecto con el que tiene algunas discrepancias, pero que no ha sido del todo malo. Al frente, una cosa desdibujada. Ahora, todo esto puede cambiar en un año.

-La pelea de la derecha está en el gabinete. ¿Allamand o Golborne?
-Bueno, tendrá que zanjarse de una forma razonable. Yo creo que deberíamos converger hacia primarias.

-¿Cuál le gusta más?
-Tengo un candidato claro, pero prefiero no decirlo públicamente.

-¿Hasta cuándo deberían estar en el gobierno?
-Tiene sentido que estén hasta abril del próximo año. Es decir, una vez que ya esté claro cuándo va a ser la fecha de las primarias y sea necesario desplegarse.

-Los dos, en todo caso, están a más de 40 puntos de Bachelet…
-La elección siempre va a ser estrecha. Lo que vemos hoy no refleja la realidad. Puede ser que ella gane, pero eso va a ser por un margen pequeño, no por la diferencia que aparece en la encuesta.

-¿Cómo ve la alternativa de Andrés Velasco?
-Tengo un gran aprecio por Andrés, lo conozco hace tiempo. La primera vez nos topamos fue en un avión, cada uno leyendo una novela distinta, y empezamos a hablar sobre literatura. Creo que su presencia en la política es un aporte y, precisamente por eso me ha extrañado la forma en que ha participado en el debate sobre la metodología de la encuesta Casen. Los cuestionamientos no se sostienen y un análisis más exhaustivo debería haberle hecho llegar a esa conclusión.

 

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Dedos para el piano

A las cinco de la mañana. Todos los días. A esa hora le suena el despertador al ministro de Educación. Se levanta rápido y quince minutos después está trotando 10 kilómetros por las calles de La Reina.

A las siete lo pasan a buscar para irse al Mineduc, donde aprovecha esos minutos de tranquilidad para programar la maratón de reuniones de cada día. Y así hasta las nueve de la noche, cuando lo llevan de vuelta a su casa en las alturas. Poco tiempo tiene, entonces, para compartir con su mujer y sus tres hijos (dos universitarias y Martín, que cursa I Medio), pero se las ingenia para verlos antes de acostarse y leer un rato. Por estos días, Lionel Asbo, la última novela de Martin Amis.

-¿Qué opina su familia de su nueva vida?
-A mis hijas les llama la atención esta figuración… Nunca habían oído tanto el apellido Beyer en la universidad. A mi hijo le da lo mismo, pero a mi mujer naturalmente le generan cierta preocupación las críticas.

-¿Y a usted, le influyen?
-Bueno, es parte del juego político. Pero tengo la suerte de que vengo de la academia y los economistas, en general, somos bastante duros con las críticas. Estoy acostumbrado a ese lenguaje, entonces no me preocupa demasiado…

-Y porque no tiene aspiraciones políticas, ¿o sí?
-No. Y no tengo dedos para el piano tampoco. Conquistar los votos supone tener habilidades de relación interpersonal y yo no lo tengo. Soy medio introvertido, tímido.

-¿Cómo siente que se ha desenvuelto en el juego político?
-Yo soy muy mal evaluador de mis actuaciones. Hoy día, por ejemplo, tuve una conferencia y me dijeron que estuve bien. Pero yo no tengo idea. Entro, me desconecto y respondo las preguntas.