• 20 abril, 2010


El Santo Padre seguirá nadando contra corriente con alegría y serenidad. Consciente de las dificultades que ello implica, pero confiado en Dios, lo seguirán atacando y criticando e incluso levantándole calumnias.


El Papa ha sido objeto, como ningún otro, de críticas injustas. El mismo planteó que esas “habladurías” no lo iban a amedrentar. Con una claridad meridiana, no sólo ha condenado los actos criminales que han perpretado algunos sacerdotes, sino que además ha dispuesto medidas cada vez más estrictas para que los culpables den cuenta de ello ante las justicias divina, civil y eclesiástica, así como la exigencia de que se reparen los daños causados.

Es notable la cobertura que se le ha dado a los ataques al Santo Padre, y no pueden sino que surgir preguntas. ¿Por qué? La respuesta sólo la podemos encontrar en lo que Benedicto XVI es, dice y hace. El Papa representa, dice y hace absolutamente todo lo contrario de lo que la cultura imperante llamada postmoderna dice y hace. Y lo dice con valentía, firmeza, gran poder de convicción y, sobre todo, de verdad. Incómodo resulta para la cultura imperante que el Santo Padre vuelva a reconocer la ley natural como un imperativo que ilumina la conciencia tanto a creyentes como a no creyentes y que constituye la
base de la ética que a todos nos debe guiar y que la Iglesia propone.

En una sociedad embriagada por un subjetivismo extremo, en la que lo único que tiene valor es lo que “yo pienso” y “yo quiero”, molesta que Benedicto XVI, con la autoridad moral e intelectual que tiene, le recuerde que, independientemente de lo que se piense o se quiera, hay una realidad anterior que posee una verdad intrínseca, y que tiene que reconocer y vivir acorde a ella. He ahí el gran debate cultural: pensar la libertad como el valor absoluto, despojado de todo vínculo con la verdad, o bien volver a sus raíces y reconocer que la verdadera libertad posee un intrínseco vínculo con la verdad inscrita en la misma naturaleza humana que la fe y la razón nos dan a conocer y a la que al hombre le corresponde reconocer y, en consecuencia, aplicar en su actos.

Las consecuencias de estas dos visiones del mundo y del hombre están a la vista. Para los primeros, el aborto y la eutanasia son un derecho y signo de progreso de la humanidad; para el Santo Padre y la Iglesia, son crímenes abominables que no tienen justificación alguna. Para los primeros, la familia fundada en el matrimonio es una construcción cultural que sólo oprime al hombre y a la mujer en su libertad y en sus “derechos sexuales”; para la Iglesia, el matrimonio es la unión indisoluble entre un hombre y una mujer que se comprometen de por vida para amarse mutuamente, en fidelidad, procrear a los hijos y educarlos, constituyéndose en la base de la familia y en el pilar fundamental de la sociedad. Para los primeros, la educación sexual tiene que ir unida a los “derechos sexuales”, lo que implica tener acceso a anticonceptivos, a métodos abortivos y a preservativos, a los que la misma autoridad enseñaba a usarlos, incluso a los 14 años, y sin autorización de los padres; el Papa, en cambio, se inclina por una educación al amor, que implica poner la pulsión sexual al servicio de un proyecto de vida matrimonial o de consagración, lo que implica supeditar el deseo a valores más altos, como la fidelidad o la virginidad. Los primeros creen en un “matrimonio” condicional y soluble; la Iglesia, en el matrimonio para toda la vida. Los primeros creen que lo técnicamente posible es de suyo éticamente aceptable, lo que hace que poder eliminar embriones, congelarlos, desecharlos o experimentar con ellos se convierta en signo de progreso. El Papa, en tanto, insiste en que cada ser humano tiene derecho a ser concebido en el contexto del amor matrimonial. Los primeros quieren hacer creer que dan lo mismo las uniones entre heterosexuales que entre homosexuales o bisexuales y que los actos sexuales no tienen connotación moral
alguna. El Papa insiste en que el vínculo sexual está al servicio del amor cuando se da en el contexto del
matrimonio entre un hombre y una mujer y que los actos homosexuales son inmorales. Mientras algunos
piensan que el motor del desarrollo y la vía para superar la pobreza es el mercado, el Papa les recuerda
que el amor es el motor del auténtico desarrollo y que ello exige pasar de una sociedad movida
exclusivamente por el mercado y la competencia a una movida por la solidaridad, y que la pobreza no se elimina con políticas antinatalistas, sino que promoviendo una nueva cultura, la cultura de la solidaridad. Los primeros creen que es posible construir un mundo sin Dios relegando la religión a un mero mito o a simple magia. El Papa recuerda que construir un mundo sin Dios se volcará en contra del propio hombre –lo que está a la vista–. Lo que hace que el Papa, con gran libertad y clara identidad de ser el vicario de Cristo y sucesor de Pedro, visite la sinagoga y la mezquita.

El Santo Padre seguirá nadando contra corriente con alegría y serenidad. Consciente de las dificultades que ello implica, pero confiado en Dios, lo seguirán atacando y criticando e incluso levantándole calumnias. Era difícil esperar otra cosa. Pero el Papa seguirá por esta senda trazada en virtud del mandato recibido y de la belleza del anuncio que le hace a una sociedad que corre mucho, se jacta
mucho de sus logros científicos y materiales pero no logra encontrar el destino al que se dirige y se conforma con deambular a ciegas en medio de la moda, las noticias sensacionalistas y los escándalos. Y
no podía ser de otra manera, porque dejó de lado la pregunta fundante de todo proyecto social y político: ¿quién es el hombre y cuál es el sentido de su vida? Respuesta que la Iglesia Católica conoce y enseña, aunque muchos, encerrados en su estrecha comprensión de la realidad, no se quieran abrir a ella y opten por la calumnia y las “habladurías” o bien se cuelguen del perchero de los abusos perpetrados por un número muy reducido de clérigos, que condenamos enérgicamente, para atribuirse la licencia para vivir sin ley ni Dios.