El último libro de la canadiense Alice Munro despeja cualquier duda: estamos en presencia de una de las mejores escritoras de hoy. Por Marcelo Soto

 

  • 7 abril, 2011

 

El último libro de la canadiense Alice Munro despeja cualquier duda: estamos en presencia de una de las mejores escritoras de hoy. Por Marcelo Soto

 

"¡¡¡Lean a Alice Munro!!!”. La frase, con los seis signos de exclamación incluidos, pertenece a Jonathan Frazen, el famoso autor de Las correcciones, y aparece convenientemente destacada en la contratapa de Demasiada felicidad, el último libro de relatos de una autora canadiense que como nadie de su generación merece el apelativo de “clásica”. Sin falsa modestia, hemos alabado la obra de Munro desde hace años, incluso cuando era casi imposible conseguir sus libros en español. En el último tiempo varios de sus títulos habían sido publicados por RBA –de poca presencia en Chile-, pero ahora, gracias a que Lumen anuncia que lanzará gran parte de su obra, podrá ser apreciada por un público más amplio.

Enhorabuena, porque Munro hace tiempo que merece el Nobel y no son pocos los que esperan que la Academia Sueca por fin este año se avive y conceda el galardón a la escritora nacida en Winghan, Ontario, en 1931. La biografía de Munro se parece a la de sus personajes: estuvo casada hasta los 40 años con un compañero que conoció en la universidad. Tuvo tres hijos y se separó. Entonces pudo dedicarse por completo a las letras. En 1971 publicó Lives of girls and women, una especie de novela conformada por varios relatos, y desde entonces no ha dejado de lanzar un nuevo título cada tres o cuatro años.

Demasiada felicidad fue publicado en inglés en 2009 y muestra a la escritora en su mejor forma. Munro tiene la virtud de condensar en una frase aquellos momentos en que las vidas cambian para siempre. Tan importante como lo que dice –y vaya cómo lo dice: con una prosa cristalina, perfecta, intachable- es lo que calla. Los silencios son fundamentales.

Demasiada felicidad. Alice Munro. Lumen, 335 páginas. Buenos Aires, 2011.

En Ficción, por ejemplo, narra la educación sentimental de Joyce, quien se enamora muy joven de un estudiante de ciencias, Jon, al que muchos califican de genio. Ella misma tiene grandes expectativas –o mejor dicho, sus padres las tienen sobre su futuro-: es una talentosa violinista y muchos le auguran un brillante porvenir. Pero ambos renuncian a los estudios y se van a vivir juntos en plan medio hippie, en pequeños pueblos, dedicados él a la carpintería y Joyce a dar clases de música. Son muy felices, demasiado felices, pero de pronto –como un accidente carretero- todo cambia. Aparece una mujer, de la que Jon se enamora.

Y así, un día cualquiera, Joyce se queda sin hogar. “Al despertarse a las tres o cuatro de la madrugada no sabía dónde estaba. No en su casa… Toda la perspicacia de la borrachera y toda la euforia expulsadas como un vómito. Aparte de eso, no tenía resaca. Al parecer era capaz de beberse ríos de alcohol y despertarse seca como el cartón, aplanada”.

Entonces, Munro pone un punto aparte, un silencio eterno, y luego agrega: “Su vida acabada. Una catástrofe como tantas otras”.

En otro relato, Dimensiones, la autora va describiendo la rutina de Doree, quien limpia habitaciones y baños en un motel. Trabaja hasta la extenuación, porque así evita pensar. Muerta de cansancio, por las noches puede dormir. Sin conocer detalles, el lector intuye que algo grave ocurrió. “Ninguna de las personas con las que trabajaba sabía qué había pasado. O, si lo sabían, no lo daban a entender. Su fotografía había aparecido en los periódicos, la foto que él había hecho, con ella y los tres niños”.

Munro, en este cuento magistral, escribe sobre aquello de lo cual parece imposible escribir, una tragedia tan honda que no puede formularse en palabras. La literatura, en estos casos, semeja un juego de magia y se vuelve incluso frívola al lado de un hecho espeluznante, que crea un dolor inimaginable. Pero Munro, como una combatiente que sabe que el contrincante es imbatible y de todos modos sale a pelear –así describía Bolaño la literatura-, se enfrenta al desafío dispuesta a perderlo todo. Y quizá no gana completamente –es imposible ganar-, pero su relato de cualquier forma es una proeza. Como escalar una montaña y saltar al vacío.