Tanta ansiedad y anticipación se están devorando a El caballero de la noche asciende, el cierre de la trilogía de Christopher Nolan sobre el héroe enmascarado. ¿No era más fácil ir y sólo pasarlo bien? Por Christian Ramírez

  • 2 agosto, 2012

Tanta ansiedad y anticipación se están devorando a El caballero de la noche asciende, el cierre de la trilogía de Christopher Nolan sobre el héroe enmascarado. ¿No era más fácil ir y sólo pasarlo bien? Por Christian Ramírez

Si por abc motivo todavía no se ha puesto en la fila para ver El caballero de la noche asciende, aquí va un consejo: mantenga sus expectativas bajas.

Más allá de si la película gusta o no, si es el estreno más esperado del año, la película que se quiere repetir por adelantado o la que se va a comprar sí o sí cuando salga en bluray, el problema aquí es otro: esta clase de productos siempre termina canibalizado por la ansiedad que el consumidor planta encima de ellos.

En ese sentido, los aprontes indicaban que el efecto de este tercer Batman no sería distinto al de una nueva versión del iPad: fue adoptado a toda velocidad, promovido y defendido con pasión desaforada contra cualquiera que osara tocarle un pelo y decir que era punto menos que excelente. El jueguito ya comenzaba a resultar ridículo hace unas tres semanas, cuando en todo el mundo se preparaban para recibir esta “tercera venida”.

Y entonces ocurre lo de Aurora.
Masacre real. El mismo día del estreno estadounidense, liquidando las celebraciones antes de que siquiera comenzaran, pero también ayudando a poner las cosas en contexto. Sacándola del pedestal, pero no –como algunos sugirieron al calor de la situación- para lanzarla al infierno. No tendría sentido. Tal como escribió Anthony Lane en el New Yorker, para todos estos efectos, The Dark Knight Rises (TDKR) no es ni un objeto intocable ni tampoco un arma de destrucción masiva. Es solo una película. Un

Si Nolan está ironizando al ofrecer en esta improvisada patota una suerte de espejo distorsionado del movimiento occupy, como analista y visionario nuestro director está dando la hora.

paquete de entretención de 2 horas y 44 minutos. Algo por lo que no vale la pena insultarse o enemistase. No es, ni de cerca, más importante que lo que está ocurriendo más allá de la sala, ahí “afuera”; o un artefacto que se pueda instrumentalizar en pos del horror real, como al parecer habría sido la idea del descaminado James Holmes, por mucho que haya reivindicado su crimen en nombre del Joker. El propio Christian Bale quiso dar testimonio de esta necesaria separación entre vida y pantalla al visitar a nombre propio –sin intervención de la Warner Bros, productora del filme- a las víctimas de la tragedia.

Sin embargo, la tentación de ligar a Batman con el caos y el terror público está ahí. Fresca.

Mucha de la responsabilidad le cabe no a la tercera parte sino a la cinta anterior, The Dark Knight, que hizo suyo el tema de una forma extraordinariamente inteligente y persuasiva. Si en 2008 su diagnóstico sobre la paranoia fascista de la vigilancia y el castigo era evidente, a cuatro años de distancia, este se ha vuelto parte del lenguaje que usamos para entender los días post 11/9, los años de Bush Jr. y el origen de la actual crisis económica.

Que Christopher Nolan y su extenso equipo de realizadores lo tengan claro es otra historia. En medio del clamor de algunos que parecen proclamarlo como virtual heredero del legado de Hitchcock y Kubrick y otros que miran con respetable escepticismo esa presunta coronación, el director ha quedado algo sumergido bajo el peso de su propia maquinaria y, sin duda alguna, fugado al interior de ficciones tanto o más claustrofóbicas y agobiantes que las de su obra maestra. Algo de eso había en Inception (2010), y el trabajoso viaje de un equipo comandado por DiCaprio a las profundidades del subconsciente de un tercero, solo para descubrir que en su interior solo hay un vulgar despliegue de arrebatos bélicos y gastada parafernalia de espionaje.

Pozo de autocompasión
La misma trampa vuelve a repetirse con TDKR y el despliegue de un inagotable arsenal de efectos especiales y pretensiones sociológicas. Bastante confiados deben haberse sentidos los cineastas, porque iniciaron la fiesta mucho antes de que la propia película estuviera lista: los trailers ya venían cargados al máximo, con un avión que era desarmado en pleno vuelo y una cancha de fútbol que colapsaba en pleno partido. Tal vez cantaron victoria por anticipado porque, pese a agregar numerosas explosiones, peleas y subtramas a la mezcla, ésta sólo se convierte en una complicada argamasa, por la que ningún personaje se desplaza con la ligereza y arbitrariedad del Joker; donde Gatúbela queda reducida a sólo otro bati accesorio y Bruce Wayne todavía parece estar luchando por salir del solipsista pozo de autocompasión en el que cayó durante la primera parte (Batman begins, 2005).

En medio de todo eso, poca pega le queda al malo de la película, Bane, un rufián extraído de la saga Knightfall, donde le propinaba una paliza a Batman similar a la que este sufre en el filme. Si en el cómic este matón era un tipo que aparecía de la nada para luego ser reducido al olvido, Nolan -en cambio- lo inviste de un dudoso perfil revolucionario, líder de una horda que pretende limpiar a Ciudad Gótica de los corruptos, igualar a pobres con millonarios y acabar con los privilegios de unos pocos.

Si de verdad está ironizando al ofrecer en esta improvisada patota una suerte de espejo distorsionado del movimiento “occupy”, como analista y visionario nuestro director está dando la hora. Es cierto que las películas se prestan naturalmente a ser hijas de su tiempo, a complementarlo y enriquecerlo; pero intentar hacer lo contrario -que tu filme contenga el mundo, que sea una foto perfecta de lo que nos ocurre- eso es puro delirio.

Así que ya sabe. Modere las expectativas. Páselo bien. Es sólo una película.