Motivos del todo ajenos a la gastronomía nos llevaron a la capital catalana. Pero digámoslo: esta guapa ciudad, en cualquier contexto y circunstancia, no puede sino gozarse. Por Paola Doberti

  • 9 mayo, 2012

Motivos del todo ajenos a la gastronomía nos llevaron a la capital catalana. Pero digámoslo: esta guapa ciudad, en cualquier contexto y circunstancia, no puede sino gozarse. Por Paola Doberti

 

 

Todos –menos uno– de los lugares a los que entramos para comer durante cinco días en Barcelona fueron buenos. Pero aclaremos que aquel que desentonó, si hubiera que compararlo con nuestra oferta criolla promedio, estaría a la altura de uno del montón de esa seguidilla de locales que recorren la costa de Higuerillas. En fin, en todas partes se cuecen habas.

El resto, un agrado: materias primas frescas y variadas, panes con tomate gloriosos, quesos texturados, jamones dulces y salados y persistentes, arroces bien hechos, buñuelos crocantes.

Acompañamos con fresco vino rosé los almuerzos soleados, y con ensamblajes compuestos principalmente de tempranillo, monastrell, cabernet sauvignon y merlot, la mesa más reposada de la tarde.

La cocina catalana tiene algo de tierra y otro tanto de mar, y fama de rica, variada y refinada. Su preferencia por los productos de la costa tiene sus fundamentos: las tranquilas olas del Mediterráneo a sus pies, diversidad de especies y el abundante y sólido recetario marino.

 

 

 

 

Una leyenda

Partimos en un clásico: el 7 Puertas, o mejor dicho 7 Portes, en la Barceloneta, donde los arroces son los principales protagonistas, además de las fideuas, zarzuelas y suquets.

En una galería con faroles se abre este espacio que de seguro luce igual a cuando se inauguró en 1836. Suelos de baldosas, grandes espejos, maderas, mesas redondas, manteles blancos, carta extensa y clásica; servicio rudo y más bien lento. Famoso por sus paellas, probamos de dos tipos: la parellada y la de vegetales, ésta última de fome nada; ambas bien sazonadas, bien provistas. Sabrosos mejillones para picar.

Buen comienzo: nunca es tarde para conocer a una institución culinaria como esta.

 

 

 


Tapeo profundo

Salimos deslumbrados con la sencillez, rusticidad y armonía de la iglesia Santa María del Mar, en la Ciutat Vella. ¿Por qué será tan especial esta construcción que dicen representa fielmente el gótico catalán? Afuera, la plaza está rodeada de locales. Uno de ellos era Bubó, al que llegamos gracias a un dato.

El lugar es conocido por sus exquisiteces dulces. Sin embargo, esta importante pastelería tiene a un costado, como una suerte de apéndice, un localcito tímido y austero con bar de tapas a la vista. Se trata de un enfoque estilizado, innovador: el infaltable pan con tomate es concebido como delgadas tostadas aromatizadas cubiertas con una suerte de delicado gazpacho. Unas berenjenas salteadas con queso zeta y salsa agridulce nos gustaron tanto que reincidimos; un par de brochetas, entre ellas unas de queso brie con panko de coco, nos llamaba a seguir insistiendo en la categoría a pesar de lo poco dados que somos a la fusión. El raviol de atún con pistacho, mermelada de cebolla y mostaza verde, o la exquisita confitura de castañas que acompañaba el plato de quesos, hacen ponerse a rezar para que este bar de tapas siga quedando como el secreto mejor guardado de su hermana mayor, la pastelería.

Paella con DO

El almuerzo final en Barcelona, con un espectacular día soleado y fresco, había que rentabilizarlo: la última mesa, la evaluación del viaje, la eternización del goce.

El puerto, la Barceloneta, era la dirección. Queríamos mar, amplitud, catalanes de a pie. Es fácil quedarse en cualquiera de los muchos restaurantes de la costanera del Passeig de Joan de Borbó, en el antiguo barrio de pescadores. Caminamos hasta dar con el número 65, casi cayéndonos al puerto.

No pudimos elegir mejor: Quim Marqués, cocinero y dueño del Suquet de L´Almirall, nos recibe y atiende en este antiguo astillero encantadoramente puesto a 200 metros del mar (“recetas marineras en el puerto de Barcelona”). Cuarta generación de cocineros, Marqués es un PERSONAJE de la gastronomía local. Y como lo suyo son el trabajo diario y la sencillez, nos abre el apetito con unos pescaditos diminutos “recién llegados”, ligeramente fritos, crujientes. Pedimos rape sobre cama de pimentones, sublime, y la especialidad de la casa (además del suquet) caldereta de mariscos: el arroz de la barca (con diferentes pescados, calamar y tomate) y la paella DO Barceloneta, de arroz firme y untuoso en tinta de calamar, pescados y mariscos tersos y de sabor cristalino, un estilizado y brillante langostino tan grande y lindo como sabroso y jugoso. Las paellas de Marqués son numeradas y nosotros disfrutamos la 13.839. Una botella de rosé Amor para acompañar un almuerzo inolvidable.

 

 

 

 

 

Imperdibles

Los turrones de Planelles Donat, en el Portal del Angel, paralela a la Rambla. Casa turronera familiar con generaciones en el oficio (desde 1850). Almendra, miel, azúcar: el Jijona granulado es vicioso. El mejor regalo local comestible posible de trasladar.

El Mercado de la Boquería, uno de los mercados estrellas de Europa. Pintoresco, variado, colorido, ordenado. Lo más impresionante es la variedad de pescados y mariscos que entrega el Mediterráneo y sus alrededores: pescadillas, lenguados, bacalaos, merluza, rape, caballa, gambas y langostinos, atún, mejillones, almejas, cigalas, navajuelas, boquerones, anchoas. Un festín.

El sandwich de jamón serrano del Viena, sobre La Rambla. Sin duda uno de los puntos altos de la ingesta en la ciudad catalana por excelencia. Una fachada angosta y muy de estilo que esconde un local en que conviven materiales nobles con infames fotos de comida rápida. No sabemos del resto de la carta pero el flautín en pan, perfecto en textura, que acoge esas láminas de jamón ibérico untuoso, de sabor intenso y profundo, salado, dulce, largo, hermoso, es un hallazgo.