Por Fernando Vega Fue una tragedia ecológica. Ballenas y otras especies marinas murieron envenenadas hace nueve millones de años por un alga cuyo nombre se desconoce, en la zona que hoy es Caldera, en la Tercera Región. Mientras construían la segunda pista de la Panamericana Norte en 2010, trabajadores encontraron un cúmulo de enormes huesos […]

  • 30 mayo, 2014

Por Fernando Vega

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Fue una tragedia ecológica. Ballenas y otras especies marinas murieron envenenadas hace nueve millones de años por un alga cuyo nombre se desconoce, en la zona que hoy es Caldera, en la Tercera Región.

Mientras construían la segunda pista de la Panamericana Norte en 2010, trabajadores encontraron un cúmulo de enormes huesos que con las excavaciones se convirtieron en uno de los yacimientos de fósiles más completos hallados en Chile y uno de los más impresionantes de los últimos años. En mayo pasado, la británica Royal Society publicó los resultados de esta investigación.

Los trabajos fueron realizados por un grupo de paleontólogos liderados por el estadounidense Nicholas Pyenson, del Instituto Smithsoniano, y los chilenos Carolina Gutstein y David Rubilar, de la Universidad de Chile. En el proyecto participaron, además, el Museo Paleontológico de Caldera y el Museo Nacional de Historia Natural.

Nadie imaginaba que en pleno desierto de Atacama se podría hallar todo eso: 44 cetáceos en perfecto estado de conservación, esqueletos de focas, peces y varias otras especies marinas, algunas incluso jamás antes vistas. A fines del siglo XIX, el naturalista alemán Rodolfo Amando Philippi, había advertido de la presencia de algunos huesos fósiles en la zona, muchos de los cuales hoy forman parte de la colección del Museo Nacional de Historia Natural, en Quinta Normal. Pero, nada como lo descubierto hace cuatro años en esa loma que ahora se conoce mundialmente como “Cerro Ballena”.

¿Cómo fueron a parar estos animales a 37 metros sobre el nivel del mar y a un kilómetro de la costa más cercana?  Durante un largo tiempo se pensó que podrían haber sido arrastrados por un devastador tsunami. Pero la investigación demostró que, aunque hace nueve millones de años esa zona todavía formaba parte del lecho marino, no había rastros de los depósitos que usualmente deja un maremoto. Tampoco existían investigaciones sobre las cuales apoyarse para definir si el estado en que se encontraron los fósiles indicaban que las especies habían sido víctimas de un poderoso tren de olas.

El gran misterio que fascinó a los científicos fue por qué los restos estaban tan completos, bien conservados y en posiciones similares. Casi todos yacían de espaldas y miraban para el mismo lado, como si una enigmática fuerza se hubiese preocupado de dejarlos ordenados para su reencuentro con la posteridad.
La respuesta vino después de largos análisis, muestras y contra-muestras en Estados Unidos y Chile. Los cuerpos de los animales registraban diferentes fechas de muerte y las corrientes marinas hicieron que rápidamente los restos fueran cubiertos por la arena. Ni los grandes depredadores marinos, ni los pocos grandes carroñeros terrestres que en esa época existían en América del Sur alcanzaron a devorarlos. Los animales vararon donde los dejó la marea y terminaron en pleno desierto de Atacama, tras millones de años de actividad geológica.

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Cuando todo ocurrió, Cerro Ballena formaba parte de una ensenada que tenía forma de embudo y que estaba protegida al oeste por una costa rocosa, pero abierta hacia el sur. Esas condiciones geográficas fueron las que permitieron que los cadáveres de los animales se depositaran poco a poco, en capas, gracias al transporte de las mareas. Además, era una zona de mar tranquilo, por lo cual, los cadáveres tampoco fueron maltratados.

Las primeras excavaciones arrojaron tres ballenas y un perezoso acuático a 2,5 metros de profundidad; luego aparecieron otras 3 ballenas a 6 metros; 10 ballenas más, 3 focas y un cachalote a 7 metros; y, finalmente, a 8 metros de profundidad, 15 ballenas adicionales, un delfín y una ballena-morsa, una especie de gigante delfín extinto, que tiene dos grandes colmillos parecidos a una morsa, del cual sólo se habían hallado restos en el norte de Perú. En total, fueron cuatro varamientos distintos que ocurrieron entre 6 y 9 millones de años atrás.

Ese dato sorprendió al mundo científico, puesto que no había registros de varamientos masivos de ballenas en una época tan antigua como el Mioceno Tardío.
Otra arista que arrojó la investigación fue el descubrimiento de especies desconocidas para la ciencia, como una foca o la misma ballena-morsa que, al parecer, es una especie totalmente nueva. En total, se documentaron los restos de nueve vertebrados marinos diferentes. “Aún tenemos que publicar en su totalidad las descripciones científicas de la mayoría de los mamíferos marinos de Cerro Ballena. Serán objeto de investigaciones detalladas que tenemos intención de publicar en los próximos años. Hay muchos años de trabajo que queda por hacer”, advierte Nicholas Pyenson.

ALGAS ASESINAS

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La causa de muerte fueron unas toxinas especialmente letales, contenidas en las algas de las que se alimentaban algunos de estos animales. Un grupo murió por su consumo directo, otro por entrar en contacto con el veneno que éstas producían y un tercer lote encontró la muerte en la cadena alimentaria.

Hasta la fecha, las algas no han sido identificadas, pero las toxinas se relacionan con un fenómeno similar al de la marea roja, en que las floraciones de algas aumentan en presencia de nutrientes como el fierro, que llega al océano. Curiosamente, este tipo de flores siguen apareciendo en la costa de Caldera.
En el mundo actual, la marea roja es una de las principales causas de varamientos masivos de animales marinos, pero muertes de este tipo son muy raras de encontrar en los registro de fósiles.

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Los investigadores utilizaron técnicas de microscopio electrónico para analizar en detalle los sedimentos de Cerro Ballena y encontraron objetos equivalentes a las toxinas producidas por el fenómeno de la marea roja. Además, los huesos de los animales presentaban manchas de color anaranjado, que podrían estar relacionadas con las floraciones de estas nocivas algas. Pero como estaban tan fosilizados y alterados por el paso del tiempo, no pudieron ser identificados. “Sin embargo, todas las pruebas apuntan a la proliferación de algas tóxicas como la mejor explicación para el sitio”, añade Gutstein.

El hecho de que los varamientos se hayan producido en cuatro capas y fechas diferentes, fue una clave de la naturaleza repetitiva del fenómeno.
De hecho, el informe publicado en la revista Royal Society añade que estos florecimientos ocurren naturalmente y que son comunes en las costas globales, pero que en América son potenciados por el hierro que baja desde los Andes. “Es importante notar que la costa sudamericana es uno de los sitios más ricos de hierro en el mundo”, indica el documento.

URGENCIA

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Aunque en la zona de Caldera se comentaba desde hacía varios años de la existencia de los fósiles, no fue hasta fines del 90 que el investigador Mario Suárez comenzó a documentar los hallazgos. Como  profesor de Geología de la Universidad de Atacama, fundó y estuvo a cargo del Museo Paleontológico de Caldera desde el 2003.

En eso estaba, cuando en abril de 2010 la constructora de capitales españoles Sacyr, que realizaba movimiento de tierras en las afueras de Caldera para la construcción de la autopista de doble vía que uniría esa localidad con la ciudad de Vallenar, también en la Tercera Región, le comunicó del hallazgo entre los kilómetros 885.000 y 885.500.

Inmediatamente, Suárez solicitó a la firma paralizar las faenas. La compañía aceptó e incluso pidió al Ministerio de Obras Públicas que sacara ese tramo de la agenda de plazos de la concesión, ya que según un estudio que encargó, tardaría a lo menos cuatro meses en remover todo el material fósil que allí había. Tras varias semanas de análisis, el MOP determinó ampliar el plazo de entrega de la autopista y  dejar un kilómetro entero de extensión sin intervenir, y no sólo los 500 metros donde se hizo el hallazgo.

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En noviembre de 2010, Sacyr anunció que se haría cargo de los costos del rescate, pero no de la ampliación del Museo Paleontológico de Caldera y que la doctora  Gutstein, paleontóloga especialista en cetáceos, apoyaría las faenas. Luego entraron la Universidad de Chile, el Instituto Smithsoniano y National Geographic.
En 2011, finalmente, los paleontólogos examinaron los fósiles y registraron todo lo que quedaba. El análisis tuvo que hacerse a contrarreloj, porque tan sólo tuvieron dos semanas para ello. Únicamente a unos metros pasaban los vehículos por el carril de la carretera que ya estaba completado.

Desde que se descubrieron los huesos hasta el día en que comenzaron las excavaciones, había pasado poco más de un año. Y el Estado no quiso esperar más, ni tampoco modificar el trazado de la autopista. Había obras públicas que inaugurar.

La propia Seremi de Obras Públicas de entonces, Ximena Peñaloza Herrero, afirmó que la doble vía no se modificó porque hacerlo, hubiera significado costos adicionales. Y, después de eso, el tramo fue pavimentado. Hoy, los científicos que participaron en el rescate dicen que es increíble pensar en todos los fósiles que pudieron haber sido destruidos cuando en la década de los 60 se construyó el primer carril de la carretera. Y en todo lo que quedó debajo del asfalto.

PIEZAS EN 3D
Con el escaso tiempo que había, el equipo científico debió disponer de una estrategia casi militar para poder registrar todo. Realizaron cientos de detalladas filmaciones de los animales fosilizados y modelos en 3D de los esqueletos, antes de poner a salvo todos los huesos para seguir investigando en sus respectivos laboratorios.

“Idealmente, nos hubiera gustado más tiempo para estudiarlos. Pueden pasar muchos años para que todas las ballenas puedan ser excavadas”, dice Pyenson. Por ello, crearon modelos digitales de los animales, sus partes y el entorno para seguir estudiándolos. Los investigadores creen que aún quedan cientos de fósiles en la zona, por lo cual consideran que el sitio está a la par del Monumento Nacional de Dinosaurios de Estados Unidos, que posee toda una ladera llena de esqueletos de dinosaurios.

“Sabemos que existe mucho más y lo bueno es que ahora la zona está protegida por el Consejo de Monumentos Nacionales y hay un área específica que el Ministerio de Bienes Nacionales generó como zona de  protección con la idea de exponer en algún momento los hallazgos in situ”, explica Gutstein, quien es investigadora asociada del Insituto Smithsoniano.

Gutstein agrega que lo que viene ahora es publicar en su totalidad las descripciones científicas de la mayoría de los animales encontrados. “Sabemos cómo murieron, pero no mucho más”, explica.

Además, la Universidad de Chile, bajo la supervisión del profesor Alexander Vargas, está tomando el papel de liderazgo con el municipio de Caldera, para establecer un centro de investigación que permita preservar los fósiles que actualmente han sido recogidos y que están guardados en el lugar.

Otra idea que ronda es postular a Cerro Ballena como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. La fórmula, eso sí, aún no está clara. Por ahora, queda mucho que investigar. •••