La edición en español de “El dependiente”, de Bernard Malamud, rescata una novela tan perfecta como olvidada sobre las derrotas del dinero y el corazón.

  • 4 abril, 2008

 

 

La edición en español de “El dependiente”, de Bernard Malamud, rescata una novela tan perfecta como olvidada sobre las derrotas del dinero y el corazón. Por Marcelo Soto.

Hay quienes plantean que la literatura vive un declive y que los grandes autores serían una especie en extinción. Aunque la tesis es discutible, gana asidero cuando advertimos que el mejor libro llegado a nuestras estanterías en el último tiempo es uno que fue escrito hace medio siglo. Se llama El dependiente y su autor, Bernard Malamud, pertenece a la insigne tradición de autores judío-estadounidenses, integrada también por gente como Saul Bellow y Philip Roth.

 

Es probable que el nombre de Malamud (1914-1986) no les diga mucho a los lectores menores de 40, pues sus libros eran hasta hace poco casi imposibles de encontrar en español. Para fortuna de quienes aprecian la narrativa sin concesiones, El Aleph ha comenzado a editar sus títulos, entre los que destaca esta novela publicada en 1957.

 

Como en muchas de sus obras, la acción transcurre en Brooklyn, en los barrios pobres colmados de inmigrantes, para quienes el brillo de Manhattan parece un espejismo. Son tiempos duros, el hambre azota los hogares y aún se respira el odio de la Segunda Guerra. La novela plantea una ingrata verdad, especialmente evidente en momentos de debacle económica: si la vida es difícil para los astutos, resulta insufrible para los honestos. ¿Vale la pena, entonces, hacer lo correcto, aun a riesgo de condenar a tu esposa e hija a la ruina? Tal pregunta es la que aparece como un mosquito en la mente de Morris Bober, incapaz de romper su mala racha. Bober posee un almacén que arroja pérdidas desde hace mucho. Si no fuera por el dinero que aporta su hija, Helen, quien ha debido abandonar sus sueños universitarios para trabajar en una tienda de ropa interior, estarían en la calle. Antes que un héroe, Bober es un modelo de ineptitud. Su bondad se encuentra muy cerca de la obstinación.

 

La suerte del clan sufre un giro cuando llega a la tienda un joven de dudosas costumbres llamado Frank Alpine. El muchacho arrastra mañas antisemitas, pero se siente en deuda con Morris, quien le ha dado trabajo por un sueldo miserable. Igual que Perry Smith, el asesino sensible de A sangre fría, la desgracia ha sido su única compañera. Es un perdedor nato y cuando se enamora de Helen no tarda en estropear las cosas. Entre ambos fluye una corriente subterránea de deseo, insatisfecho y resistido, que podría incendiar un desierto.

 

Pese a su tono moral, El dependiente no debe confundirse con una parábola ni menos con una apología religiosa. No es amable ni con los gentiles ni con los judíos. Aborda con inusual dureza las mentiras y las verdades que ocultan los prejuicios, tanto los de la fe como los de la carne. Imposible salir inmune tras su lectura.