Cualquier repaso de las películas iconos sobre el mundo de los negocios y el dinero debería tomar en cuenta un detalle básico: los cineastas son felices ganando plata, pero a la hora de hablar del tema, rara vez tienen algo edificante que decir. Hay excepciones, claro, como se verá a continuación… Por más que el […]

  • 20 abril, 2007

Cualquier repaso de las películas iconos sobre el mundo de los negocios y el dinero debería tomar en cuenta un detalle básico: los cineastas son felices ganando plata, pero a la hora de hablar del tema, rara vez tienen algo edificante que decir. Hay excepciones, claro, como se verá a continuación…

Por más que el cine sea una suerte de matrimonio imposible entre negocios y arte, las películas siempre han sabido autopromocionarse a través de lo segundo y rara vez por lo primero, como si tener que reconocer el aspecto empresarial del asunto produjese más vergüenza que orgullo, más pudor que disfrute. Lo curioso es que esta incómoda contradicción se ha colado una y otra vez a la hora de narrar historias de negocios y empresa: ya es un lugar común el retrato de las corporaciones como algo maléfi co, fuente de intriga, desmadres y corrupción. Pero, ¿dónde están las historias de emprendedores?, ¿de aquellos que se cuestionan a sí mismos y luego se reinventan?, ¿de quienes le ven el lado bueno a la ambición? También las hay, y se disputan codo a codo su fi guración con las otras en este recuento de los mejores fi lmes de negocios…

CORRUPCION, CORRUPCION

Las prácticas ilegales y, derechamente, la corrupción, han sido terreno fértil cuando Hollywood elige hablar de negocios, sea a través de las mentiras pregonadas al público por las tabacaleras, en la notable El informante (1999), o por el falso oropel que encandila a Tom Cruise al integrarse a un súper bufete, en Fachada (1993). El molde, en cualquier caso había sido cortado años atrás en historias como Suite ejecutiva (1954), donde un elenco de estrellas –William Holden, Fredric March y Barbara Stanwyck– interpretan a un grupo de involucrados en la elección del sucesor del presidente de una millonaria corporación.

Hablando de luchas por puestos de trabajo, ahí están la española El método (2005), sobre los sofi sticados trucos del proceso de selección de personal, y la francesa La corporación (2005), sobre los extremos a los que puede llegar un hombre para conseguir el empleo que desea.

Imperdible: El informante, de Michael Mann. Epifanías fi nancieras Mientras los tiburones de las fi nanzas se dedican a lo suyo, siempre está el caso de quien –negocios y dramas mediante– consigue encontrarse a sí mismo. La idea es que la parábola no resulte muy obvia, ni el idealismo sea relamido. De hecho, esa combinación casi hace naufragar las recientes En busca de la felicidad (2006), donde un empobrecido padre soltero (Will Smith) casi se destruye en su sueño de convertirse en corredor de bolsa, y Un buen año (2006), en la que un broker londinense (Russell Crowe) redescubre el encanto de los placeres mundanos en el chateau francés de su infancia. Bastante mejores son la revelación casi mística que se produce en El gran salto (1994) –la invención del hula hoop– que convierte a un ingenuo empleado en la estrella en ascenso de una megacorporación, y las pequeñas verdades de suburbio que recoge Nicolas Cage en Hombre de familia (2000), a sabiendas que dentro de su egocéntrico hábitat, éstas no son más que espejismos de paso. La última palabra al respecto, la sigue teniendo Jerry Maguire (1996) –quizás el fi lme de negocios más ambiguo de los últimos años–, donde todas las “revelaciones” que descubre el personaje principal prueban ser lo bastante incorrectas para que éste se lance a la búsqueda de otras más perdurables. Imperdible: Jerry Maguire, de Cameron Crowe.

HUMOR EJECUTIVO

A fines de los 80 hubo mucho revuelo cuando se anunció la adaptación de La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe, pero cuando el filme de Brian De Palma llegó a la pantalla (en 1990) todo el drama social del libro se había batido en retirada dejando la tragicómica caída de un yuppie (Tom Hanks) ocupando el lugar central. Mucho menos ambiciosa, pero más efectiva resultó El secreto de mi éxito (1987), con Michael J. Fox como un ambicioso chico de Kansas que fi nge ser un ejecutivo top en la millonaria compañía de su tío, y lo mismo puede decirse de la teatral Dinero ajeno (1991), en la que Danny De Vito iniciaba una OPA hostil para hacerse con la empresa de un esforzado Gregory Peck, o la bizarrísima El socio (1996), que adapta la novela de nuestro Jenaro Prieto a la medida de la comediante Whoopi Goldberg.

Mención aparte merecen la desbocada Un, dos,tres (1961) –donde el director Billy Wilder imaginó a James Cagney como un imparable representante de la Coca-Cola en el Berlín Oriental de posguerra dispuesto a pasar por encima de las diferencias entre capitalismo, socialismo y sentido común– y el musical Cómo tener éxito en los negocios sin intentarlo (1967), sobre un limpiavidrios que trata de abrirse camino en una multinacional siguiendo las instrucciones del libro homónimo. Imperdible: Un, dos, tres, de Billy Wilder.

PELIGROSOS APRENDICES

La vieja fórmula del discípulo que devora al maestro y luego se lanza desbocado hacia su autodestrucción alimenta buena parte de las fantasías financieras de la modernidad, en especial aquellas ambientadas en torno a Wall Street.

En 1987, Oliver Stone ni siquiera se molestó en imaginar un título para su versión de esa fábula, claro que en Wall Street su maestro (el inolvidable Gordon Gekko, de Michael Douglas) resulta tan seductor que le roba la película al jovencito.

Algo parecido ocurre en Secretaria ejecutiva (1988), donde todo el carisma de Melanie Griffith no basta para contrarrestar el magnetismo de Sigourney Weaver, en su papel de jefa insoportable; aunque es más que seguro que la nueva generación recordará mejor a los descarados protagonistas de Ambición peligrosa (Boiler room, 2000), donde un grupo de sujetos se abre paso como brokers sin pensar ni por un minuto que los negocios de su compañía puedan ser ilegales. Este subgénero dista de estar agotado: DiCaprio y Scorsese planean ofrecer su propia versión en El lobo de Wall Street, la autobiografía del corredor de bolsa Jordan Belfort, protagonista de un mega escándalo en la pasada década.

Imperdible: Ambición peligrosa, de Ben Younger.

PSICOPATAS Y DOLARES

La ecuación negocios + psicosis = crimen no parece resistir análisis y sin embargo se le ha sacado respetable punta, casi siempre en clave de comedia negra. Negrísima, en el caso de Psicópata americano (2000), la dispar adaptación de la novela de Bret Easton Ellis, que se salvaba por la cínica actuación de Christian Bale. Mucho mejor –aunque menos conocida– es El factor sorpresa (Swimming with sharks, 1994), donde los continuos abusos de un ejecutivo cinematográfi co (Kevin Spacey, en uno de los papeles de su vida) acaban por volver loco a un tranquilo asistente que decide tomarse revancha de un modo harto más cruel que el empleado por las agobiadas secretarias de la ochentera Cómo matar a su jefe (1980), donde una mojigata Jane Fonda comandaba la partida. Imperdible: El factor sorpresa, de George Huang.

OBRAS MAESTRAS

Seguro que la batalla por el mejor fi lme de negocios tiene que estar comandada por un clásico inevitable: Ciudadano Kane (1941), de Orson Welles, pero al relato de ascenso y caída de este semi fi cticio magnate americano (modelado a partir de William R. Hearst) oponemos tres opciones: la fascinante El poder de la ambición (1994), basada en Glengarry Glen Ross, obra de teatro de David Mamet, que ponía en la estacada a un grupo de vendedores inmobiliarios que deben salvar su pega engatusando a potenciales clientes contenidos en una lista que ha probado ser inservible. Los malvados duermen bien (1960), de Akira Kurosawa, historia de un inmenso desfalco corporativo que involucra humillaciones, suicidios, traiciones familiares y corrupción moral en el Japón de la posguerra y que tal vez sea el fi lme más ambicioso de este director hasta Ran. Y, fi nalmente, Tucker: el hombre y su sueño (1989), la iluminada fábula de Francis Ford Coppola acerca de un visionario del negocio automotriz, quien en los años 50 se jugó por hacer autos más bellos y mejores y que (tal como le ocurrió a Coppola como empresario del cine) resultó derrumbado en su intento, aunque la vida le ofreció más de alguna compensación. Como buen emprendedor.

Imperdible: Cualquiera de las anteriores.