Hace 50 años, un grupo de exiliados cubanos apoyados por el gobierno norteamericano intentó una frustrada invasión a la isla liderada por Fidel Castro. Los trágicos sucesos, por el contrario, sirvieron para consolidar el rumbo marxista de la revolución verde olivo y acentuaron el carácter personalista de la dictadura caribeña. Por Alejandro San Francisco

  • 20 abril, 2011

 

Hace 50 años, un grupo de exiliados cubanos apoyados por el gobierno norteamericano intentó una frustrada invasión a la isla liderada por Fidel Castro. Los trágicos sucesos, por el contrario, sirvieron para consolidar el rumbo marxista de la revolución verde olivo y acentuaron el carácter personalista de la dictadura caribeña. Por Alejandro San Francisco

 

En una creación de 1969, el trovador cubano Silvio Rodríguez escribió una de sus canciones más repetidas en las últimas décadas, titulada simplemente Playa Girón, una de cuyas estrofas señala: Compañeros de Historia,/ tomando en cuenta lo implacable/ que debe ser la verdad,/ quisiera preguntar —me urge tanto—,/ qué debiera decir, qué fronteras debo respetar./ Si alguien roba comida y después da la vida/ ¿qué hacer?/ ¿Hasta dónde debemos practicar las verdades?/ ¿Hasta dónde sabemos?/ Que escriban, pues, la historia, su historia,/ los hombres de Playa Girón.

La letra está dedicada al enfrentamiento de abril de 1961 en Playa Girón, Bahía Cochinos, y era una manera de recordar el éxito militar en una de las batallas más decisivas de la revolución cubana. El cantor revolucionario estaba convencido de que se trataba de una historia digna de ser contada, lo que el poeta chileno Pablo Neruda había comprendido tan temprano como en 1960, cuando escribió su Canción de Gesta, dedicada a Fidel Castro.

La revolución cubana, triunfante el 1 de enero de 1959 sobre las fuerzas de la dictadura de Batista, fue uno de los hitos cruciales de la historia continental en el siglo XX. Cuando los barbudos de Castro y el Che conquistaron el poder, comenzó a escribirse poco a poco una nueva página en la historia de lo que Neruda llamó “el hemisferio oscuro que esperaba por fin una victoria verdadera”.

En un comienzo, la revolución tuvo un apoyo notable y muy amplio en Cuba, y también una favorable reacción en el extranjero. Sin embargo, poco a poco la situación adquirió caracteres más complejos, a medida que se consolidaba la dictadura de Fidel y su grupo más cercano, lo que llevó al alejamiento de algunos de los principales líderes de la lucha contra Batista. Ese fue el caso de Huber Matos, destacado combatiente que cayó en desgracia frente al régimen y fue condenado a veinte años de cárcel, en un proceso dramático que el mismo afectado narra en Cómo llegó la noche, obra autobiográfica de inmenso valor. La revolución comenzaba a tener desafectos, y muchos quisieron aprovechar la situación.

El combate

Hacia 1960 algunos pensaron en revertir el camino elegido por los revolucionarios, y recibieron el generoso aunque no desinteresado apoyo financiero y militar de los Estados Unidos, en una fórmula de la CIA apoyada por la Casa Blanca, para respaldar a una brigada cubana anticastrista que se rebelaría en Bahía Cochinos.

En octubre de ese mismo año el Che Guevara, con su entusiasmo característico, vaticinó que en 1961 Latinoamérica entraría en un punto de ebullición y que se podrían esperar explosiones revolucionarias en diversos países. La situación marchó por un camino diferente, pero que tuvo igualmente consecuencias favorables a la consolidación del régimen de Castro, producto de la invasión cubano-estadounidense a Playa Girón.

La historia fue la siguiente. En abril se produjo un ataque aéreo y la invasión de más de mil exiliados dispuestos a enfrentarse con el orden cubano, mientras Washington buscaban la creación de un gobierno provisional que terminara con el régimen de La Habana y abriera paso a una fórmula que contara con el apoyo de los organismos internacionales del continente, como la OEA. La lucha se desarrolló de manera desigual entre el 15 y el 19 de abril de 1961 y culminó con un rotundo éxito de Castro, que contaba con unos veinte mil hombres para hacer frente a la amenaza. La mayoría de los rebeldes –que mostraron mayor entusiasmo inicial que capacidad militar– fue apresada hasta con facilidad, mientras quedaba una estela de muertos y heridos. El propio Fidel se apersonó en el lugar, recibiendo los parabienes de la victoria, mientras comenzaba a cambiar el escenario político del continente.

Para el líder de la revolución, como afirma en su entrevista a Ignacio Ramonet (ver recuadro), se trataba sólo de “algunos criminales de guerra que se habían ido para Estados Unidos, porque los oficiales y los principales jefes eran casi todos soldados del ejército de Batista, y muchos hijos de terratenientes”.

El presidente de EEUU, John F. Kennedy, se vio en la obligación de explicar la actuación de su administración en los hechos, y en una interesante carta a Nikita Kruschev sostuvo no haber intervenido militarmente en Cuba, pero con la misma claridad expresaba que se había consolidado una dictadura en la isla y que “el pueblo norteamericano no ocultaba su admiración por los patriotas cubanos que quieren ver un sistema democrático en una Cuba independiente”. Adicionalmente, el jefe de la Casa Blanca sugería a su par soviético que esperaba que no se usara la situación cubana como pretexto para inflamar otros lugares del mundo (www.jfklibrary.org)

Las consecuencias

En un discurso pronunciado cuando recién había pasado el primer día del conflicto, Castro resumió muy bien la situación emocional de los cubanos, en medio de aplausos y vítores hacia él y hacia Nikita Kruschev, el líder el Kremlin: “¡Y que esa revolución socialista la defendemos con esos fusiles! ¡Y que esa revolución socialista la defendemos con el valor con que ayer nuestros artilleros antiaéreos acribillaron a balazos a los aviones agresores!” Fidel, que recién había proclamado el carácter marxista del proceso, comenzaba a alinearse con la Unión Soviética, alianza que tendría su momento estelar en la crisis de los misiles de 1962.

El apoyo a Castro creció en otros lugares, en paralelo al rechazo a la intervención norteamericana, sostenido en el tan repetido discurso antiimperialista. Incluso en Chile, como ilustra un interesante trabajo de Joaquín Fermandois, la situación de Bahía Cochinos recibió apoyo de parte de los trabajadores agrupados en la CUT. Salvador Allende, candidato socialista a la presidencia de la república en 1952 y 1958, justificó esta huelga ilegal, contraria a las normas jurídicas vigentes en el país, con la siguiente frase: “es el derecho que tienen los trabajadores a defender, también solidariamente, al resto de los trabajadores del mundo, a los trabajadores de Cuba”.

Los dirigentes cubanos suelen describir el combate de Playa Girón como una “aplastante victoria de las fuerzas revolucionarias y la primera derrota del imperialismo en América”, según recordó Castro en 2001 al celebrar los 40 años de los sucesos. Bahía Cochinos, en palabras de Christopher Andrew, “dio al Máximo Líder una reputación como un revolucionario David envuelto en una heroica lucha contra el Goliat americano”.

En un contexto histórico más amplio, los eventos de abril de 1961 contribuyeron a la consolidación del comunismo en la isla, pero también introdujeron un nuevo factor dentro de la guerra fría, concepto predominante en la política internacional de esos años. Fidel había demostrado la tesis del Che en 1959 con la victoria de su movimiento rebelde: un grupo de guerrilleros puede derrotar a un ejército profesional como el de Batista. Dos años después, evidenciaba –además– que su gobierno podía derrotar a una rebelión que contaba con el apoyo norteamericano. Ambos momentos eran parte de una misma historia, como es la consolidación del régimen comunista en Cuba y de la dictadura castrista.