Soñador persistente, documentalista resuelto, músico por circunstancia e investigador de lo que se le ocurra. Juan Enrique Benítez ha hecho de su vida una gran aventura. Su último gran proyecto es el rescate del submarino Flach, construido y hundido en Valparaíso hace 141 años. Una búsqueda llena de historia, pasión, ironía y belleza. Por Alejandro Gouhaneh

  • 27 julio, 2007

 

Soñador persistente, documentalista resuelto, músico por circunstancia e investigador de lo que se le ocurra. Juan Enrique Benítez ha hecho de su vida una gran aventura. Su último gran proyecto es el rescate del submarino Flach, construido y hundido en Valparaíso hace 141 años. Una búsqueda llena de historia, pasión, ironía y belleza. Por Alejandro Gouhaneh

 

“Con intentarlo ya es suficiente, Sancho”. Don Quijote de la Mancha

 

El enorme pizarrón de la Escuela de Construcción Civil de la UC, estaba repleto de formulas de física tangente, ecuaciones y logaritmos. De pronto, un muy serio profesor de cálculo consulta a sus alumnos si tienen la solución o alguna duda que plantear frente a los ejercicios formulados. Como un resorte, y bien atrás de la sala, se alza una mano, y con un impresionante vozarrón formula la pregunta del millón: “Señor, ¿qué podemos hacer para encontrar la felicidad?”.

 

Obviamente, el díscolo Juan Enrique Benítez, tras la risotada general de la clase, abandonó la carrera. La vida convencional no estaba hecha para él. Pero gracias a ese “momento mágico”, como lo define hoy, supo que era hora de emprender nuevos rumbos. Y así de rápido, al poco tiempo agarró su mochila y junto a tres de sus mejores amigos, abordo de una camioneta Volkswagen, recorrió Europa por casi diez años.

La filosofía que los acompañó durante ese viaje, fue Nayarana, dios del azar. Del destino. Gracias a esta singular manera de enfrentar la vida, todas las dificultades que se les presentaron durante esos años, que fueron de viaje pero también de fuga, las zanjaron con una moneda al aire. Así de simple. Cara o sello.

 

En Europa formaron un grupo musical, tipo Inti Illimani pero sin carga política, no obstante que los convulsionados años 70 pudieron haberlos orientado en esa dirección. A lo mejor, eran demasiado hippies para entrar en ese esquema. Lo concreto es que se dedicaron a cantar en calles, en restaurantes, hoteles y en plazas.

 

Les fue bastante bien. Hasta firmaron contrato con un conocido sello discográfico. Es más: por la misma época, Benítez aprovechó su tiempo libre para estudiar cine en una universidad.

 

Al retornar en 1983, volcó su experiencia y energía al trabajo audiovisual. Fue el autor intelectual de varios exitosos proyectos. Participó, entre otros, en reconocidos programas de televisión como Los patiperros, Caballo de Troya y Entre brujas. También se desempeñó como asesor creativo de Paula Producciones, donde fue el director del programa Visiones del Sur, que se exhibía en las pantallas de Lan Chile.

 

Locuaz, de voz ampulosa y risa fácil, Benítez gesticula como los antiguos sapos de la locomoción colectiva cuando relata sus aventuras. Soñador incurable y enemigo declarado de los tontos graves, dice asombrarse cada día más ante la maravillosa relojería del universo. Cinéfilo a morir, su filme favorito es, lejos, Tucker el hombre y su sueño de Coppola (¿cabía otra posibilidad?). Ahora, más “canoso y un poquito viejo” jura, no obstante, poseer la vitalidad de la sub 20. Optimista obtuso, siempre con la idea de emprender cosas diferentes y romper esquemas, recalca que el único rasgo que nos diferencia de los animales es la terapia de la carcajada.

 

Fue mientras se encontraba en plena faceta creativa de un nuevo programa –Dementes geniales, espacio destinado a destacar la creatividad del chileno– cuando estableció contacto con un singular y notable personaje de la fauna local, Salvador Villanueva, creador del Diógenes, un estrafalario planeador submarino. Sí, tal como lo lee. Quedó fascinado con él. Con su invención, pero también con sus historias. Recuerda que estaba con él en un café de mala muerte del centro de Santiago, donde lo quería reclutar para el programa que quería hacer, cuando Villanueva le dijo que existía una historia mucho más demencial y delirante que la suya y él la tenía que conocer: era la historia de un submarino pionero en este tipo de navegación, chileno por añadidura, que se encontraba hundido en la rada de Valparaíso y que estaba completamente olvidado.

 

Fue la primera vez que escuchó hablar del Flach, submarino construido en 1866, propulsado por fuerza humana y creado por el ingeniero alemán Karl Flach, quien junto a su hijo de 14 años y nueve tripulantes más, perdieron la vida un 3 de mayo de ese mismo año. Habían zarpado para realizar una prueba de navegación y si bien la embarcación se hundió como estaba previsto, el problema es que nunca más volvió a salir a flote. El desastre tuvo lugar muy poco rato después haber iniciado una prueba que a esas alturas ya parecía de rutina, porque ya había realizado inmersiones que fueron exitosas.

 

“Tras unos pocos días de búsqueda –le contó Villanueva– los intentos de rescate fueron definitivamente abandonados, quedando olvidados bajo el mar para siempre los once tripulantes del submarino”. Decir que la historia lo fascinó es decir poco. Benítez la escuchó con emoción y arrebato. Quedó intrigado. Quedó sobrecogido. -Mientras escuchaba me fui deslumbrando. Sentí, tal como en las películas bíblicas, que se habían abierto los cielos para mí. Entraba un haz de luz que caía justo sobre Salvador (además el nombre es perfecto). Entonces me trasformé en un adicto, en un obsesivo del tema. Terminé poseso del espíritu de Karl Flach y su increíble submarino. No estoy hablando retóricamente.

 

Incluso llegué a vender mi propia casa para poder sacar adelante este proyecto. Qué duda puede caber. En sus palabras hay pasión, hay entusiasmo, hay convicción. Benítez se convirtió literalmente en un hombre sin límites, decidido a convertir sus sueños en realidad, se lanzó contra los molinos de viento para recuperar una proeza fatídica, un testimonio perdido, una aventura extraordinaria que ha estado haciendo falta en la memoria histórica chilena.

 

-Cuando terminé de escuchar la historia del Flach se me cruzaron muchas imágenes en la mente. Me vi en traje de buzo. Me vi sumergiéndome a 40 metros de profundidad. Me vi como un Indiana Jones del siglo XXI.

 

En función de lo que ha ocurrido después, no fueron imágenes disparatadas. Más bien, fue la sinopsis de una extraordinaria película que estaba por comenzar.

 

 

 

Operación Flach

 

 

Lo primero fue aterrizar el proyecto. El desafío era mayúsculo y había que salir a la caza de auspiciadores. Tras casi ocho meses articulando una quimera que pudiera sonar factible y convincente, Benítez no hizo otra cosa que consagrarse al Flach. A tanto llegó su obsesión que abandonó la totalidad de sus trabajos para dedicarse exclusivamente al rescate del submarino. No solo de las aguas profundas del puerto, sino también de la conciencia histórica nacional.

 

Los primeros apoyos vinieron de la Universidad SEK. En el Departamento de Arqueología Marina del plantel le dieron un gran respaldo y lo ayudaron a profesionalizar la búsqueda. Posteriormente se unió al proyecto la Armada de Chile, que puso a su disposición un multifacético equipo de ingenieros, buzos tácticos y técnicos. Para la institución “resultaba imposible no unirse a este histórico proyecto”.

{mospagebreak} 

Sin embargo –lo de siempre– faltaban los recursos. Para eso, el primer objetivo del documentalista era lograr que sus propios amigos y los más cercanos creyeran en la empresa. Si no se la creían ellos, muy difícilmente Benítez lograría convencer a otros. “Al principio –reconoce– no fue fácil. Porque te creen loco o simplemente te preguntan ¿qué diablos ganas tú con todo esto?”.

 

Incluso un conocido animador de televisión le prometió formar una sociedad y hacerse cargo de una buena parte del financiamiento si el proyecto llegaba a contar con el beneplácito de la Armada. Dice que fueron juntos a la reunión con el contralmirante Cristián Millar y su alto mando y salieron más que satisfechos con la primera respuesta de los marinos. Lo raro es que hasta el día de hoy nunca más supo de su amigo. Menos de su tan seguro aporte. Entonces recurrió a su primer círculo de amistades solventes. El primero en manifestarse fue Manuel Francisco Urzúa, “Mae”, viejo lobo de mar y por diez años presidente del Club Náutico Oceánico. Después, convenció en 15 minutos a un generoso Emilio Cousiño, de la viña Cousiño Macul, y muy poco después matriculó –por amistad, pero también porque además es porteño y porque tiene con el mar una conexión tremenda– a León Avayú, de Indumotora, representante de Subaru.

 

Dando testimonio personal de su fe en el proyecto, tomó en seguida la dolorosa decisión de vender la casa, en que había vivido casi 20 años. Tenía que cambiarse a un departamento más económico, aunque aún así le seguía faltando plata para llevar adelante la operación.

 

-Un día, mientras almorzaba con un amigo en el Club de Polo, advertí que en la mesa de al lado estaba Nicolás Ibáñez. Esta es la mía me dije a mí mismo. Lo esperé por espacio de casi una hora hasta que se levantó de la mesa. Y, literalmente, lo asalté. Hubieras visto la cara aterrada de ese hombre. Le pedí solo cinco minutos para explicarle el proyecto. Ciertamente me escuchó porque a los dos días tenía a Líder como auspiciador.

 

Las cosas estaban funcionando. Por esa época también se había unido a la aventura Dag Von Appen, de Ultragas, después de un intenso período de franco acoso. Fue tanto, que uno de los principales gerentes de la empresa lo enfrentó un día y le preguntó “hasta cuándo sigues fastidiando, por qué no nos dejas trabajar tranquilos”.

 

Hubo entonces plata para la investigación y preproducción del operativo. Pero faltaba la parte más dura. Faltaba la búsqueda misma.

 

 

El ingeniero Karl Flach y su hijo. El chico tenía 14 años cuando se embarcó con su padre. Al lado, los planos del submarino, que el equipo investigador logró encontrar en Inglaterra. Facsímil de la primera hoja de la carta dirigida por un comandante británico al almirantazgo dando cuenta del hundimiento y de las faenas inmediatas de rescate del Flach.

 

 

 

El esperado encuentro

 

 

Una vez que el Consejo de Monumentos Nacionales autorizó la operación, y ya integrado al equipo Jorge Nelson Cepeda, jefe del Departamento Hidrográfico de la Armada y experto historiador, se dio el vamos al primer intento concreto de identificación de los restos del submarino hundido hace 140 años.

La primera búsqueda partió con gran entusiasmo, pero terminó en decepción. El 21 de diciembre del 2006 esa etapa de la indagación concluyó sin resultados positivos.

 

El desencanto fue general. Los ánimos del equipo quedaron por el suelo. Tanto esfuerzo, tanto sacrificio y tantas ilusiones para nada. Luego de unas semanas de “reflexión”, durante las cuales Benítez incluso fue a ver en busca de mayores pistas a Isabel Ávila, la conocida mentalista de Chimbarongo, los ánimos mejoraron. Los auspiciadores volvieron a respaldar un segundo intento y no pasarían muchos días hasta que Sebastián Piñera hiciera también suya la causa.

{mospagebreak} 

Los ánimos –para qué decir una cosa por otra– se recuperaron en un dos por tres. El fuego volvió a encenderse. Con gran optimismo y espíritu de equipo, en abril de este año partió la segunda etapa de la búsqueda. Esta vez en la carpeta de la investigación obraban nuevos antecedentes. El equipo había encontrado en las cartas marítimas la posición exacta que tenían las boyas de la Compañía Sudamericana del Pacífico (latitud y longitud) en 1886. Estos datos se georreferenciaron con las cartas actuales de Valparaíso y confirmaron que el área de búsqueda designada era la correcta.

 

Además, Jorge Nelson Cepeda, que había realizado una minuciosa investigación, encontró en los Archivos Nacionales de Inglaterra (TNA), el único plano existente del submarino Flach. Por primera vez el equipo pudo apreciar las formas de la embarcación siniestrada y conocer la carta que el comandante Michael de Courcy había dirigido al Almirantazgo británico, describiendo con todo lujo y detalles las operaciones que se hicieron en los primeros intentos de rescatar del Flach entre el día siguiente del hundimiento, el 4, y el 12 de mayo de 1866.

 

Pues bien, el sábado 21 de abril de este año, cuando los buzos de la Armada volvieron a la superficie en medio de un hermoso atardecer, venían ya con otra cara. Volvieron impactados por un extraño montículo que encontraron en el fondo de la rada, en el punto 84, y que reunía todas las características del submarino que andaban buscando.

 

Largo, ancho, profundidad, forma ovalada… Todo parecía coincidir. Lo increíble es que la operación había tenido lugar exactamente el mismo día y mes, pero 141 años después, de que Karl Flach, hiciera su primera prueba de navegación con su submarino en Valparaíso. Más que una coincidencia, parecía una vuelta de mano de la fatalidad.

 

-Cuando supimos que podía ser el Flach, sentí una emoción inmensa, indescriptible, una mezcla de pena y alegría… una especie de alumbramiento, un desgarro interno. Como que algo había vuelto a la vida. Sentí un tremendo agradecimiento hacia todos los que creyeron en mí, y en especial por aquellos pioneros olvidados en el fondo de la rada, esos heroicos hombres que dieron su vida por este país. Todo indicaba que finalmente los habíamos encontrado. La historia está teniendo un final feliz.

 

En estos momentos solo falta que el Consejo de Monumentos Nacionales, otorgue una nueva autorización, ahora para remover parte de los sedimentos que cubren el objeto encontrado. La solicitud fue enviada el pasado 15 de junio, y “en cosa de semanas”, debería estar aprobada, ya que faltaba alguna información, pero nada trascendente, explica Oscar Acuña, secretario general del organismo.

 

Falta lo menos. Mientras tanto, el Flach y sus tripulantes siguen esperando. Lo han estado haciendo durante 141 años. Ahora están a punto de salir de las profundidades.

 

 

 

La locomotora Flach


Fue obra de la fatalidad haber elegido el peor de los días posibles para conversar con Sebastián Piñera, uno de los auspiciadores más activos de la operación Flach. Esa misma mañana había sido notificado de la multa por cerca de 360 millones aplicada por la Superintendencia de Valores y Seguros a raíz de su historiada adquisición de acciones de Lan luego de una reunión de directorio de la empresa. Sin embargo, la sorpresa fue mayúscula cuando un distendido y entusiasta Piñera dejó a un lado su problema y recibió a Capital para hablar sobre una de sus nuevas pasiones: el submarino Flach.


-En primer lugar debo decir que Juan Enrique Benítez, debe ser una de las mentes más geniales y creativas de este país. Estoy feliz de colaborar con este magnífico proyecto.


Siento que aporta mucho a la recuperación de la memoria histórica de Chile. Piñera dice que antes que Benítez lo contactara había leído sobre el Flach, así como también conocía la historia del submarino Hunley, construido en 1861, el primer submarino de América, solo cuatro años antes que su símil chileno. El Hunley fue usado por los norteamericanos en la Guerra de la Secesión. Según él, el Flach pudo haber sido una proeza porque fue ideado antes que Julio Verne escribiera 20 mil leguas de viaje submarino, libro en el cual el mítico Nautilus ingresó para siempre al imaginario de muchas generaciones.


El día en que Benítez le escribió un mail, resumiendo su idea en menos de una página (al grano, porque Piñera detesta las divagaciones y los memos interminables), el dueño de Chilevisión supo de inmediato que estaba ante una maravillosa aventura, de la que sería muy difícil restarse. Como es de rigor en su caso, el hombre ya ha elaborado una doctrina en torno a proyectos de esta naturaleza: “Debe ser bueno para el alma, aportar con memoria histórica y con belleza a nuestra sociedad y debe generar entusiasmo, motivación… sobre todo pasión”. Requisitos que cumple de sobra la búsqueda del Flach.

 

 

 

 

“¿Y si se chinga?”


Entre 1865 y 1866, Chile y Perú libraron una absurda guerra contra España. El presidente de Chile de esa época, José Joaquín Pérez, convocó a los empresarios a realizar nuevos inventos para generar armas de defensa, cuya finalidad fuese proteger los puertos chilenos. La infamia del bombardeo a Valparaíso no podía repetirse.


A raíz de la exhortación presidencial, el gobierno recibió muchos proyectos, bastante arriesgados para la época, para construir naves llamadas en ese entonces “buques cigarros” o rudimentarios submarinos, con el objetivo de atacar sorpresivamente a la flota invasora.


Francisco Encina en su Historia de Chile dice que “un enjambre de inventores de torpedos, brulotes, minas eléctricas, buques cigarros (submarinos), casi la totalidad semilocos, asediaban a toda hora al gobierno chileno, ofreciéndole sus inventos que destruirían infaliblemente la escuadra española”.


Finalmente, se construyeron dos prototipos de submarinos. Uno fue el del ingeniero Gustavo Heyermann, en Santiago. Su engendro tuvo un penoso desenlace. Apenas tocó agua se hundió. El otro fue el del ingeniero y astillero alemán Karl Flach, que realizó varias pruebas de navegación en la bahía de Valparaíso con resultados satisfactorios.


La obra del alemán, avecindado desde hacía años en el puerto, correspondía, al quinto submarino de la historia y al primero construido en Sudamérica. El invento era relativamente simple. Fabricado enteramente en fierro, tenía un largo de 12,5 metros y un peso cercano a las cien toneladas. Se impulsaba a propulsión humana, con pedales que movían sus dos hélices, y se hundía con un ingenioso sistema de arrastre de pesos de un lado a otro de la nave. La embarcación contaba con dos cañones y una escotilla. Pero no tenía periscopio, de suerte que cada tanto el buque debía salir a la superficie para saber si iba en la dirección correcta.


Según los cronistas de la época, después de un par de pruebas, Flach estaba tan complacido por el desempeño de su invento, y tan seguro de sus potencialidades, que decidió invitar al presidente de la República a participar en uno de “sus paseos”. José Joaquín Pérez rechazó prudentemente la invitación. Lo hizo muy a la chilena. Luego que le explicaron como funcionaba la nave, de qué modo se hundía y de qué modo volvía a salir a la superficie, el mandatario dejó metido al alemán con una sola frase. “¿Y si se chinga?”. Hasta ahí no más llegó la invitación. Se salvó el presidente. Pero se hundió un submarino. Más que una pregunta, la del presidente fue una premonición.