Veinte años no destiñeron los colores de la trilogía de Kieslowski –recién lanzada en blu ray–, pero los transformaron en otra cosa. Una más interesante..

  • 15 diciembre, 2011

Veinte años no destiñeron los colores de la trilogía de Kieslowski –recién lanzada en blu ray–, pero los transformaron en otra cosa. Una más interesante.. Por Christian Ramirez  

Es inevitable que el modo en que nos acercamos a las películas vaya cambiando con el paso del tiempo. Lo que alguna vez nos llenó el gusto tal vez hoy tenga sabor a nada. Lo que ahora denunciamos quizás se vuelva parte de nuestro equipaje en el futuro.

Del mismo modo, la sola idea de que una historia, un objeto o una imagen signifique lo mismo para siempre, la empobrece de inmediato, la liquida. Pienso esto a propósito del callado y espléndido regreso en blu ray de la Trilogía de los colores de Krzysztof Kieslowski: Azul (1993), Blanco (1994) y Rojo (1994), que a principios de los 90 llenó páginas y páginas de la prensa cinematográfica, de espectáculos y hasta del corazón. Tan insistente fue la cobertura que por un momento uno pensaba que lo que se estaba promocionando no eran películas sino los aromas de un perfume, con su respectivos looks y rostros femeninos. ¿Qué hacía Kieslowski –sí, el serio director de El decálogo– metido ahí en medio? ¿No se ahogaba en medio de tanta vacuidad? Al parecer sí, porque una vez libre toda esa locura, anunció su retiro del cine con apenas 54 años y dejó París por su Varsovia natal para a escribir una nueva trilogía, basada en la Divina Comedia. No iba a ser: en marzo del 96 moría de un sorpresivo ataque al corazón, dejando tras de sí lo que a todas luces era un legado inconcluso. A menos que sus Tres colores pudieran considerarse una suerte de testamento visual, pero ¿lo eran?

A veinte años del rodaje casi simultáneo de los filmes, y con el necesario cambio de perspectiva como aliado, todos los que en su momento miramos con desconfianza la aventura no tenemos otra que reconciliarnos con ella, y no porque el tiempo la haya convertido en un nuevo clásico. La razón es harto más simple: fue una de las últimas ocasiones en que los europeos consiguieron esa anhelada síntesis entre lo culto y lo popular, presente en algunas de las mejores obras de la posguerra: Los 400 golpes (1959), La dolce vita (1960), Il sorpasso (1962), Los amores de una rubia (1965).

De golpe, Kieslowski le recordaba a su audiencia la delgada línea que unía espalda con espalda el arte y la entretención, lo que se hace evidente al hacer la contabilidad de lo que estos “colores” habían generado en su medio: la consagración de Juliette Binoche como musa non plus ultra del cine arte (o “con pretensiones de”), el bello rostro de Julie Delpy, que regresaría luego en Antes del amanecer y Antes del atardecer; la huella musical del compositor Zbignniew Preisner (presente todavía, en la banda sonora de El árbol de la vida, 2011); la empoderada figura de su productor, Marin Karmitz, hoy convertido en virtual mecenas/tirano del mercado fílmico de la mano de su compañía MK2 y, claro, no olvidemos el modelo mismo de comedia dramática + protagonista femenina + cuidada dirección de arte, que nos ha torturado desde entonces (¿se acuerdan de Amélie?) y que acabó por asquear hasta la propia Binoche, ex chica símbolo y ahora arriesgada actriz de carácter.

Los años, además han permitido alivianar el peso de “obras maestras instantáneas” que las películas cargaron desde el principio y así tomar algo de distancia de sus tramas: la viuda de compositor que recompone su vida mientras averigua que su historia de amor y felicidad no era tal (Azul), el polaco que -destrozado tras el fracaso de su matrimonio- acepta la tarea de matar a alguien por contrato, mientras la vida no para de reírse en su cara (Blanco), el extraño lazo que se genera entre un juez retirado y una joven modelo cuyo rostro comienza a estar presente en gigantescos avisos por la ciudad (Rojo). Los colores de la bandera francesa. Libertad, Igualdad y fraternidad, en teoría; pero que al mirar las cintas se transforman en parte de algo que es harto más que un mero eslogan para vender entradas, revistas o publicidad: no hay que olvidar que los Tres Colores de Kieslowski aparecieron en el mapa en los días estelares de la Unión Europea –su fecha de estreno, 1993, coincide de hecho, con la del Tratado de Maastricht que le dio el “vamos” a la UE- cuando el sueño de la libre circulación, de un continente sin muros, unido por una moneda y valores comunes, parecía al alcance de la mano y lógica conclusión de un convulso siglo XX. Filmes previos como Las alas del deseo (1987) de Wim Wenders o Passion (1982) de Jean-Luc Godard habían introducido la necesidad de dejar de pensar en Europa del este y el oeste, pero Kieslowski apostó de golpe a la idea de que un polaco como él podía “europeizarse” filmando en París, sin peligro de afrancesarse en el proceso.

El tiempo le dio la razón: sin sus ficciones pannacionales la puerta no se habría abierto para gente como Lars von Trier, José Luis Guerín o Michael Haneke, cineastas esencialmente europeos que han construido su trabajo fuera de su país, usando idiomas ajenos y aplicando pragmatismo allí donde Krzysztof había puesto curiosidad y voluntad: ello porque el continente que les ha tocado retratar es un territorio de fragmentación, levantamiento de barreras, intolerancia y galopante crisis económica: la tierra de Dogville (2003), En construcción (2001) y La cinta blanca (2009).  Algo de esa cruel ironía ya estaba presente en la Trilogía, pero en esos días la belleza y el glamour que venían incluidos en el paquete ayudaban a atenuarla. Hasta Kieslowski estaría de acuerdo en que los tiempos ya no están para esos trotes.