Estaba en Tunquén, en familia. Comiendo salmón a la parrilla. Se paró. Crack. El menisco de la rodilla estalló como un carbón recalentado. Mal. Muy mal. En su pierna izquierda, Delfina ya tenía una rodilla artificial. Y, para certificarlo, en el living de su departamento muestra la larga cicatriz, levantándose la bata roja, de geisha, […]

  • 11 marzo, 2013
Delfina Guzmán

Delfina Guzmán

Estaba en Tunquén, en familia. Comiendo salmón a la parrilla. Se paró. Crack. El menisco de la rodilla estalló como un carbón recalentado. Mal. Muy mal. En su pierna izquierda, Delfina ya tenía una rodilla artificial. Y, para certificarlo, en el living de su departamento muestra la larga cicatriz, levantándose la bata roja, de geisha, mientras conversa animadamente, dopada por toda la medicación.

“Eso se llama fatiga de material”, le dijo el traumatólogo cuando la veterana llegó a verlo a su consulta. “Mira huevón, basta con que esté enferma. No tienes para qué, además, tratarme de vieja”, respondió ella.

-¿Y esto es lo peor que le ha pasado o ha tenido algo peor? –pregunta el entrevistador.

-Ay, no sé. Ya con lo de la otra rodilla había quedado mal. Con decirte que, bajo los efectos de la anestesia, a todo el mundo le decía que me habían puesto una próstata.

-Jajaja. ¿Y funciona bien?

-Mal. Una mierda. Las rodillas son fregadas y ahora tengo ambas súper cagadas.

-Ni me diga: ya me fallan las dos.

-¡Qué horror! ¡Tan joven! Qué tremendo es esto de la discapacidad ¿no? Yo siempre he sido muy movediza y esto me ha obligado a un estado de…

-¿Entrega? ¿Sumisión?

-Nada. Humillación; eso que afecta aún más que el dolor.

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Vale la advertencia: esta es una entrevista de fin de verano. Una conversación sin mayor ambición, a la hora del Paracetamol y el Ibuprofeno, con esta icónica maestra del teatro y del humor más deschavetado. Una conversación algo disgregada, cierto; pero cuyo principal destino es capear el asfixiante calor que aún se vive en Santiago y que algo disminuye en cuanto la nana/enfermera ofrece una Coca-Cola Light al reportero.

-¿Le duele? –pregunto.

-La pregunta idiota –dice la enfermera.

Tal para cual.

***

Delfina Guzmán, la estrella de Dama y obrero, la teleserie –realizada por la productora de Alex Bowen– con la que TVN volvió a golpear la mesa, pone cara de sorpresa. Luego ríe, cambia de tema y dice que sí, que la teleserie estaba bien, aunque ni tanto, lo único es que odiaba ir a las grabaciones “A Huachalomo”, dice ella en vez de Huechuraba. “De verdad que odiaba ir ahí… ¡Un frío! ¡Un calor!”

-Perdona… ¿De qué estábamos hablando? –dice Delfina.

-No sé. Hablemos de lo que se viene. ¿Hay planes para el 2013?

-Claro y de hecho estaba a punto de empezar a ensayar cuando pasó esto de la rodilla. El problema es que el dolor te pesca… ¡Y es tan fuerte! ¿Sabes? Yo antes a los futbolistas sólo los odiaba.

-¿Y ahora?

-Me dan pena. Con razón hablan tantas estupideces. Es que es imposible que algo les quede en la cabeza con tanto golpe. Pobrecitos. Son tan tontos los futbolistas ¿no?

-Supe que estará en una obra.

-Sí, una muy interesante que está escribiendo Rafael Gumucio, Rafaelito chico, a quien conocí recién nacido.

-Y que, digámoslo, a veces también habla como futbolista.

-Rafaelito es un degenerado para hablar, pero es muy inteligente y muy culto. La obra es sobre su abuela, Marta Rivas, la mujer de Rafael Gumucio padre: Gumucio Vives, gran político chileno, que sí que era honorable. Yo lo adoraba.

-¿Y qué pasa con Marta Rivas?

-Entramos juntas a la Escuela de Teatro de la Chile. Y en esa época coincidimos cuatro mujeres bastante particulares: Marta Rivas, Tencha Bussi, Raquel Parot y yo.

-Tencha Bussi ¿viuda de Allende?

-Claro; yo conocí mucho a Salvador. Para mí siempre fue Salvador, el marido de la señora Tencha; una mujer hecha y derecha, de al menos 40 años, que estudiaba teatro. Ten en cuenta que, en ese tiempo, una mujer en vez de estudiar debía prepararle el pisco sour al marido y, en la tarde, ponerse las pestañas postizas.

-¿Y qué tal la señora Tenchita como actriz?

-Pésima. Pero matea.

-Bueno ¿y de qué diablos va a escribir Gumucio?

-La historia de su abuela. Un ser absolutamente extraordinario.

-Claro; las abuelas son extraordinarias.

-La mente de Marta Rivas era de una increíble libertad. Ella era un ser muy delirante, muy inteligente, con un pensamiento agudo y profundo, con mucha cultura detrás y, además, una cosa muy chilena, muy inmediata, muy de la calle. Marta era profesora de historia y de francés. Y, finalmente, mujeres como ella y la Tencha vivían en medio de los artistas de aquel tiempo. Gente que era considerada marginal, auténticos locos a los que todo el conservadurismo se les tiró encima desde un primer minuto. Me refiero a personalidades como Enrique Lihn o Jorge Edwards, a quienes no se les trataba con seriedad… Ay.

Delfina hace una mueca de dolor.

-¿Está bien? ¿Le duele algo?

-Ahora estoy bien. Pero qué tema es este… Siempre se habla del dolor emocional, pero nunca del dolor físico.
***

Aprovecho el ay y resumo.

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Delfina es hija de un próspero ingeniero que hizo fortuna vendiendo chancado para las líneas del ferrocarril, pero que hizo mal negocio cuando invirtió lo ganado en limones, en el campo de su padre en El Monte; una pésima idea que terminó llena de pulgones. El caballero era un volado. Según Delfina “un imbécil adorable que no creía en la fumigación”.
Delfina vivió en el campo. Luego en Santiago Poniente y, finalmente, en la calle Huelén, cerca del Parque Japonés y del colegio inglés al que llegó tras ser expulsada de las monjas del Universitario Inglés.

Su papá era fanático de Hitler y bailaba zapateo americano. Y a ella le encantaba todo lo alemán, hasta que en el nuevo colegio se enteró del Holocausto. Ya crecidita, primero se casó con Joaquín Eyzaguirre, con quien tuvo dos hijos. Luego con el director Gustavo Meza, con quien tuvo dos más.

A poco andar, sorprendió a todos en el momento en que, muy decidida, ingresó a la Escuela de Teatro de la Chile en la que, entre otros, estudiaba Víctor Jara. Militó en el PC. Se salió. Después fue Delfina así no más.
***

Continuamos.

-Sigo sin entender qué es lo que hace tan especial a esta señora Rivas. ¿Sus circunstancias?

-Bueno, ella fue hija de un hombre que fue exiliado por Ibáñez, el padre de ella… ¿Cómo se llamaba?

-Rivas.

-Lo olvidé. Pero piensa en una señora muy pituca, rubia, bonita, con pinta de polaca y preciosos ojos verdes que, en la obra, es entrevistada por su nieta. De hecho la obra se llama La Grabación y mientras eso se va dando le cuenta, por ejemplo, que partió exiliada a Francia pero que ella había sido una exiliada feliz. Y ya en la Embajada de Venezuela, mientras dormía bajo un escritorio, esperando salir del país, había podido leer mucho. ¿Resumen? Marta siempre fue considerada una mujer extravagante, pero debajo de esa extravagancia había una libertad para entender las cosas de otro modo.

-¿Y siempre estuvo casada con Rafael Gumucio Vives?

-Nunca se separaron. Ella siempre contaba que sabía que él le ponía el gorro, pero daba igual. “¿De qué te vas a espantar? Hay que dejarlos no mas”, decía la Martita.

-O sea esto se trata de rescatar la memoria de…

-Un Chile loco, un Chile sin amarras, un Chile sin subterfugios, un Chile en complicidad con la poesía, la literatura y el arte. En el fondo un Chile libertario.

-Un Chile que…

-… cagó pues mijito. Chile se ha ido hundiendo en la mazmorra que ha impuesto la derecha. El Chile actual siempre apunta a la cautela y eso porque le quitaron los impulsos. Es por eso que las planificaciones y toda esta huevonada del mercado me la meto por donde mejor me cabe. No me interesa para nada.

-Y en su caso particular, esto de recuperar la memoria, ¿le provoca?

-A mí la memoria me juega a favor y en contra. A favor porque lo he pasado muy bien, a pesar de que sufrí con la dictadura de Pinochet. Y en ese sentido tengo ciertas similitudes con la Marta; un profundo desprecio por esa derecha que nada ve en este país tan lindo. Los de la derecha hablan todo el tiempo estupideces: sólo las cosas que a ellos les interesan. Por otro lado, la memoria me ha jugado en contra porque me da vergüenza haber sido tan privilegiada. Comí bien todos los días de mi vida, no tengo hambres atrasadas. Tuve colegios buenos. Papá y mamá casi todos los días de mi vida.

-¿Le jugó en contra ser pituca?

-Fíjate que no porque era mucha la pasión por lo que estaba haciendo. Era tanto el amor que tenía por el teatro, tanta la entrega que mis compañeros siempre me juzgaron por eso y no por otra cosa. Aparte después me metí, en Concepción, al Partido Comunista.

-Y se arrepintió.

-No tanto. Es que los quiero mucho. Era madre de cuatro niños, hacía teatro y no podía diversificar tanto mis quehaceres porque no me alcanzaba el tiempo. Después me di cuenta de que mi mejor pelea frente a estas estructuras asquerosas del mercado eran la cultura y el arte. Ése es mi mundo. De ahí soy. Más que de la oligarquía.

-A propósito de cultura, los últimos meses han sido especialmente intensos para los músicos y realizadores chilenos. ¿Siguió la entrega de los Oscar?

-Los esperé. Además yo trabajé en No; hice un papel chiquitito. A los Larraín los encuentro unos cabros tremendamente valiosos.

-Otros pitucos en la cultura. A veces es bueno ¿no?

-Afortunadamente hubo familias en Chile que cuando iban a Europa –e iban a cada rato– no solamente iban a comprar, sino que también al cine y a conocer a los grandes escritores.

-¿Conoció a Hernán Larraín padre?

-Mucho. Somos contemporáneos y, finalmente, Juan Cristobal Meza, mi hijo que es músico, terminó trabajando con ellos. Un día le dije: mira lo que son las cosas, tanto que nos pelamos y finalmente nuestros hijos terminaron tan cercanos. Hernán siempre perteneció a la UDI y, en más de una ocasión, cuando alguien me ha preguntado qué hubiera hecho si me hubiera tocado un hijo gay, yo respondo que peor hubiera sido un hijo de la UDI. Pero bueno: a todos los Larraín les tengo mucho cariño. He sido testigo de que tanto Hernán como la Tere han tenido el respeto más profundo por la libertad de sus hijos. Algo curioso porque eso no es propio de los momios, sino de las mentes libres. Hernán Larraín ha sido un atípico padre de derecha.

-Paulina García fue otra que la rompió.

-He trabajado con ella y la he dirigido y es una cabrita que se merece todo el éxito que está teniendo porque todo lo ha hecho con mucho esfuerzo. Paulina es una madre ejemplar y una actriz tremendamente aperrada. Francamente, este ha sido un año muy bueno para Chile. Hay una nueva escena que, pese a todo, se alza junto a una televisión sin sentido, sin futuro; eso sí es que sus dueños siguen siendo empresas autosustentables. Tanto en este gobierno como en los de la Concertación se ha invisibilizado a la cultura. La cultura ha pasado a ser un accesorio. El Estado chileno ha favorecido a los empresarios pero ¿ha favorecido a los artistas? En Chile se nos olvidó pensar. ¿Y sabes por qué?

-¿Por qué?

-Porque nos quedamos sin lenguaje. De tanto imitar a los norteamericanos nos quedamos sin palabras. Hoy todas las palabras están escoltadas. Lo bueno es que con esto de los Oscar y el Festival de Berlín se impone una nueva moda y, como los chilenos somos copiones, con complejitos, siempre tomamos las modas.

-¿Se queda en el 7? ¿O Nicolás se la lleva al 13?

-Para mi ha sido bien difícil esta historia porque yo estoy en el 7 hace muchos años y no quiero moverme de ahí, a menos que me echen a patadas. Pero ¿sabes?, no quiero dar opiniones de esto porque respeto a Nicolás y no quiero ponerle mala onda, mala leche.
***

-Este año se cumplen 40 años del asesinato de Víctor Jara. ¿Lo conoció en la Escuela de Teatro?

-Sí, claro. De hecho trabajé con él en una obra muy bonita que se llamaba La Maña. Además, luego de trabajar en Concepción con el Teatro Itinerante, Víctor –que estaba en un curso más abajo– me llamó para que ingresara al Ictus. Fue por Víctor Jara que llegué al Ictus. Y ahí estuve con Jaime Vadell y Nelson Villagra. Villagra, a propósito, era muy amigo de Víctor. Nelson, que era de Chillán, era pobre como las ratas y siempre andaba recogiendo puchos del suelo. A la hora del almuerzo, Víctor sacaba unos sándwiches con dulce de membrillo y queso que le preparaba la Joan. Él se enojaba y le decía que cómo podía comer esa mierda, que los hombres comían prietas, chunchules. Éramos unos pendejos todos. Víctor Jara debe haber tenido poco más de 20 años.

-¿Y cuando desaparece, usted se pregunta dónde está?

-Claro, porque yo era muy amiga de Bélgica Castro y de Alejandro Sieveking, que fueron los que encontraron el cadáver. Lo de Víctor fue y sigue siendo feroz. Curiosamente, fue con este caso que a la derecha le cayó la chaucha de lo que significaba la cultura. De todas partes preguntaban –y siguen preguntando– ¿qué pasó con Víctor Jara?

-Se acaba el gobierno de Sebastián Piñera. ¿No la terminó de convencer aunque sea un poco?

-Ahí tienes otro problema en mi vida.

-¿Cómo?

-Yo soy muy de emociones y fíjate que él siempre fue extremadamente cariñoso conmigo. Yo muchas veces le pedí plata para el teatro. Muy patuda iba a su oficina, tú sabes, la pitucada se conoce, y él siempre me dijo que sí. Entonces qué te puedo decir… Yo le decía: ¿cómo te puedes meter con estos rotos de la UDI? Y él me respondía que por qué no me metía a RN. No me importa decirlo. Le tengo mucho cariño a Sebastián Piñera.

-¿Le cree a Velasco?

-Lo encuentro muy capaz. Y ni hablemos de la Consuelo, porque esa mujer es un 7: colaboradora, inteligente, vital, seca. Me encanta. Ay mi hijito ¿qué quieres que te diga?

-Dígame qué espera de este año de elecciones. ¿Le cree aún a Michelle?

-Adoro a Michelle; fue compañera de mis hijos cuando tenían 17, 18 años, y siempre he dicho pobre cabra. Cuando yo lo pasaba bomba, andaba en bikini todavía con mis nietos y tenía el teatro que era la felicidad total, ella estaba metida en esos rollos monstruosos de la Concertación. Qué atroz.

-Ya, pero usted le tiene cariño a Velasco. Y ni hablar de MEO. ¿Entonces?

-Ah, no, está claro. Yo votaré por Michelle. El punto es qué le exijo ahora con mi voto. Y mi petición es que ordene todo esto y que transforme la mini política en política de verdad.

-¿Y qué clase de política es la de Golborne?

-No sé, es como raro él. No me calza por ningún lado. Lo encuentro amorosito. Ah, y me fascina el pelo que tiene.

-¿Y le cree a Allamand?

-Lo encuentro atractivo, pero es muy facho. Ah, y tiene unas niñitas adorables, muy buenas actrices. Así es que no quiero pelear.

-Mire, está menos peleadora que antes.

-Sí, es verdad. A estas alturas ¿para qué pelear? •••