Santa Olga, el pueblo maderero que se transformó en epicentro de la destrucción tras los incendios del verano de 2017, vuelve a armarse. Y lo hace con un colegio que pretende marcar pauta en políticas públicas de educación, basado en tutorías e infraestructura de vanguardia de la mano de Desafío Levantemos Chile, Educación 2020 y Correa 3.

  • 15 marzo, 2018
Fotos: Verónica Ortíz

“Ayudemos a apagar el fuego. Tenemos que hacer algo como familia”. Camila Lería Luksic mandó el mensaje al whastapp donde participan todos sus tíos, primos y abuela materna, y se subió a un helicóptero de la fundación Desafío Levantemos Chile. Cuando aterrizó en Santa Olga ese 27 de enero de 2017, la tierra aún ardía. El día antes, el pueblo maderero ubicado a 20 kilómetros de Constitución había sido arrasado por las llamas, llevándose mil casas a su paso. Todo era gris, los olores fuertes, las cenizas cubrían el aire y cuatro metros de escombros tapaban el suelo. Era un infierno.

Había que actuar rápido. Con su padre, Óscar Lería; su pololo; su hermano Óscar y Cristián Goldberg, presidente de la ONG, tomaron guantes, palas, y comenzaron a limpiar el terreno. Regresaron dos días después al lugar. Otra vez. Y otra más… “Cuando vas, no puedes parar. Hay que seguir hasta que aportas algo real”, cuenta Camila en el libro La magia existe, de la fundación que fundó Felipe Cubillos, que retrata las historias detrás de los incendios del verano pasado.

El mensaje en el whatsapp familiar tuvo repercusión: primero la donación de una casa, luego Andrónico Luksic se comprometió a financiar una semana de operación del Super Tanker y un primo se anotó con el préstamo de un helicóptero para trasladar gente de la fundación Desafío a la zona.

“¿Y si hacemos algo más grande?”, volvió a tipear.

En eso, Nicolás Birrel, director ejecutivo de la ONG, tocó la puerta de la Fundación Luksic, que preside Paola (mamá de Camila). Tenía un proyecto ambicioso en sus manos: construir un nuevo complejo educacional en Santa Olga de cinco mil metros cuadrados que abarcaría a mil alumnos desde la sala cuna hasta cuarto medio, con un sistema de educación polivalente, es decir, formación científico-humanista y también técnica. “Tirémonos con todo”, recuerda Camila que dijeron.

Tocando puertas

El verano de 2017 se quemaron 600 mil hectáreas en Chile: es decir, el tamaño de Bélgica. El fuego partió en Paredones a mediados de diciembre, luego se incendió Valparaíso –donde desaparecieron 220 casas– y ya después se propagó sin control por todo el país. Santa Olga fue el epicentro de la destrucción: sin viviendas, ni colegio, ni terminal de buses, ni jardín infantil, ni sede de bomberos, ni comercio, ni nada. “Esto era lo mismo que Chernóbil”, cuenta Birrel.

La película para Desafío estaba clara: para comenzar a volver a la normalidad, lo primero que debían asegurar era que los niños tuvieran un lugar donde educarse, para que sus padres pudiesen regresar a sus trabajos y dedicarse a reconstruir sus casas. Así, mientras echaron a andar un plan de viviendas –levantaron 250 casas en 250 días, e hicieron una villa sustentable–, comenzaron a ejecutar el plan educacional.

“Nosotros somos articuladores. No somos expertos en nada, así que dijimos vamos a conseguirnos las mejores fundaciones en educación para hacer un programa de última generación enfocado en tecnología del siglo XXI. Vamos a contratar a los mejores arquitectos y a las mejores constructoras para que hagan de esto un chiche. Pero eso cuesta muchísima plata. Así que como los recursos son limitados, partimos a hablar con cada una de las compañías para que nos donaran”, cuenta Birrel.

La primera fue CMPC, a quien le pidió una importante donación en madera. La respuesta fue positiva. De ahí le solicitó a Melón un aporte en hormigón. Otro sí. Con los insumos básicos listos, Birrel se puso otro objetivo: levantar cinco mil millones de pesos.

Partió por la Fundación Luksic. Ambas entidades ya habían trabajado juntas en proyectos educativos (aunque de menor envergadura). De la reunión con Paola Luksic salió con un cheque por dos mil millones de pesos. Siguió a Consorcio, que se anotó con otros mil, luego la familia Said Handal 250 millones más… hasta que llegó a la meta.

El espiral

El mismo 27 de enero, el arquitecto Eugenio Correa, socio de Correa 3, partió a la zona afectada. En terreno se encontró con Cristián Goldberg, que estaba con un equipo de la Cámara Chilena de la Construcción organizando la remoción de escombros. Ese mismo día, Correa acordó presentarle a la fundación una solución para reubicar a los escolares.

La historia de Correa 3 con Desafío es larga y potente: Sebastián Correa, uno de los socios de la firma, murió junto a su mujer Catalina Vela cuando el avión que viajaba a Juan Fernández –con Cubillos y Felipe Camiroaga– cayó al mar. Si antes del accidente la oficina trabajaba con la ONG, desde entonces la unión se estrechó.

Sentado en su oficina en Ciudad Empresarial, con los planos del proyecto de 4.600 m2 sobre la mesa –que está en plena construcción, a dos meses de ser entregado– y varias láminas de los render, Eugenio cuenta que han trabajado en más de 80 proyectos educacionales de emergencia. Todos temporales, para dar soluciones rápidas a catástrofes. El de Santa Olga es el primero que será definitivo, y es también el más ambicioso.

Mirado desde el aire es “un gran abrazo”, dice. Dos en realidad: uno para el colegio (con forma redonda) y otro para el jardín infantil y sala cuna (con forma triangular), que se emplazan en un terreno de unos 20 mil metros cuadrados. “Vengan para acá, que los vamos a acoger”, es el mensaje que buscan transmitir.

La forma del colegio en espiral parte con las salas de primero básico y sigue en orden hasta llegar a cuarto medio. Desde ahí está la puerta para que los alumnos salgan al mundo cuando terminen su ciclo de aprendizaje. “La vida también te puede hacer perder el camino, están las tentaciones, y esas aperturas son a este mundo natural que rodea al colegio”, explica Correa mientras muestra algunas de las puntas que escapan del círculo. Al centro están las salas de prebásica con un patio protegido, rodeadas por las salas de profesores y laboratorios.

El complejo tiene un gran casino que será utilizado como sede comunal, una biblioteca abierta, un gimnasio techado para todos los vecinos y un anfiteatro en la mitad del patio, donde pueden acceder todos los estudiantes sin importar la edad.

La aprobación del proyecto no fue fácil: desde el Mineduc les pedían patios privados para evitar el contacto de los mayores con los menores, cosa a lo que se opusieron los arquitectos. “Hay una preocupación enorme por esto de la pedofilia y nosotros creemos, al revés del ministerio, que la mejor forma de proteger a los niños es que todo sea abierto, transparente”, explica.

Birrel cuenta que hubo que pasar por ocho anteproyectos hasta llegar al definitivo. “Me acuerdo una vez que le pregunté a Alejandro Aravena por su experiencia en la construcción de colegios en el norte de Chile. Y me dijo tres cosas: primero, tienes que ser brutalmente honesto con las comunidades. Segundo, tienes que escucharlas no cinco o diez veces, sino que cien. Y tercero, vas a tener al menos siete anteproyectos. Y es lo que nos pasó. Yo había llegado con una oficina de arquitectos espectacular, con un diseño que para mis hijos habría sido de otro nivel. Pero esta comunidad tiene otra percepción, otras necesidades. Aquí aprendimos lo que es el diálogo social”, dice.

Durante cinco meses, la fundación, los arquitectos y el Mineduc se reunieron una vez a la semana, hasta que en junio del año pasado el proyecto arquitectónico estuvo listo.

“Pero cuando surge esta idea de aprendizaje en forma de espiral, nos dimos cuenta de que esto era un 50% del trabajo”, asegura Marcela Gutiérrez, coordinadora del área educación de Desafío. “Si queremos que el complejo sea un cambio cultural en la comuna, tenemos que meternos al proyecto educativo”.
Es cuando entra Educación 2020.

El fondo

“El nuevo liceo viene a solucionar una demanda histórica”. Lo dice Hugo Olivares, el director del antiguo establecimiento Liceo Enrique Mac Iver. Una de las primeras tareas a las que se abocó cuando asumió en el cargo en 2011 fue desarrollar un nuevo colegio, porque la infraestructura existente –que partió como una escuela en 1928 y había sido ampliada con mediaguas innumerables veces– simplemente era “vergonzosa”. Pero el proyecto nunca vio la luz. Lo único que avanzó fue en la compra de un nuevo terreno de dos hectáreas donde emplazar un nuevo complejo. Estaba en eso cuando llegó el incendio.

Lo que tanto Olivares como Desafío tenían claro es que el colegio tenía que impartir oficios técnicos. “Hoy hay madera y por eso hay pega, pero en un año y medio más no va a quedar, y todos estos jóvenes van a tener que trabajar en otras cosas”, dice Birrel. Por eso es que el año pasado comenzaron a enseñar electricidad y desde el próximo se agregarán dos oficios: gasfitería y otro por definir del área tecnológica.

En septiembre de 2017, al mismo tiempo que se puso la primera piedra de la construcción, Educación 2020 presentó su propuesta: instaurar una red de tutorías, a través de la cual los mismos niños imparten sus conocimientos a sus pares. La idea prendió de inmediato en Desafío. Con el proyecto más aterrizado, en noviembre ambas entidades fueron a Santa Olga a presentárselo a la comunidad, luego a los profesores y finalmente a la municipalidad. El 25 de enero firmaron el acuerdo y en marzo comenzó su ejecución.

“La gente cree que porque tienes una malla curricular establecida no puedes hacer ninguna diferencia. La puedes hacer toda: puedes meter actividades extraprogramáticas, oficios, talleres, puedes darle el giro que tú quieras. Y el sistema que nos planteó Educación 2020 ha tenido resultados abismantes en México”, cuenta Birrel.

¿Cómo funciona? Consta de tres etapas que se hacen en 18 meses, donde primero se “enseña a enseñar” a los docentes, luego estos integran sus conocimientos al aula durante siete meses y la tercera etapa es la escalada desde los niños a sus pares, explica Víctor Morales, director de sustentabilidad de Educación 2020. El mismo sistema se está implementando en 34 colegios subvencionados de La Araucanía, Puente Alto y Panguipulli.

Apuesta futura

En Santa Olga hace calor. Los cerros quemados por todos lados no permiten olvidar ni por un segundo la tragedia que ocurrió un año atrás. Además del camino pavimentado que atraviesa el pueblo, y que conecta con Talca y Constitución, hay nuevas calles pavimentadas, villas con casas blancas y rojas –aún deshabitadas–, quioscos rojos modulares, un nuevo terminal de buses que se inauguró el martes pasado y máquinas de construcción. Poco a poco, las personas del pueblo intentan volver a la normalidad. Cambel Donoso (10) es uno de ellos. En su impecable uniforme escolar con chaqueta azul cuenta que le gustaría ser futbolista, que está viviendo en Constitución mientras les entregan la vivienda familiar y que tiene ganas de volver a Santa Olga. “Me dio pena igual que se haya quemado el colegio porque no era ni comparado al de Conti (donde fueron relocalizados de manera temporal los alumnos), que es más chico y hay muy poco espacio”, dice.

Un grupo de 95 personas trabaja a tiempo completo en la construcción del complejo educacional para cumplir con la entrega de la obra en los primeros días de mayo.

“Los niños llegan contando ‘tía, nos tuvimos que meter en un túnel de fuego, las fotos que teníamos se nos quemaron’. De repente suena la ambulancia que pasa de Talca a Constitución o al revés, y ellos gritan ‘¡incendio!’ y se asustan”, cuenta Denisse Yévenes, directora del jardín infantil Personitas, que se ubicará en el triángulo del nuevo centro. “Hemos tenido sicólogas que nos ayudan, pero todavía hay mucho trabajo por hacer”, agrega.

“La idea es que el complejo no quede como una anécdota”, dice Marcela Gutiérrez. “Queremos sistematizar este modelo de educación y proponer la red de tutorías como política pública”.

Eugenio Correa también cree que lo que se está haciendo en Santa Olga es el punto de partida para algo mucho mayor: “Yo creo que hay cosas que el Mineduc va a tomar de acá como cambio a la manera de educar. De pasar de colegios súper segregados, a una comunicación mucho más abierta, colaborativa, de relaciones, donde todos coinciden en un punto de encuentro. ¡Si esa es la mejor forma de educarse, transmitiendo experiencias, emociones! ¡No se puede educar sin emociones!”.

Para Birrel, el proyecto se resume en cuatro palabras: ícono de la reconstrucción.