Nuestros hábitos televisivos han cambiado en 180 grados. Ahora lo que se usa es ver temporadas enteras de nuestras series favoritas de una sentada, aunque podamos terminar con indigestión.

  • 19 marzo, 2009

 

Nuestros hábitos televisivos han cambiado en 180 grados. Ahora lo que se usa es ver temporadas enteras de nuestras series favoritas de una sentada, aunque podamos terminar con indigestión. Por Mauricio Contreras.

Debido a la nostalgia uno puede echar de menos Dallas o Starsky y Hutch, pero seamos sinceros: las nuevas series son mucho más adictivas –y, en general, mejor escritas y mejor producidas- que las ochenteras. Y no sólo eso. También han cambiado los hábitos para ver estas producciones.

La culpa la tienen títulos como Lost o Los Soprano, que desarmaron el viejo esquema al que estábamos habituados y sobre el cual nos criamos televisivamente: una costumbre que tenía ciertas reglas, como ver las series el mismo día, a la misma hora y en el mismo canal. Los lunes eran para Dinastía; los martes llegaba Alf; el viernes nadie se perdía Tres son Multitud y los domingos, ante de preparar la maleta escolar, había que seguir las aventuras de Lobo del Aire. Así todo calzaba perfecto.

Veinte años después muy poca gente se sienta a ver su serie favorita a la hora en que la programan, por muy fan que sea. Por el contrario, lo que se está usando ahora es tragarse una temporada completa en poco tiempo, sin perderse un capítulo y con la posiblidad de poner pausa para prepararse un sandwich o destapar una cerveza. La idea es saciar toda nuestra curiosidad televisiva de una tirada.

Evidentemente, el mundo ya no sintoniza con dramas como los de Joan Collins y Linda Evans en Dinastía. Esa epoca “reaganiana” de ver televisión se hizo pedazos; para empezar, el tiempo que hoy se destina a la pantalla chica ha disminuido drásticamente por el uso de Internet. Y de esperar la programación de cada canal, pasamos a la idea de verlas cuando queramos, consiguiendo las copias que dan vueltas por ahí o simplemente comprando la caja entera con 6 discos para tener un fin de semana sólo viendo tele.

Me pasó con 24, la aclamada producción de Kiefer Sutherland. He visto sus seis temporadas de un pencazo y cuando me senté a seguir por Fox cada lunes la séptima no tuvo mucha gracia: aparte de que se me olvidaba en qué había quedado la historia, se esfumaba la adrenalina de terminar un capítulo y de inmediato ver el siguiente. Decepcionado, decidí esperar a que salga el DVD, para tener todos los episodios en mi casa a plena disposicón. Libertad total es la consigna. A veces, luego de pasar horas frente a la pantalla viendo mi serie favorita, me surge la duda: ¿por qué la necesidad de este atracón televisivo? Si alguien hace unos años hubiera comentado al llegar al trabajo que estuvo viernes, sábado y domingo viendo las aventuras de Jack Bauer, hubiese sido catalogado como loco o antisocial. Hoy uno lo comenta con los amigos y es de lo más normal. Incluso es considerado como gran panorama, para solteros, casados y con niños. Buen picoteo, unas cervezas y maratón de series, para no ver ni el sol ni la luna.