El posible regreso de Michelle Bachelet enerva a sus detractores y abundan los ataques, tanto personales como políticos. Los ataques personales –como son las recriminaciones por el tsunami– obedecen a la desesperación. El ataque político, en cambio, obedece a la estrategia de instalar un marco de debate favorable para la campaña (o “frame”). El […]

  • 23 febrero, 2013

 

El posible regreso de Michelle Bachelet enerva a sus detractores y abundan los ataques, tanto personales como políticos. Los ataques personales –como son las recriminaciones por el tsunami– obedecen a la desesperación. El ataque político, en cambio, obedece a la estrategia de instalar un marco de debate favorable para la campaña (o “frame”).

El frame es el siguiente: el gobierno de Bachelet fue un mal gobierno y la gente la quiere sólo por simpatía; el gobierno de Piñera es un excelente gobierno, que no ha sabido comunicar sus logros, pero que ha enrielado al país hacia el desarrollo. La conclusión es doble: Bachelet no debe volver a gobernar, y el país no debe alterar el rumbo de Piñera.

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El frame de la derecha se basa en derruir el legado de Bachelet, tarea que no ha dado resultado. Primero, porque choca contra la opinión experta. Líderes mundiales, académicos, organismos multilaterales, columnistas y prensa extranjera alaban a Bachelet y su prestigio no hace sino crecer en el ambiente internacional. ¿Estará todo el mundo equivocado? Pero además, el ataque choca contra el sentido común de los chilenos, quienes guardan, mayoritariamente, un buen recuerdo de la ex presidenta y de su gobierno. ¿Estarán todos hipnotizados?

El gobierno de Michelle Bachelet fue un buen gobierno. Lo central es que logró delinear un proyecto histórico y enrielar sus distintas políticas hacia dicho proyecto: la construcción de un modelo socialdemócrata moderno, que propone el desarrollo de una economía de mercado junto a una potente acción del Estado para corregir fallas, evitar abusos, igualar oportunidades y equiparar resultados.

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La protección social fue el sello. La reforma previsional, el plan Auge y el seguro de cesantía (estos dos últimos venían del gobierno de Lagos, pero fueron fuertemente ampliados y perfeccionados durante Bachelet), lo que hacen es dejar atrás el modelo neoliberal de protección social, donde el ciudadano debe arreglárselas por sí solo frente al riesgo, sea ahorrando por su cuenta o comprando seguros privados. En estas tres políticas, el Estado pasa a tener mayor preponderancia. Probablemente no toda la que muchos en la izquierda quisieran, pero el dogma individualista se ha roto. Junto a ello, el programa Chile Crece Contigo logró instalar a la primera infancia y la construcción de salas cuna y jardines infantiles como prioridad nacional.

Darle un contenido histórico a su gobierno es algo que Piñera no ha logrado hacer. El actual se ve como un gobierno de inercia y asistencialismo, sin transformaciones profundas, porque se trata de un gobierno dirigido por personas demasiado satisfechas con el statu quo.

El gobierno de Bachelet se atrevió con reformas complejas. Las cuatro políticas ya mencionadas modificaron estructuras, crearon servicios, demandaron financiamiento, readecuaron procesos y normas. También se reformó por completo la justicia laboral, menores y familia, lo que demandó la creación de nuevos tribunales y nuevos procedimientos. Se creó una nueva institucionalidad en materia ambiental, con un nuevo ministerio y servicio, nuevas reglas, e incluso, nuevos tribunales.

Tuvo el coraje de aprobar e implementar la Ley de Transparencia. En educación, se implementó la subvención escolar preferencial y se derogó la antigua Loce. No se logró derogar el lucro, es cierto. Pero Bachelet lo propuso al Congreso y fue objeto del veto de la minoría amparada en el ilegítimo quórum de 4/7.

Todos los gobiernos dejan obras públicas. Es inoficioso listar carreteras, puertos, aeropuertos, hospitales o consultorios, porque todos los gobiernos dan lo mejor de sí y construyen esas obras. El actual gobierno, por ejemplo, ha cumplido razonablemente con la difícil tarea de reconstrucción post-terremoto (aunque en el resto muestra bajas cifras de ejecución presupuestaria e inversión).

Pero son pocos los gobiernos que logran, a partir de esas obras, constituir un legado memorable. Y Bachelet lo hizo. El Centro Cultural Gabriela Mistral y el Museo de la Memoria son hitos de cultura y dignidad en la ciudad. Se relevó como nunca el deporte, gracias a los estadios Bicentenario en Temuco, La Florida, Coquimbo, Chillán, Quillota, Curicó, Puerto Montt, Copiapó (los últimos cuatro inaugurados por el actual gobierno). Pensando en la administración de Piñera, ¿en qué momento el proyecto “Mapocho Navegable” pasó a ser una simple laguna?

El contexto económico internacional fue determinante. Durante la segunda mitad de su gobierno, Bachelet tuvo que enfrentar la mayor crisis financiera desde 1929. Esa crisis –hoy se olvida– golpeó a nuestros cuatro principales socios comerciales (América latina, Europa, Estados Unidos y China). Hoy día sólo Europa se mantiene en problemas, mientras que los otros tres se encuentran en plena recuperación. Chile sorteó exitosamente la crisis gracias al gobierno de Bachelet. Su política sentó las bases del crecimiento económico actual.

Como todo gobierno, el de Bachelet no fue perfecto. Hubo tropiezos evidentes, como Transantiago. Hubo objetivos intentados, pero no alcanzados, como derogar el lucro en la educación o cambiar el sistema binominal. Los ciudadanos son los llamados a ponderar todo aquello.

Pero el balance es positivo. Tanto por gestión, por resultados, pero especialmente, por el camino delineado. Los chilenos vieron en su gobierno un camino progresista de transformaciones posibles y sensatas. No todas se cumplieron. No siempre se avanzó a la velocidad deseada. Pero el rumbo hacia una socialdemocracia moderna quedó claramente delineado. De ahí la confianza del pueblo y las ganas de que ella vuelva. •••

1Disclaimer: El autor fue asesor de la presidenta Bachelet.