Luís Benítez iba a vivir toda su vida literalmente encapsulado en una burbuja. Pero un buen día se encontró con el montañismo, que no solo lo sacó del encierro a que lo condenaba el asma, sino que lo puso innumerables veces en las cumbres más altas del mundo, Everest incluido. Y probablemente seguiría en eso, si no fuera porque en 2006 vio como eran asesinados tres refugiados tibetanos a metros del campamento base del Cho Oyu. Más de mil personas vieron el tiroteo, pero solo él sacó la voz. Hoy aun sufre las consecuencias de su atrevimiento.

  • 26 noviembre, 2008

 

Luís Benítez iba a vivir toda su vida literalmente encapsulado en una burbuja. Pero un buen día se encontró con el montañismo, que no solo lo sacó del encierro a que lo condenaba el asma, sino que lo puso innumerables veces en las cumbres más altas del mundo, Everest incluido. Y probablemente seguiría en eso, si no fuera porque en 2006 vio como eran asesinados tres refugiados tibetanos a metros del campamento base del Cho Oyu. Más de mil personas vieron el tiroteo, pero solo el sacó la voz. Hoy aun sufre las consecuencias de su atrevimiento. Por Federico Willoughby Olivos.

Para el montañista Luis Benítez (37) no existen los límites, sólo los desafíos. De niño, y por culpa del asma, los doctores lo encerraron en una burbuja que, si bien mantenía los microbios al margen, lo obligaba a seguir el mundo a través de una ventana de plástico o de las imágenes del National Geographic que –debidamente esterilizadas– le hacían llegar.

Luis, revistas mediante, empezó a descubrir y añorar el mundo que lo esperaba allá afuera. Un mundo que quería conocer a toda costa. Y fue así como se obsesionó por encontrar un doctor que, en vez de cambiarle la receta del inhalador, le diera una solución real. Buscó y buscó, hasta que, con 10 años, encontró a un especialista que no sólo lo sacó de la burbuja, sino que lo subió a la montaña, donde sus pulmones se hicieron fuertes, respirando el aire más delgado que ofrecen las alturas.

Su vida empezó en ese instante. No sólo superó sus problemas de salud, sino que también se enamoró de la montaña y del mundo outdoor. Su primera cumbre fue el volcán ecuatoriano Cotopaxi (Benítez es norteamericano, pero su padre nació en Ecuador y solía pasar los veranos en ese país). Tenía 16 años, estaba a más de 5 mil metros de altura y apenas podía respirar, pero sabía que había encontrado su destino.

Lo que siguió fue una cuidadosa preparación en las artes del montañismo, la escalada en hielo, el ski y básicamente todas las técnicas relacionadas con la montaña y el aire libre, estudios que combinó con un degree en Ciencias Políticas en la Universidad de Missouri. Así, a los 20 años fue contratado como profesor y guía por Outward Bound, una organización sin fines de lucro especializada en ocupar el aire libre como plataforma de educación.

Ahí estuvo hasta 1998, cuando Alpine Ascents, una de las empresas líderes en diseñar expediciones para empresas, lo contrató para que organizara y dirigiera los ascensos de sus clientes. Con ellos alcanzó las cumbres más altas del mundo (incluido el Everest, que ha subido seis veces) y además lideró múltiples expediciones en todos los rincones del planeta.

En 2004 se volvió independiente y actualmente reparte su tiempo siendo guía para expediciones corporativas y enseñando liderazgo en el único lugar donde cree que se puede aprender: la montaña.

-¿Cuántas cumbres has alcanzado?

-Cerca de cien. Empecé subiendo montañas a los 16 años y desde entonces, además del Everest –que he subido regularmente desde hace 8 años–, he viajado por todo el mundo haciendo cumbres. Me dedico mucho a guiar expediciones de altos ejecutivos, que usan el montañismo para aprender y perfeccionar valores como el liderazgo y el trabajo en equipo.


-Hace 10 años no era tan popular llevar a los ejecutivos al Everest o a cumbres de alto desafío. Antes la cosa iba más por baños termales y retiros fuera de la ciudad…

-Actualmente, las empresas quieren que sus ejecutivos tengan una experiencia diferente. Algo que sea potente, algo que les produzca miedo, que los haga enojarse, que los ponga incómodos. Que sientan y procesen cosas que después puedan rescatar para su vida diaria. Ir a la montaña no es precisamente una charla que un ejecutivo se va poder saltar o de la cual se va distraer porque le llegó un mensaje a su blackberry. No hay posibilidad de levantarte para chequear el mail. Allí, si alguien no pone atención al proceso, si no está atento a lo que está pasando, puede ocurrirle algo malo. Esa magia, ese arte, es lo que las compañías buscan.

-Explícame más de ese “arte” del que hablas.

-Guiar es un proceso que no sólo tiene que ver con subir una montaña, sino con lo que uno aprende de sí mismo en esa subida. Por eso yo les digo a mis clientes que no es tanto el vehículo que eliges (subir montañas, cruzar campos de hielo, hacer kayak por fiordos), sino que la conversación que ese “vehículo” te provoca. Ese es el arte para mí. Nadie puede tener una experiencia en la montaña y no ser cambiado.

-¿Qué le puede enseñar una montaña a un CEO?

-El trabajo en equipo, la humildad, mantenerse fuerte frente a la adversidad y el desafío y, lo más importante, el ser capaz de definir los objetivos adecuados al momento que está viviendo. Si tú empiezas pensando en la cumbre el primer día, te vuelves loco. Hay que ser capaz de administrar los objetivos: cada día tiene su propia cima, las cuales, a la larga, te harán llegar a la cumbre.

-En 1996, ocho personas murieron un día 11 de mayo tratando de subir el Everest en una expedición pagada. La tragedia sembró muchas dudas sobre cuán comercial podía ser subir la montaña más alta del mundo… ¿Han cambiado las cosas desde entonces?

-Ese fue un día terrible para el montañismo y hay un libro que se llama Into the thin air que lo documenta muy bien. Pero desde entonces muchas cosas cambiaron. Ese accidente significó revisar todo lo que se estaba haciendo entonces en cuanto a guiar expediciones comerciales. El entrenamiento para guías actualmente es muy distinto al que se hacía hace 12 años. Antes, la gente no tenía idea de lo que estaban haciendo. Si eras un guía o un experto en montañismo te podías considerar afortunado por el solo hecho de subir. Entonces, si tenías a una persona adinerada que estaba dispuesta a pagarte para que lo llevaras, perfecto.

-¿Y actualmente?

-Hoy en día necesitas poder leer el clima, tener sistemas de comunicación satelital, manejar niveles de logística avanzados. Es como manejar una pequeña empresa por dos meses. La industria cambió, se volvió más profesional.

-Pero se convirtió en una industria…

-Absolutamente. Es cosa de ver los números. A un cliente subir el Everest le cuesta entre 20 y 35 mil dólares. Entonces, si tienes un equipo de 10 ó 15 montañistas ya tienes unos 200 mil dólares por expedición. Y si tienes entre 15 y 20 expediciones al año, ya estamos hablando de un negocio multimillonario. Una comunidad que vale millones de dólares y que sólo está ahí durante dos meses al año. Llegas, armas tu campamento, subes, vuelves, tomas tus cosas y te vas. Es un gran negocio.

 

 

“IR A LA MONTAÑA NO ES PRECISAMENTE UNA CHARLA QUE UN EJECUTIVO SE VA PODER SALTAR O DE LA CUAL SE VA DISTRAER PORQUE LE LLEGO UN MENSAJE A SU BLACKBERRY. NO HAY POSIBILIDAD DE LEVANTARTE PARA CHEQUEAR EL MAIL. ALLI, SI ALGUIEN NO PONE ATENCION AL PROCESO, SI NO ESTA ATENTO A LO QUE ESTA PASANDO, PUEDE OCURRIRLE ALGO MALO”.

 

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-¿Se perdió el lado romántico del Everest?

-Es una pregunta que me hago constantemente. Vas a la montaña como líder, estás en la carpa todo el día viendo papeles, pensando en la logística y no tienes tiempo para sentarte y ver el sol ponerse, y realmente disfrutar el estar ahí… Definitivamente, con la tecnología el asunto es distinto a como era antes. Hay teléfonos, puedes mandar mails, revisar Internet…

Disparar a matar

Benítez es probablemente uno de los mejores escaladores y guías del mundo. No sólo ostenta el record de mayor cantidad de subidas consecutivas a la cima del Everest (cuatro en cuatro años), es también el responsable de haber guiado al atleta ciego Erik Weihenmayer a esa cumbre y además ha logrado seis de las siete cimas más altas del planeta (incluyendo el Macizo Vinson, en la Antártica).

Con todo ese curriculum como guía, cualquiera pensaría que su agenda debería estar copada al menos hasta el 2012. Sin embargo, lo cierto es que Benítez cada vez sube menos a la montaña, o por lo menos, al Everest.

Todo cambió el 30 de septiembre de 2006, cuando vio cómo fuerzas chinas dispararon a un grupo de tibetanos que trataban de escapar del Tíbet. “Yo estaba liderando una expedición a la cumbre del Cho Oyu, la sexta más alta del mundo. Justo frente al campamento base existe un pequeño corredor que une el Tíbet con Nepal y es habitual que lo usen como un paso ilegal. Ese día había cerca de 50 personas intentando cruzar, a las cuales un grupo de la policía que estaba apostado ahí les empezó a disparar”.

-¿Disparos de advertencia?

-No, no. Directo al cuerpo. Ese día, y a consecuencia del tiroteo, murieron 3 tibetanos, incluyendo una mujer.

-¿Y qué hacían ustedes mientras pasaba todo esto?

-Quedamos en shock… Yo esperé algunos días y escribí un artículo desde mi carpa y lo mandé a un sitio web de unos amigos donde les contaba la historia y les pedía que lo publicaran, pero sin mi nombre. Teníamos que salir de ahí y no sabía cómo podían reaccionar las autoridades chinas.

-¿Y qué pasó?

-Lo publicaron y CNN, la BBC, las grandes compañías de noticias se colgaron, y ya pronto lo supo todo el mundo. Por ser algo sumamente delicado sólo le conté a mi guía asistente lo que había hecho. Decidimos cancelar la expedición e irnos.

-Pero igual la gente se terminó enterando de que fuiste tú.

-Claro. Pasó que el guía asistente, a mis espaldas, fue donde las otras compañías que operan subiendo al Everest y les contó lo que yo había hecho. Y para mi sorpresa, en vez de apoyarme, me trataron de loco y estúpido. Me acusaron de querer perjudicarlos y me sacaron en cara que con mi acción estaba poniendo en juego toda la operación y que el gobierno les podía quitar los permisos para subir el Everest.

-¿Y volviste a trabajar con esas empresas grandes?

-No lo he intentado; principalmente, porque yo sigo hablando de lo que sucedió. De hecho, estoy preparando un libro con los detalles del incidente y claro, estas empresas no quieren saber nada de mí.

-¿Las cosas cambiaron para ti desde el tiroteo?

-Sí. Solía estar en las montañas un 80% del tiempo con clientes corporativos y sólo un 20% trabajando el tema del liderazgo o subiendo montañas menos glamorosas. Ahora, en cambio, el 80% del tiempo trato de enseñar liderazgo y sólo uso el 20% para guiar hombres de negocios a las cumbres.

-¿Y has vuelto a pisar territorio chino?

-El Everest tiene dos lados, uno en el Tíbet y el otro en Nepal. Yo no voy a volver a escalar por el Tíbet, me rehuso. Incluso, cuando el año pasado la antorcha olímpica subió el Everest de la mano de un equipo chino, yo boicoteé el Everest. No fui. Estoy convencido de que es momento de hacer un cambio: como guía y montañista, es necesario tener una actitud más ética.

-Okey, ¿entonces les has dicho a determinadas empresas que no los vas a llevar al Everest?

-Sí, a ejecutivos de empresas de petróleo que hacen drilling en lugares naturales, cualquier trabajo que signifique pasar por el Tíbet, un par de empresas pesqueras japonesas que persiguen ballenas…

-Pero estas empresas igual terminan subiendo. Al final, subir la montaña más alta del planeta se ha convertido en algo económico…

-Y político. Y eso es lo que la gente no escucha. Siempre dicen “la gran montaña, el último desafío”, pero no se dan cuenta de que finalmente es una suerte de Everest Inc., un lugar donde el poder político y económico termina determinando quién llega a la cumbre.

-¿Eso ocurre sólo en el Everest?

-Es algo que pasa en muchos lugares del mundo. El montañismo ya no es acerca de un grupo de personas que van a las montañas, a un lugar tranquilo, silencioso, lleno de mística. Los guías, las empresas, están llegando a países como Pakistán, donde hay guerras, vamos a lugares como el Tíbet, donde se violan los derechos humanos; vamos a países como Nepal, donde el gobierno colapsó; vamos a Bolivia… viajamos por todas partes del mundo, muchos de ellos con conflictos importantes no resueltos y ni nos enteramos o ni nos preocupamos de saber lo que está pasando, ni de enseñar esas cosas a la gente a la cual guiamos.

-¿Entonces tu solución sería no ir?

-No, definitivamente deberíamos ir, pero a la gente que llevemos hay que hacerla más consciente de a dónde va. No se trata de ir, no hablar con nadie, escalar e irse sin saber ni siquiera qué es lo que estaba pasando. Se trata de ser un ciudadano global más preocupado, de saber adónde vas y qué es lo que sucede ahí.